Periodistas en la mira.

 

En septiembre de 2010, cuando se celebraba el bicentenario de la independencia de Chile, un grupo de periodistas y comunicadores firmó un breve documento titulado: “Lo que creemos, lo que defendemos”. Con el aval de la comisión bicentenario del arzobispado de Santiago, nos congregamos junto al monumento de Camilo Henríquez en el Paseo Bulnes para ratificar nuestro compromiso con la verdad y los derechos humanos. No se mencionó explícitamente el tema de la reconciliación, pero si se incluyeron términos como “tolerancia” y “solidaridad”.

Fue un noble esfuerzo… que pasó sin pena ni gloria.

Aparte de algunas notas aisladas, los periodistas y los medios pasaron por alto la noticia.

Esta es la reiteración de una historia larga, que empezó antes del golpe del 11 de septiembre y se prolongó durante la dictadura y los años del retorno a la democracia.

En otros tiempos se enseñaba en las escuelas de periodismo que los periodistas nunca son “noticia”. Y hoy, aparte de quienes se lucen en la farándula, los medios casi no toman como tema a ningún profesional de la información. Parece ser una buena señal, pero temo que también refleja un amargo reconocimiento de la oscuridad que ha rodeado las penas y pesares del periodismo en el último medio siglo.

En los años previos al 11 de septiembre, la crispación creciente de nuestra convivencia hizo que desde muchos sectores se apuntara al periodismo por su eventual responsabilidad en lo que estaba ocurriendo. Creo que ello se explica porque bastó que el periodismo, en una sociedad profundamente polarizada, contara lo que ocurría, para que se le viera como responsable de la crisis y su trágico estallido. Se pasa por alto que todos los chilenos estábamos profundamente involucrados en ese proceso.

La prensa no fue culpable. Pero obviamente al informar también amplificó las tensiones. Así se entiende que tras el golpe, muchos chilenos creyeron que debía ser acallada o, por lo menos, sometida a vigilancia.

Entrevistado para la tesis “Censura, autocensura y relación de los diarios de circulación nacional con el gobierno durante el régimen militar (1973-1990)”, de un grupo de estudiantes de Periodismo de la Universidad Diego Portales, Francisco Javier Cuadra fue extraordinariamente franco. Gracias a las facultades del Estado de Sitio y las negociaciones económicas con Copesa y El Mercurio, Cuadra, que fue ministro secretario general de Gobierno entre 1984 y 1987, adujo que “la autoridad gubernamental... se sintió plenamente facultada para intervenir en los diarios y hacer sentir su presión”.

Pese al duro tratamiento, en esos años surgieron algunos medios que intentaban mostrar la otra cara de la medalla informativa. Es una trágica paradoja que ninguna de las revistas y diarios de esos años (Hoy, Análisis, Apsi, Cauce; Fortín Mapocho y La Época) no sobrevivieran luego del retorno a la democracia: la opinión pública, convencida hasta el final del siglo XX de que había que tener cuidado con los medios, asistió impasible a su agonía.

Todavía hoy todavía, no se advierte que los medios .tanto escritos como audiovisuales, hayan recuperado plenamente la confianza de las audiencias en su papel de testigos de la verdad y de factor de unión. Cuando recuerdan hechos dolorosos, se les critica por no contribuir a la reconciliación.

Hay, sin embargo, quienes creemos que la reconciliación solo puede construirse con solidez sobre la base de la verdad y, eventualmente, del reconocimiento de sus responsabilidades de todos los actores, en especial los que violaron sistemáticamente los derechos humanos.

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A. S.
Agosto de 2013
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas