Crisis mal manejada en Cataluña

Pese a que la palabra clave es la misma: independencia, nadie ha hecho un paralelo entre el desafío de la generalitat catalana al gobierno español y la gesta libertaria de hace un par de siglos de América Latina. Una razón es, por supuesto, la geografía: Cataluña y el resto de la península ibérica conforman un todo, mientras nuestro continente y España están separados por el océano Pacífico, conectados entonces por muy primitivos medios de comunicación.

Tampoco había en el pasado agencias clasificadoras de riesgo. Hace unos días, Standard and Poor's emitió una seria advertencia: “Si persisten las tensiones entre el Gobierno central y la Generalitat… esto podría afectar a la confianza de las empresas y los inversores, y debilitar las perspectivas de crecimiento de la economía española”.

Evidentemente, las circunstancias históricas han cambiado. Al comenzar el siglo XIX el mundo estaba cruzado por el impulso democrático, alimentado por la Revolución Francesa y la independencia de Estados Unidos. Nuestra época, en cambio, está marcada por la culminación de un proceso autonómico que se inició en África y Asia luego de la Segunda Guerra Mundial y que en Europa se tradujo en el surgimiento de nuevos estados con un idioma común, una etnia predominante y una historia compartida. El caso más dramático fue la disolución de la Unión Soviética, pero hay que tomar nota del final de Yugoslavia, la “revolución del terciopelo” de Checoslovaquia, la división de Chipre, las tensiones entre flamencos y valones en Bélgica y el esfuerzo separatista de Escocia.

Cada caso tiene una historia diferente. Cataluña es parte de una historia marcada desde mediados del siglo pasado por la consigna franquista que aspiraba a que España fuera “¡Una, grande y libre!”. La dictadura limitó drásticamente cualquier asomo regionalista. Se impuso entonces el castellano como idioma único, rebautizándolo como “español”.

Solo la muerte de Francisco Franco hizo posible que. gracias a la Constitución de 1978 existan actualmente dieciséis comunidades autónomas. En Cataluña sucesivos gobiernos locales han privilegiado su cultura, marginando la enseñanza de la historia española y el idioma castellano.

En un análisis crítico, el escritor chileno Carlos Franz ha señalado que “fruto de esa educación, los catalanistas radicalizados leen su complejísimo pasado de una manera simplona. En un ayer arcaico Cataluña habría sido independiente. Luego se habría convertido en presa y víctima de España. Ahora debería liberarse.

Está claro que la aspiración separatista no es nueva. Pero, como se ha señalado, no lo es que Cataluña “ganara el derecho a (ser) un Estado Independiente”. La votación del 1 de octubre, careció de base científica y no tuvo veedores imparciales, sólo cifras catalanas. Obviamente, la institucionalidad española no podría aceptarlo sin violar su propia legalidad.

La respuesta inicial del gobierno de Mariano Rajoy que dejó que la Guardia Civil extremara la violencia contra los civiles el día de los comicios, no facilitó el proceso.

Más tarde, sin embargo, enfrentados al rechazo de la comunidad internacional, los nacionalistas catalanes decidieron intentar la negociación a la que antes se negaron. El resultado está por verse.

A. S.
12 de Octubre de 2017
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas