Recuerdos de Estoril

 

En diciembre de 2009, unos días antes de la primera vuelta electoral de ese año, tuvimos una larga conversación con el senador Pablo Longueira. El ambiente no podía ser más grato: en medio de una gira europea de la Presidenta Bachelet, nos encontrábamos en un elegante hotel en Estoril. En el tradicional balneario portugués se celebraba una cumbre de jefes de Estado y de Gobierno iberoamericanos.

El viaje había sido frenético –Roma, Lisboa y Estoril en una semana- pero en ese momento, tarde una noche, nos juntamos los tres periodista invitados a formar parte de la comitiva (Alejandro Guillier, Sergio Campos y yo) para comer mariscos del Atlántico y conversar sobre Chile con el senador Longueira, también invitado por la Presidenta.

Con el continente americano y el océano Atlántico de por medio, era fácil olvidar las pequeñeces cotidianas. Era igualmente fácil establecer una ambiente de confianza mutua, sin siquiera la exigencia formal de un off the record.

Ese es el primer punto a favor del ahora renunciado candidato. Que yo sepa, siempre ha estado abierto a las consultas periodísticas. Se dirá que no es difícil para un personaje de limpia vida personal e ideales incuestionables aunque uno no los comparta. Pero es un hecho destacable.

Un segundo punto que recuerdo de esa larga conversación es la consecuencia. Nada de lo que nos dijo Longueira entraba en contradicción con sus declaraciones públicas. A lo mejor se estaba cuidando como buen político, pero no hacía ostentación de ello. Su preocupación por los trabajadores y pobladores nunca ha mostrado grietas durante toda su vida política.

Junto con lo anterior, hay un tercer aspecto que probablemente se ha percibido con más fuerza ahora que durante esa conversación de hace cuatro años: la solidez de sus lazos familiares. Naturalmente no es condición para hacer política tener una familia bien constituida. Pero es deseable: como muchas vocaciones de todo tipo, el apoyo en el hogar es un buen refugio en horas de prueba. Precisamente como las que ahora experimenta Pablo Longueira.

Lo cuarto es su auténtica vocación de militante de la UDI, reforzada por su adhesión intransable a la figura de Jaime Guzmán. Siendo Guzmán un personaje que generaba fuertes críticas públicas, no siempre se aprecia debidamente el cariño y el respeto intelectual de sus seguidores. Pablo Longueira es, sin duda, quien mejor representa esta posición. Lo comprobamos esa noche en Portugal, sin necesidad de alarde alguno.

Un quinto punto es su vocación democrática. Estaba sobre la mesa, sin necesidad de mencionarla, en ese momento de sinceramiento a orillas del Atlántico. Pero se ha recordado, con justicia, en estos días luego de su abrupta renuncia. Longueira hizo algunas gestiones cruciales en momentos de crisis política, cruzando las fronteras entre la oposición (en la que estuvo hasta 2010) y los gobiernos de la Concertación.

No cabe duda de que su retiro representa un duro golpe a la Alianza, a su partido y a la vida política chilena.

 

A. S.
Julio de 2013
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas