Luces y sombras del Papa Francisco.

 

Se ha dicho hasta el cansancio, aunque sin pruebas, que el Papa Francisco estuvo a punto de ser elegido en 2005. De ser así, podría pensarse en una magistral jugada iniciada por Benedicto XVI y que ahora el nuevo Pontífice va a continuar y (ojalá) culminar. El Papa Ratzinger hizo el diagnóstico; el Papa Bergoglio debe concretarlo.

Es lo que se puede desprender de las palabras del teólogo Hans Küng en una entrevista con O Globo: el Papa “asumirá una posición más reformista que la de su antecesor… No hará una revolución, sino que realizará reformas lentamente. La Iglesia atraviesa una gran crisis y los desafíos son enormes”.

Es precisamente la tarea que no pudo realizar, por agotamiento, el Papa Benedicto, pero que bosquejó con claridad en sus últimos discursos y en el informe sobre los Vatileaks.

Para la Iglesia Católica, la elección de un Papa argentino representa, desde luego, una positiva apertura fuera de los límites de Europa. Pero, al mismo tiempo, introduce un tema hasta ahora marginal: la actuación de sacerdotes y prelados latinoamericanos en tiempos de dictaduras y violaciones de derechos humanos.

Hasta la elección de Francisco la preocupación parecía reducirse a los abusos sexuales de sacerdotes (y algunos obispos). Ahora, queda claro que también se deben considerar el ataque contra la corrupción y la reforma profunda de la Curia romana. Además, el nuevo Papa arrastra sus propios fantasmas: el distanciamiento de los gobiernos de Néstor Kitchner y Cristina Fernández por la forma de encarar la lucha contra la pobreza, y sus críticas ante los proyectos del matrimonio homosexual y el aborto. Pero, adicionalmente, y no parece casual, han aparecido algunas sombras profundas por sus supuestas actuaciones (u omisiones) durante la dictadura militar. El periodista Horacio Verbitsky, cercano de los Kirchner, ha sido el más insistente.

Se le acusa de ser responsable de “la privación ilegal de la libertad de los jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics… (Como) director de la Compañía de Jesús, supo que los iban a secuestrar y no hizo absolutamente nada”. Es el cargo que hizo el abogado Marcelo Parrilli.

De inmediato, sin embargo, surgieron voces autorizadas en rechazo de tales denuncias. La primera fue la de Adolfo Pérez Esquivel, activista de derechos humanos y por ello Premio Nobel de la Paz: “A Bergoglio se lo cuestiona porque se dice que no hizo lo necesario para sacar de la prisión a dos sacerdotes, siendo él el superior de la congregación de los Jesuitas. Pero yo sé personalmente que muchos obispos pedían a la junta militar la liberación de prisioneros y sacerdotes y no se les concedía".

En la misma línea se pronunció otra voz, nada sospechosa de amparar a los militares: el teólogo de la liberación, Leonardo Boff. Más tarde, el juez que investigó el caso confirmó que no hubo acusaciones contra Bergoglio.

Las objeciones empezaron a perder fuerza y probablemente terminarán siendo desestimadas. El nuevo pontífice, “llegado desde el confín del mundo”, debería empeñarse en la gran tarea que tiene por delante. Desde su elección, ha mostrado reiteradamente sus mejores cualidades: modestia personal, preocupación por los pobres, énfasis en la pastoral, sentido del humor y distanciamiento de las tradiciones vaticanas. Todo eso, sin embargo, solo se podrá apreciar verdaderamente en los meses y años futuros. El primer indicio serán las designaciones que debe realizar pronto. Pueden ser muy reveladoras.

Benedicto XVI dejó inédita constancia de las “divisiones” internas y la falta de transparencia en el manejo de las finanzas del Vaticano. Y sigue en pie el doloroso desafío de los abusos sexuales, amparados por años por una política de ocultamiento y negación.

Francisco, el nuevo poverello, tiene ahora la responsabilidad de implementar los cambios. No basta con lo que diga, sino lo que haga.

A. S.
Ampliado de lo publicad en Marzo de 2013
en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas