El sueño en cuarentena

El 28 de agosto de 1963, en un momento culminante de la lucha contra la segregación racial, Martin Luther King pronunció un conmovedor discurso a los pies del monumento a Lincoln, en Washington. Inmortalizó sus esperanzas con una frase reiterada: “Tengo un sueño” (I have a dream).

Lo repitió como un estribillo:

Cuando dejemos resonar la libertad, cuando la dejemos resonar desde cada pueblo y cada caserío, desde cada estado y cada ciudad, seremos capaces de apresurar la llegada de ese día en que todos los hijos de Dios, hombres negros y hombres blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, serán capaces de unir sus manos y cantar las palabras de un viejo espiritual negro: '¡Por fin somos libres! ¡Por fin somos libres! Gracias a Dios todopoderoso, ¡por fin somos libres!'”.

El sueño de Martin Luther King se convirtió en la bandera de los oprimidos. Aunque no hay una versión oficial es posible que esa sea la explicación de por qué la ley de protección a los jóvenes inmigrantes ilegales fue bautizada como “Dream Act” (siglas en inglés de: Development, Relief and Education for Alien Minors). Luego que el proyecto fracasara en el Congreso, una “orden ejecutiva” del presidente Barack Obama resolvió la situación. Pero su inconveniente es que, es relativamente fácil de derogar. Y en eso está empeñado Donald Trump.

Esta iniciativa ha permitido que los jóvenes ingresados ilegalmente a Estados Unidos con sus padres, disfruten de ciertos beneficios legales, incluso como se ha destacado, pagan impuestos por las remuneraciones percibidas. Son más de 750 mil personas que, aunque no nacieron en territorio norteamericano, se han integrado plenamente a su sociedad. Es la historia de millones de inmigrantes a lo largo del tiempo que no nacieron en Estados Unidos pero se han compenetrado por completo de los anhelos, aspiraciones y modos de vida nacionales.

El empeño nunca fue fácil. Ante el temor de ser identificados con el enemigo en ambas guerras mundiales, muchos inmigrantes alemanes se cambiaron el nombre. Así, Fred Trumpf se convirtió en Fred Trump, abuelo de Donald Trump. Ha sido una historia de éxito familiar, del cumplimiento del “sueño americano”: el abuelo hizo buenos negocios en Alaska y el padre generó una fortuna en el negocio inmobiliario. Pero el hijo, que los superó por la magnitud de su fortuna, adoptó paradojalmente una política anti-inmigrantes y de defensa de los intereses “americanos”. Según esa visión, el peor peligro son los indocumentados llegados de México y Centroamérica. Contra ellos anunció el muro en la frontera sur y decidió poner fin al programa de los “dreamers”.

Como en los meses que lleva en la Casa Blanca aprendió que efectivamente “otra cosa es con guitarra”, le ha costado concretar sus deseos. Pero, fiel a su avasalladora personalidad, no ha reparado en medios. Hace unos días invitó a la oposición para negociar en la Casa Blanca. Después, sin embargo, desmintió cualquier acuerdo, pero finalmente (¿?) dijo que siempre se podía negociar.

Es una vez más la aplicación de su política de la “posverdad”. O, como dijo una ex partidaria suya, la comentarista Ann Coulter, Trump “dice lo que la audiencia (que tiene delante) quiere que diga. Por eso estamos tan preocupados”...

A. S.
Septiembre de 2017
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas