Una heroína juvenil

El Premio Nobel de la Paz tiene ecos más profundos que las otras distinciones que se otorgan cada año en memoria del inventor de la dinamita, Alfredo Nobel.

En 2001, el año del ataque a las torres gemelas y cuando la amenaza terrorista ponía nerviosos a todos los gobiernos, gracias al premio Embotelladora Andina-Coca Cola, tuve la oportunidad de presenciar en Oslo la ceremonia en que el entonces secretario general de la ONU, Koffi Anan, recibió el premio, compartiéndolo con la propia organización mundial.

Eran momentos de incertidumbre tras las acciones terroristas del 11 de septiembre y la reacción de Estados Unidos y sus aliados. El discurso de Anan se proyectó hacia el nuevo milenio al cual, puntualizó, “hemos entrado por un portal de fuego”. Conmovió al auditorio al referirse a Afganistán, donde estaba en desarrollo la campaña contra Osama Bin-laden y sus seguidores. Emotivamente planteó que en ese mismo momento había niños que nacían allí en una situación de pobreza imposible de imaginar. Ese mismo día, dos periodistas noruegos encontraron en un hospital de Kabul a una recién nacida que calzaba con la descripción. Pero le perdieron el rastro luego que la madre se fuera sin recibir el alta médica porque no tenía con qué pagar la cuenta.

Este año, debido a que se terminó el premio de la embotelladora, es difícil que haya algún periodista chileno en Oslo. Pero la ceremonia presidida por el Rey Harald en el Ayuntamiento será tanto más emocionante que la de 2001. Ocurre que ambas están enlazadas por un factor común: el terrorismo talibán. Malala Yousafzay, una de los dos galardonados, es una adolescente pakistaní de apenas 17 años, la más joven de toda la historia. Hace dos años, en octubre de 2012, dos hombres irrumpieron en una improvisada sala de clases. Uno preguntó “¿Quién de ustedes es Malala Yousafzai?” Acto seguido le hizo dos disparos: uno en la cara y otro en el cuello. La primera bala entró por debajo del ojo izquierdo y salió por el hombro. Le destrozó los huesos de media cara, cortó el nervio y rozó el cerebro, que se inflamó tanto que tuvieron que quitarle toda la tapa del cráneo.

Pese a ello, según la periodista y escritora española Rosa Montero, que la acaba de entrevistar: Malala “sigue siendo una chica guapa”. Pero, sobre todo, sigue luchando por lo que cree, tal como lo anunció en su discurso en la ONU en julio del año pasado:

Libraremos una lucha gloriosa contra el analfabetismo, la pobreza y el terrorismo; tomaremos nuestros libros y lápices porque son armas más poderosas. Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo. La educación es la única solución”.

A. S.
Octubre de 2014
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas