Deshaciendo el contraste

 

Morris West, un escritor católico nacido en Australia, se especializó desde mediados del siglo XX en novelar la vida y los problemas dentro de la Iglesia Católica y el Vaticano. Es autor de varios best sellers acerca de Papas imaginarios… aunque no tanto. En Las Sandalias del Pescador, tuvo un acierto profético: imaginó un Papa “venido del Este”, Kiril Primero. No fue un acierto del ciento por ciento ya que era ruso, no polaco como Juan Pablo II.

Creyente crítico, en sus memorias confesó sentirse “agobiado por el contraste entre dos imágenes: el hombre moreno de Nazaret, inclinado sobre el suelo del templo, garabateando en el polvo, y el enorme y temible arsenal de jerarquías y legisladores e inquisidores… atrincherados detrás de sus montañas de documentos que exigen, como precio de la fe, que se obedezca a su magisterio”.

Mientras no lo diga él mismo, no hay modo de saber si el Papa Francisco se identifica con alguno de los atormentados pontífices descritos por West. Pero hay algunas certezas: desde que fue elegido, hace cuatro meses, ha rechazado insistentemente el lujo tradicional que ha rodeado a quienes ocupan el trono de san Pedro. Y, el jueves pasado, en un encuentro con jóvenes argentinos, les dijo medio en broma medio en serio “que yo también muchas veces me siento enjaulado y ¡qué feo es sentirse enjaulado!”.

Es la reafirmación de una posición rupturista: su insistencia en vivir con sencillez, vestir sin ornamentos recargados, con una actitud siempre deferente con quienes lo rodean. A estas señales, hay que agregar contenidos más profundos: el empeño explícito de revisar la situación de la Curia romana y de los encargados de las finazas de la Iglesia Católica. Fue enérgico al condenar las actividades de la Mafia en Italia y, ahora, la corrupción política en nuestro continente.

Lo más decidor, sin embargo, es su primera encíclica, Lumen fidei (La luz de la fe), que había comenzado a escribir Benedicto XVI. En ella aborda la relación entre “fe y verdad”, y también entre “fe y amor”. El Papa Francisco advierte que “la fe, sin verdad, no salva. Se queda en una bella fábula, la proyección de nuestros deseos de felicidad”. Al mismo tiempo, señala, se traduce en amor a Dios y a los demás. Por eso, la fe no es intransigente, y el creyente no es arrogante, sino que practica de modo natural el diálogo.

Es lo que ha hecho en Brasil: visitar a los pobres entre los pobres, los habitantes de las favelas de Río, y dejarles un mensaje de solidaridad y esperanza. "Me gustaría hacer un llamamiento a quienes tienen más recursos, a los poderes públicos y a todos los hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social: que no se cansen de trabajar por un mundo más justo y más solidario", dijo. Lo que complementa una frase anterior: "El cristiano es alegre, nunca está triste, ¡no puede ser pesimista!".

Sería prematuro anticipar si los deseos iniciales del Papa y las esperanzas de los católicos se concretarán en este pontificado. Pero no cabe duda de que es consecuente y persistente. Tal vez el duro contraste denunciado por Morris West esté empezando a desaparecer.

 

A. S.
de 2011
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas