Donde estamos

Agosto de 1999

Las elecciones presidenciales, cuya inminencia se ha manifestado tanto en la inscripción de Gladys Marín como en la campaña-no-campaña de Ricardo Lagos y Joaquín Lavín, deberán dominar el escenario chileno de este segundo semestre de 1999. Para no despreciar el lugar común, recordaremos que se trata de los últimos meses del año, del siglo y del milenio... por mucho que, en rigor, las cuentas parezcan decir otra cosa.

(Este fenómeno del fin del siglo subraya, sin duda, que no hay cómo detener ciertas manifestaciones cuando se imponen en la imaginación popular. Ninguna demostración científica convencerá a las grandes mayorías de que, como no hubo año 0, la cuenta de los siglos no termina con el noveno año de cada década. Es, también, el efecto mágico de las cifras redondas, que puede actuar a favor o en contra. En el cálculo de siglos y milenios, el cero es bienvenido; en cambio, como bien saben los comerciantes, en materia de precios, siempre es preferible quedarse en el 9, 99 o 999...).

La fuerza de la campaña electoral ya derrotó a la Teletón. No se logró, como alcanzó a proponer su creador, que se cambiara la fecha de los comicios para no perjudicar su campaña benéfico-publicitaria. También irá, la campaña, haciendo que los chilenos olvidemos otras inquietudes. De hecho, la detención del capitán general vitalicio en Londres ya no conmueve como al comienzo. El único que cree que hay que suspender la Parada militar, como si fuera propiedad de las Fuerzas Armadas o del senador vitalicio, es el grupo del joven Rodrigo Eytel. Públicamente nadie lo acompaña y es dudoso que la suspensión se llegue a plantear formalmente. Lo que seguramente pasará es que no será un acto muy lucido y probablemente las autoridades de gobierno deberán soportar un recrudecimiento de las manifestaciones hostiles que les han acompañado en el ex Parque Cousiño desde 1990.

Pero ¿serán sólo los incondicionales del régimen militar los que querrán empañar la última Parada del régimen del Presidente Frei Ruiz-Tagle?

¿No tendrán algo que decir los mapuches, a los que se les negó la entrada a La Moneda, pese al recibimiento solidario de los santiaguinos y de miles de chilenos a lo largo de la ruta desde la Novena región? ¿No tendrán algo que decir los ocupantes de Peñalolén, los dueños de las casas inundadas de Puente Alto o de Maipú? ¿O los miles de cesantes, castigados con el desdén del ministro de Hacienda, y la indiferencia de los legisladores que no han medido todo el alcance del Protrac, que en realidad más que a los trabajadores cesantes tiende a proteger a los empresarios que les dan o niegan trabajo?

Antes de sumirse en la vorágine electoral, Chile vive días de confusión y desorientación. En vez de enfrentar seriamente las acusaciones, el régimen prefirió eliminar sin mayor debate al ministro de Bienes nacionales,dejándolo manchado con la sombra de la duda. En vez de analizar el tema del uso -autorizado, pero no debidamente advertido en los envases, según parece- de edulcorantes que tienen riesgos para la salud de los niños, se optó por retirarlos del mercado a la primera denuncia. En vez de resolver el tema de la contaminación capitalina, se ha seguido con soluciones de parche que no arreglan nada.

Se espera de la autoridad que tenga visión de estadista. Que sea capaz de mirar más allá de la contingencia. Que no sólo escuche a sus asesores y amigos sino que exprese, con voz propia, su sensibilidad frente a las realidades nacionales. No parece haber sido el caso del período que termina el próximo 11 de marzo.

Abraham Santibáñez