Viaje sin tribulaciones

En 1879 se publicó en Francia el libro “Las tribulaciones de un chino en China”, de Julio Verne. Desde que lo leí, siendo niño, he imaginado que si para un chino era difícil la vida en su país, debe serlo mucho más para un extranjero. Por eso resulta sorprendente la facilidad con que se movió Donald Trump durante su reciente visita. Tanto fue el entusiasmo, que el diario La Segunda calificó el encuentro como un “idilio”. Es un exceso, pero retrata la sorpresa que marcó la reunión de Xi Jing pin y Donald Trump.

Justo a un año de su elección, enfrentando a corta distancia un enemigo declarado (Kim Jong-un), el Presidente norteamericano mostró una faceta inesperada de su volcánico carácter.

Ni siquiera las dificultades de conexión a Internet parecieron molestarle, pese su obsesión por los twits como forma de expresión. A través de la red le dedicó halagadores mensajes al dueño de casa: “Presidente Xi, gracias por una ceremonia de bienvenida tan increíble ¡Fue un despliegue verdaderamente memorable e impresionante!”. En otro comentario aseguró que la cena oficial había sido “terrific” y que era “un muy, muy gran honor” haber estado juntos.

El camino al entendimiento estaba pavimentado en cierto modo por la coincidencia de ambos jefes de Estado frente a la agresividad desplegada por Corea del Norte. Pero nadie imaginó el tono conceptuoso de Trump dado que en la campaña dirigió constantemente sus dardos contra la política comercial de China por su impacto en el empleo en Estados Unidos.

Esta vez se mostró comprensivo: “¿Quién podría culpar a una nación por aprovecharse de otra para beneficiar a su pueblo?”. Peor aun: la verdadera responsabilidad, insistió, es de los anteriores gobiernos norteamericanos. “En rigor, dijo, responsabilizo a los gobiernos anteriores (de EE.UU.) por permitir que se produjera y creciera este déficit comercial”.

El exuberante lenguaje de Trump tuvo un eco limitado en Xi. Fue, como correspondía, extremadamente cortés, pero mucho más medido.

Puede decirse que es la misma distancia que hay entre los tuiteos de uno y el largo discurso (más de tres horas) del otro en el Congreso del Partido Comunista. Son dos caracteres y dos culturas muy diferentes.

A Trump no le importó tener que ofrecer la tradicional conferencia de prensa conjunta sin aceptar preguntas. Es lo habitual en China, pero en ocasiones anteriores, otros presidentes norteamericanos exigieron un cambio. Del mismo modo, Trump no le incomodó el tema de los derechos humanos en China. Así lo destacó el diario español El País: “Un día antes de que el presidente de EE UU, Donald Trump, aterrizara en China, moría Yang Tongyan a los 56 años. Este activista y escritor chino había pasado la última década de su vida en prisión. Condenado a doce años de cárcel en 2006 por reclamar derechos humanos y democracia en sus obras, solo fue puesto en libertad condicional en agosto, ya muy enfermo de un tumor cerebral”. “En ninguna de sus comparecencias en público durante sus dos días de estancia en Pekín Trump ha aludido a su caso, ni al de ningún otro disidente en China. Al menos en presencia de la prensa, el presidente estadounidense ha ignorado el asunto”.

Obviamente, se trata de evitar “tribulaciones”, habría dicho Julio Verne.

A. S.
Noviembre de 2017
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas