Crisis en el imperio

En su obra “El Cuarto Poder” (1997), el novelista (ahora ex político) Jeffrrey Archer hizo un despiadado retrato de un magnate de las comunicaciones (“Keith Townsend”), asombrosamente parecido a Rupert Murdoch. Archer se inspiró en las épicas batallas de los magnates norteamericanos de comienzos del siglo pasado. En un escenario actual, hizo rivalizar al Murdoch de ficción con otro personaje, igualmente imaginario (“Richard Armstrong”), muy parecido a su tenaz competidor en la vida real, Robert Maxwell.

Son innumerables las batallas de Murdoch. Nacido en Australia, heredó en 1952 un diario en Adelaida. A partir de esa base creó un imperio de las comunicaciones en cuyos territorios nunca se pone el sol. Se instaló en Estados Unidos, país donde se nacionalizó. Disfrutaba del manejo de sus negocios en Manhattan o a bordo de su 737 privado o en su yate, anclado en Saint Tropez. Se estima que tiene más de 800 empresas en 52 países.

En los últimos días, sin embargo, al enfrentar la peor borrasca, parte fundamental del tinglado se vino abajo. Viajó de urgencia a Londres, sede de una de sus joyas: el antiguo y exitoso semanario News of the World. Tuvo que cerrarlo por sus escandalosos excesos, que incluyen no solo faltas a la ética, sino gravísimos delitos.

Lo asombroso es que, como en otros casos de corrupción, no faltaron señales de advertencia que nadie tomó en cuenta.

En noviembre de 2005, tres funcionarios al servicio de la familia real británica descubrieron que algo raro pasaba con sus celulares: llamados que nunca había escuchado aparecían archivados como si lo hubiesen sido. Al mismo tiempo aparecieron en el semanario News of the World noticias acerca del Príncipe Guillermo que nunca habían salido de la intimidad real. A comienzos de 2006 Scotland Yard descubrió que un reportero especializado del periódico trabajaba con un detective privado y, gracias a sus códigos malhabidos, interceptaron los celulares de la realeza. Sin embargo, no se tomaron medidas. En Buckingham optaron hace tiempo por ignorar estas intrusiones.

Seis años después, el asunto cambió. Como escribió un comentarista norteamericano, “cuando el periódico interceptaba los teléfonos de las celebridades, nadie se molestaba. Pero cuando trascendió que también se interceptaban teléfonos de víctimas de crímenes y del terrorismo e incluso de familias de soldados muertos (en Afganistán), la molestia se convirtió en rechazo generalizado”. Se investiga si también se intervinieron los teléfonos de las victimas del ataque a las torres gemelas en Nueva York. Es posible, además, que haya otros medios implicados.

Oficialmente, sin embargo, Murdoch estima que se trata de “errores de menor importancia”. Cuando decidió cobrar por el acceso on line a sus principales periódicos, empezando por The Wall Street Journal, esgrimió un argumento inobjetable: “El periodismo de calidad cuesta caro, y quienes lo entregan gratuitamente ponen en riesgo su capacidad de hacer buen periodismo”.

Olvidó que el periodismo de calidades, en primer lugar, ético y respetuoso del prójimo.

A. S.
15 de julio de 2011
Publicado en los diarios El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas