El último tupamaro

El Presidente de Uruguay, José Mujica, no es el primero que no usa corbata. La diferencia está en que hay países donde el traje nacional (guayabera u otra camisa parecida) no se condice con la corbata. Mujica, en cambio, que cree que es “un trapo inútil que te ata el pescuezo”, usa camisas que perfectamente pueden acomodar una corbata. No es su única rebeldía: tampoco acepta “disfrazarse de Presidente” y por ello llegó sin corbata a la Casa Blanca, cuando se entrevistó con Obama. No usa twitter ni correo electrónico y sigue cultivando flores y hortalizas en su casa de siempre.

Como todo personaje público, es controvertido. El periodista uruguayo Sergio Israel acumula adjetivos en su libro “Pepe Mujica, El presidente”, (una “biografía no autorizada”): “Provocativo”, “pícaro” y “rezongón”. Más aún, lo trata de “calentón” en reconocimiento de los muchos romances que han marcado su vida.

En la vereda periodística del frente, Walter Pernas, en “Comandante Facundo” (biografía novelada pero con autorización) goza de la bendición de Mujica: “Por el carácter novelado de la obra, hay algunas partes que son hijas de la imaginación del autor, pero que están en línea con la información que yo podía manejar en aquella época”.

Lo anterior puede referirse a los muchos pololeos de Mujica, pero también le permite entrar en temas más escabrosos como su vida en la guerrilla de los tupamaros, episodios de violencia incluidos.

La de “Facundo” (nom de guerre de Mujica) casi puede leerse como una tradicional vida de un santo: guiado por las convicciones políticas de su madre (su papá murió alcoholizado), desde muy pequeño tuvo una aguda conciencia social; fue buen alumno, generoso, solidario son los trabajadores, y nunca ha cejado en sus intentos de cambiar el mundo.

En los 60 del siglo pasado, Uruguay se convirtió en un tubo de ensayo en plena Guerra Fría. La guerrilla fue el pretexto que generó una dictadura sui generis: gobiernos civiles de derecha, con el apoyo implacable de las Fuerzas Armadas. De los dos mecanismos diseñados por Nixon para combatir a la izquierda (track one y track two), en la óptica norteamericana ya se había optado por la fuerza. En Uruguay la más brutal expresión de esta política fue la llegada de Dan Mitrione, agente experto en el combate de la subversión. Cuando los tupamaros le dieron muerte, hubo una primera reacción de consternación… pero más tarde se supo que su papel era luchar contra la guerrilla como fuera, incluyendo la tortura.

Hijo de esta época, con sus luces y sus muchas sombras, José Mujica entró finalmente al juego democrático. Y ahí está aunque sigue sin usar corbata.

A. S.
Montevideo, Junio de 2014
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas