Ética y progreso

Casi 50 años después que un científico británico planteara su existencia, se acaba de anunciar en Suiza que se ha encontrado la “partícula de Dios”. Su bautizo no fue fácil. En un libro de los años 90 se la llamaba “goddam particle”, “partícula maldita”, pero el editor optó prudentemente por “la partícula de Dios”.

En términos simples, permite entender cómo obtienen su masa las partículas. De no haber sido así, luego del “big bang”, el comienzo de los tiempos, nada sería lo mismo. Según el periodista español Miguel G. Corral: si la mayoría de las partículas elementales no tuvieran masa, “la realidad sería muy diferente. Si los electrones no tuvieran masa, no habría átomos. Y sin ellos no existiría la materia que conocemos, la que nos forma como seres humanos”. Ker Than, investigador del National Geographic Magazine, agrega: “no habría galaxias, no habría estrellas, no habría planetas, no habría vida en la tierra”.

Son buenas razones para hablar de la “partícula de Dios”. Sin embargo, el primero que planteó su existencia, Peter Higgs, se declara ateo. Ello no le impidió emocionarse hasta las lágrimas cuando los científicos del CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire) anunciaron el descubrimiento. El hallazgo fue posible gracias al Gran Colisionador de Hadrones, gigantesco acelerador de partículas construido en la frontera entre Suiza y Francia.

Lo que viene es lograr la confirmación definitiva del hallazgo.

Pero, en medio de los festejos, hay una pregunta no respondida. La partícula de Dios lo explica todo... menos lo qué había previamente. Al hacer posible que los constituyentes básicos del universo tuvieran masa, pone orden en el caos. En términos bíblicos, nos remonta a una época en que no había luz, no había firmamento, no había tierra... Según el Génesis, luego que Dios creara el cielo y la tierra, “la tierra no tenía entonces ninguna forma, todo era un mar profundo cubierto de oscuridad”. En ese momento, se supone, actuó la partícula maravillosa.

Pero, ¿qué había antes? Por ahora no hay respuesta.

No es la primera vez que el prodigioso avance científico nos plantea preguntas que no sabemos responder. Parece que se ha llegado al techo del conocimiento humano. La experiencia nos enseña que mientras más se progresa, más interrogantes se abren.

No se puede negar el inmenso significado de los hallazgos científicos y tecnológicos. Pero no nos dan todas las respuestas. Por ejemplo, hace apenas unos días, en una serie norteamericana de TV (La ley y el orden), se planteó un caso imaginario, pero posible. Una madre inseminada artificialmente descubre por casualidad que su hija tiene una o más hermanas debido a que sus propios embriones fueron implantados en otras mujeres. Para el médico a cargo, era más cómodo aprovechar todos los embriones fertilizados.

Su trabajo, obviamente, carecía de toda consideración ética.

El hallazgo de la partícula de Dios es, sin duda, un gran paso. Pero también planteará, en algún momento, dilemas éticos no imaginados hasta ahora.

A. S.
6 de julio de 2012
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas