El final de Osama

 

Abbottabad, en Pakistán, simboliza perfectamente la dolorosa contradicción entre el deseo de promover el turismo y la acumulación de informaciones negativas que se produjo tras el asesinato de Osama Bin Laden en mayo de 2011.

Hasta 2011 era un tranquilo lugar, preferido por las familias adineradas de Islamabad, la capital pakistaní, para el descanso. Ahora sus autoridades están empeñadas en levantar un parque de entretenciones para recuperar el turismo. La construcción del Parque Patrimonial Hazara y la Ciudad del Entretenimiento, demorará cinco años en estar terminada. El costo es de unos 30 millones de dólares.

Su proverbial tranquilidad –a pesar de que es también la sede de una importante academia militar- sedujo a Bin Laden. En 2005, tras una laboriosa y accidentada huida desde sus bases en Afganistán, se instaló en un barrio residencial de Abbottabad, en una sólida construcción sin grandes pretensiones estéticas. Con poco contacto con el exterior (no tenía teléfono ni Internet), debía sentirse a salvo del acoso de las fuerzas norteamericanas. Pero enfrentaba a un enemigo que no estaba dispuesto a olvidar ni perdonar.

¿La razón? Tal como escribió un participante del ataque que le costó la vida en mayo de 2011, “el líder de Al-Qaeda era la personificación de todo aquello contra lo que luchábamos: había empujado a unos hombres a estrellar aviones contra edificios llenos de civiles (norteamericanos) inocentes”.

La persecución, iniciada por el Presidente George Bush después del 11 de septiembre de 2001, fue implacable. En diciembre de ese año, refugiado en la zona montañosa de Tora Bora, Bin Laden sobrevivió a feroces bombardeos. En 2005 un grupo de sus seguidores realizó el cruento atentado en el metro de Londres. Fue el último intento de marcar presencia. Ese mismo año se instaló en Abbottabad donde, por su recatado estilo de vida, pudo sentirse a salvo.

Si embargo la combinación de humint (“inteligencia humana”, es decir espías tradicionales) y recursos tecnológicos avanzados, logró descubrirlo. La identificación de un “correo”, único contacto con sus partidarios en el exterior, dio la primera pista. A partir de entonces, los satélites y los aviones no tripulados captaron reiteradamente su imagen mientras tomaba aire en la terraza del tercer piso de su refugio. Aunque no salía a la calle, los norteamericanos lo bautizaron como “el paseante”.

Siguieron semanas de preparativos a sangre fría. Aunque ahora hay una película (La noche más oscura) y varios libros, el relato más crudo es el de la obra “Un día difícil” de Matt Bissonnette. Miembro del “equipo 6” de los seals, los marines de elite, se escondió bajo el seudónimo de Mark Owen. Tal como se auto-presenta, muestra que no hay exageración en los retratos popularizados por la TV y el cine. El personaje es un superman, cuyo único ideal es la patria y el exterminio del enemigo.

Confiesa paladinamente no ser partidario de Barack Obama, aunque imaginaba que el asesinato de Bin Laden ayudaría a su reelección.

Así fue.

 

A. S.
22 de febrero de 2013
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas