Presentación del libro de Enrique Ramírez

Muy queridos amigos.

Esta es una fiesta. Alegre, por tanto. Pero también es una oportunidad para mirar, en los ojos de Enrique, nuestra realidad profesional.

Para empezar, me parece inevitable destacar algo que puede parecer obvio pero que conviene tener presente.

Estamos aquí, más que para presentar un libro, para hacer un merecido reconocimiento a un gran periodista.

Lo que quiero subrayar es que ello ocurre en momentos en que nuestra profesión está siendo duramente criticada. Se le echan en cara sus errores e insuficiencias en situaciones de crisis: concretamente tras los terremotos en el norte y el incendio en Valparaíso.

Hace más de medio siglo, cuando surgieron las primeras escuelas de periodismo de nuestro país, parecía concretarse una muy sentida aspiración: la de que los periodistas fueran seres humanos integrales, convencidos de que la suya (la nuestra) es una vocación de servicio, con sólidos cimientos éticos.

Sin falsa modestia creo que las primeras generaciones de periodistas universitarios dimos una respuesta satisfactoria a estos anhelos.

Más tarde, sin embargo, confluyeron dos circunstancias:

La primera.- Las duras restricciones a la libertad de expresión impuestas por la dictadura, tuvieron un gravísimo efecto en el ejercicio de la profesión y en su imagen ante la opinión pública.

El vacío que dejaron los periodistas perseguidos, torturados y en algunos casos asesinados, expulsados de sus trabajos y a veces del país, cuyos medios fueron censurados y clausurados, lo llenaron las empresas con un nuevo concepto: la comunicación social entendida como “industria” y, por lo tanto, manejada con criterios predominantemente empresariales.

Cuando se recuperó la democracia nunca volvimos a la situación de los dorados años 50 y 60.

La segunda.- Descubrimos, además, que estábamos entrando en una nueva era impulsada por revolucionarios cambios tecnológicos.

Sueño frustrado

Hoy día, más que el servicio periodístico, prevalece el criterio financiero, medido por el rating y la sintonía. Más que informar, se trata de deslumbrar y en este empeño todo vale. Así lo vimos en las emergencias recientes.

No era lo que soñaron los pioneros que lucharon por las Escuelas de Periodismo ni lo que vivimos las primeras generaciones de egresados, entre las cuales se cuenta nuestro homenajeado Enrique Ramírez Capello.

Hace cinco años, el 2009, la Academia Chilena de la Lengua le entregó el premio Alejandro Silva de la Fuente. Es un galardón que distingue “al periodista que se ha destacado por su buen uso de la lengua en su labor”.

Merecido premio. Pero Enrique merece muchos más.

Como nos consta a todos aquí, es un periodista empeñado en el cultivo del buen decir. Así lo prueban sus innumerables artículos y comentarios publicados en las Últimas Noticias, en Ercilla y en la revista Hoy y que hasta ahora en diarios regionales lo siguen mostrando como poseedor de una pluma privilegiada.

Es un periodista notable.

Es un periodista incansable.

Lo empuja una vocación que ha asumido con entusiasmo ejemplar, superando la adversidad.

No hay cómo saber qué es lo primero. Porque Enrique, aparte de su labor como redactor de lujo, ha mostrado en su vida profesional otras valiosas facetas.

Ha sido profesor -maestro en rigor- de incontables promociones de estudiantes de Periodismo. Se ha desempeñado con éxito envidiable en universidades ecuménicamente situadas entre la cota cero y la cota mil.

Demostración de cariño profundo

Centenares de jóvenes no sólo han aprendido a ser buenos periodistas, respetuosos de la dignidad de las personas, y que además han recibido de Enrique permanentes y valiosas lecciones.

La mejor demostración de este gran cariño y respeto la hemos visto en los últimos años, desde que la vida de Enrique se quebró brutalmente. Lo estamos viendo ahora, aquí mismo.

No cabe duda de que pocos periodistas o profesores de periodismo han gozado de tantas demostraciones de afecto y cariñosa preocupación.

En esta ocasión, que acompañamos a Enrique en la presentación del libro, valiosa recopilación de sus textos más recientes, es poco lo que se puede agregar a lo que ya se ha escrito y se ha dicho.

Ya que estamos de confesiones, como señala el título de este libro, debo hacer una confesión que explica por qué he preferido no profundizar mucho en su contenido. Mi pecado, padre Enrique –si, el mismo que vistió sotana en la inauguración del monumento a Camilo Henríquez- es que tengo un enorme conflicto de intereses: en algunos de estos comentarios, Enrique habla de mi con inmerecida generosidad…

Prefiero no recomendarme. Pero si les aconsejo que vean el conjunto de comentarios reunidos aquí.

Debo precisar algo más. Por lo que dije antes, podría quedar la impresión de que asistimos a un nuevo funeral del periodismo cuya muerte se ha anunciado tantas veces.

No es así, pese a que hay quienes lo creen.

Somos de los que creemos que las nuevas, maravillosas herramientas tecnológicas, deben ser aprovechadas para hacer un mejor periodismo, más rápido, más atractivo y más eficiente.

Pero ello obliga a un esfuerzo razonado, reflexivo, sobre la base de un redescubrimiento de la noción más básica del periodismo: el leal servicio informativo como contribución al perfeccionamiento democrático.

Somos optimistas.

Y ¿cómo no serlo en esta tarde en que se corona el esfuerzo de un gran ser humano y un gran optimista, definido o como un

alegre trabajador de la palabra”.

Gracias, Enrique, por este libro.

Gracias por permitirnos compartir tus sueños en una etapa difícil, conmovedora, de tu vida.

Gracias por entregarnos una producción inspiradora, que nos habla de lo mejor de ti mismo y del ser humano.

Gracias.

Felicitaciones.

A. S.
13 de Mayo de 2014