La nueva vida de Panamá

 

En noviembre, Panamá celebra sus dos independencias. A comienzos de mes (el día 3) se recuerda el momento en que, en 1903, logró su autonomía de Colombia. Menos de cuatro semanas más tarde (el 28), se conmemora la fecha, en 1821, en que proclamó su independencia de España… y se unió voluntariamente a Colombia.

Es una historia conflictiva –como en gran parte de América Central- en la cual la presencia norteamericana ha sido decisiva.

Es probable que en definitiva la verdadera conmemoración sea el 31 de diciembre: en esa fecha, en 1999, el gobierno norteamericano cedió el control del Canal de Panamá. Culminó así un proceso que iniciaron los estudiantes en la década de 1960. La suya era, sobre todo, una reivindicación territorial, pero terminó con la entrega de una fabulosa fuente de ingresos.

En poco más de una década el país ha tenido un cambio total. Según The New York Times, “Panamá era como un resorte comprimido, listo para saltar”.

Hoy, los rascacielos se aglomeran a lo largo de la costa; el tránsito en la ciudad es insoportable debido a la gran cantidad de automóviles y los trabajos del primer tren subterráneo de América Central. La bullente vida nocturna está marcada por la profusión de casinos. El turismo es todavía una industria en desarrollo, pero avanza: en 1997 sólo había mil 400 habitaciones de hotel. La cifra se ha multiplicado por diez. Proliferan los festivales internacionales: de cine, de jazz, de danza.

Pero, lo que más preocupa a muchos panameños es que todavía su país necesita afirmar su identidad. El crecimiento económico no basta para proporcionar un respaldo sólido a un país pequeño, con una historia turbulenta, manejada a lo largo del tiempo desde España, Bogotá o Washington.

Panamá se convirtió en una encrucijada vital cuando Vasco Núñez de Balboa llegó al Pacífico. Acaba de cruzar el istmo, una franja de tierra de unos 80 kilómetros de selvática vegetación, Pero, pese a ello, resultaba mucho más fácil de atravesar que las cadenas montañosas de América del Sur. Desde allí se inició la conquista del Perú y más tarde se convirtió en el punto clave para el transporte del oro y la plata de Potosí (Bolivia). Los metales preciosos salían al Pacífico a lomo de mula y se embarcaban en Arica hacia el norte. En Panamá, luego del cruce, se llevaban a Cartagena de Indias y allí (o en Cuba) se armaban los grandes convoyes de galeones para el viaje final a España.

Pese al tráfico de tanta riqueza, Panamá no era un destino envidiable. Las condiciones sanitarias eran pobres y se sufría la permanente amenaza de los corsarios. Su mayor golpe lo dio Henry Morgan, el 28 de enero de 1671. Aunque en ese momento españoles e ingleses estaban teóricamente en paz, se repetían las escaramuzas.

Los hombres de Morgan desembarcaron en Porto Bello, en el lado Atlántico del istmo y avanzaron hacia Panamá por el río Chagres. Luego atacaron.

La derrota española fue abrumadora. Por cuatro semanas los corsarios saquearon Panamá.

Con esa riqueza, Morgan amplió sus negocios del azúcar en Jamaica. Pero, con el tiempo, la vía interoceánica llegaría a ser la verdadera fuente de riqueza de Panamá.

A. S.
Diciembre de 2013
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas