Lecciones olvidadas

Lo más inquietante de la catástrofe producida por las lluvias torrenciales es que pudio haberse prevenido. No es solo la polémica acerca de si se atendió o no el pronóstico meteorológico, sino algo anterior. En el siglo XIX, cuando se construyeron los ferrocarriles en Chile, se aplicó una norma sencilla: los ríos siempre recuperan su cauce. Esto significa que los puentes no se pueden hacer sobre el hilo de agua que corre en verano, sino pensando en que, a veces mucho tiempo después, las aguas volverán –generalmente con furia- a recuperar su cauce original.

En el siglo XX, cuando se impuso la creencia de que ya no se necesitaban vías férreas, las nuevas carreteras se hicieron sin considerar este principio. Las debilidades en la formación de los responsables y razones económicas hicieron que optaron por lo más simple: puentes más cortos con accesos largos. ¿Resultado? Muchos viaductos resistieron la crecida, pero no los terraplenes,

Desde Antofagasta a La Serena, después de la larga sequía, el agua no solo cortó caminos sino que se llevó poblaciones enteras construidas sin respeto por la evidencia histórica.

Los chilenos seguimos viviendo sobre una fragilidad proverbial.

Hace ya un par de siglos largos, sor Tadea de san Joaquín dejó constancia de los estragos que causaron en Santiago las lluvias torrenciales el 16 de junio de 1783. El título del poema es Relación de la Inundación que hizo el Río Mapocho de la ciudad de Santiago de Chile.

La autora explica así sus intenciones:

Dadme voces, santo cielo, /Para narrar un asunto, /En que desfallece el eco… /Pero si expresando penas, /Se minora el sentimiento /Por la ajena compasión, /Que en parte lo hace más lento, /Os impartiré noticia... /De lo que Dios permitió /Sucediese en mi convento.
Fue, salvo los terremotos, la peor catástrofe de la ciudad desde que fue asediada por Michimalonco en 1541.

Ahora, con más recursos que sor Tadea, los medios de comunicación han entregado un recuento estremecedor de lo ocurrido. Queda, sin embargo, la duda de si las imágenes reiteradas, las entrevistas de radio y TV que repiten una y otra vez las mismas frases y personajes; las descripciones poco felices; la no diferenciación entre escenas en directo y de archivo, logran retratar la catástrofe con el mismo sentimiento profundo con que escribió la monja sus versos.

Tampoco se supera en nuestro tiempo la dura descripción de otro cronista de esos mismos años:

Comenzó el río a arrasar ranchos completos, arrastrando animales, escombros, troncos y los primeros cadáveres humanos que se vieron, hasta hacer estrechos los ojos del Puente Cal y Canto para pasar por él su incontenible furia”.
Uno creería que más de 230 años después, estas situaciones estaban superadas y las lecciones habían sido aprendidas.

Desafortunadamente, no ha sido así.

A. S.
Marzo de 2015
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas