Vidas paralelas

 

Con casi 500 años de diferencia, la historia de Nangyalal Talash es como la de Lautaro: el rebelde que aprende del invasor para luchar en su contra. Por tres años, Talash fue una demostración viviente del éxito de los Estados Unidos y la NATO en Afganistán. Ni el derrocamiento del régimen talibán, luego del ataque de las Torres Gemelas en Nueva York en 2001, ni el asesinato de Osama Bin-Laden, en su refugio en Pakistán, apuntaban tan directamente al futuro como la renovación profunda de las Fuerzas Armadas de Afganistán.

Según el relato del periodista Mujib Mashal, corresponsal de la revista Time, fechado el 15 de octubre, Talash era la mejor prueba de que se podía construir un nuevo ejército, libre de las ataduras del pasado. “Por tres años... se mostró como un buen soldado. Ganó la confianza de sus superiores que lo inscribieron en un curso de especialización de tres meses. Instructores norteamericanos le enseñaron a hacer análisis de inteligencia y a dirigir incursiones nocturnas que tenían un efecto devastador en los talibanes. Después de graduarse, fue destinado al cuartel general en el Ministerio de Defensa”.

Pero, entonces, hace pocos meses, sucedió lo inesperado. El teniente segundo Talash desertó.

Solo después se supo que antes de alistarse con los norteamericanos, había luchado al lado de los “insurgentes” (los talibanes). Un primo suyo, el mulah Farid Qiam, resultó ser un comandante de las fuerzas de resistencia que se distinguió conduciendo ataques contra las fuerzas del gobierno y sus aliados. Una posible razón para admitirlo en un puesto de tanta confianza, según el periodista de Time, era el hecho que otro pariente, un tío, tenía la concesión del transporte de combustible para las fuerzas de la coalición.

Hace poco, se interceptó una trasmisión radial en la que Talash daba órdenes a sus hombres. El blanco de ese día eran los camiones de su tío. Uno se quemó por completo.

Este caso es una confirmación más de cómo prevalecen inmutables ciertas costumbres ancestrales en Afganistán. Hay varias novelas que pretenden retratar estas particularidades culturales. Mencionaré dos: Caravanas, de James Michener, situada al final de la Segunda Guerra Mundial cuando los empeñosos (y también muy ingenuos) norteamericanos trataban de “modernizar” el país. Mucho más reciente es Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini, una conmovedora historia en parte autobiográfica cuyo escenario es la ocupación soviética.

En el tiempo, desde las invasiones británicas del siglo XIX, se han hecho otros esfuerzos por lograr un cambio de mentalidad. Pero sin éxito.

Lo comprobaron los españoles de las furzas de la NATO que se preparan para regresar a su país. El diario El País cuenta que en el poblado de Moqur, las viudas y huérfanos del accidente del Yak-42 (en el que murieron 62 militares españoles) financiaron la construcción de un colegio para niños y niñas, que abrió sus puertas en 2006.

Hoy solo acuden los varones. El subteniente Ángel Ortega mantiene la esperanza: “Es preferible que la escuela siga abierta y, al final, quizá regresen las niñas”.

Las vivencias personales de Lautaro y Talash pueden tener un parecido final trágico. Pero esta historia todavía no termina.

A. S.
Octubre de 2012
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas