Una epopeya de nuestro tiempo

Comentario sobre “La Caro. Un relato desde la solidaridad, la organización y la esperanza”.

Quiero agradecer, en primer lugar, a los organizadores de este acto que han tenido la gentileza de invitarme a la presentación de este libro.

Desde fines de 1960, cuando se empezó a hablar de la posibilidad de crear una publicación destinada a los pobladores de Santiago, he tenido oportunidad de conocer de cerca la realidad de este inmenso territorio que comprende una parte importante de la capital de Chile.

Hay algunos nombres inolvidables de ese tiempo, empezando por el padre Pedro Castex, quien animó a un grupo de universitarios a que nos acercáramos a este mundo entonces muy lejano y quien, además, nos alentó a pensar en un medio de comunicación.

La tenacidad de Orlando Gálvez, autor del libro que nos reúne y la colaboración de Cecilia Binimelis, que fue parte de ese primer grupo de estudiantes y que se quedó aquí para siempre, no agotan la lista de quienes conocí entonces.

Hay aquí, hoy día, varios integrantes de esa avanzada que llegamos impulsados por los vientos de cambio de la Iglesia Católica, sobre todo a partir de la llegada del cardenal Silva Henríquez al arzobispado de Santiago. Pero también había cambios en el mundo y en la sociedad chilena. Este panorama es el telón de fondo sobre el cual se proyecta este libro.

Agrego un comentario antes de continuar.

Los libros son como las personas. Los hay hermosos y otros no tanto. Algunos son elegantes en apariencia, como “los sepulcros blanqueados” de que habla el Evangelio. Pero creo que no hay libros feos. Son siempre una herramienta para ampliar conocimientos, conocer opiniones que refuercen la propia o ayuden a precaverse de otras que no compartimos.

Este libro titulado “La Caro. Un relato desde la solidaridad, la organización y la esperanza”, es un libro hermoso. No como una miss o una reina de belleza. Es hermoso porque habla de una epopeya, comparable en verdad a las grandes gestas de Chile desde la independencia hasta nuestros días.

Habla del gigantesco esfuerzo de ustedes, los pobladores, de su lucha por organizarse, recuerda las batallas grandes y pequeñas que debieron librar.

La población, dice Orlando, ha cambiado enormemente desde entonces, Pero también han cambiado Chile y el mundo. Este cambio es parte del telón de fondo del cual hablé recién. Y, a propósito de ello, me permito citar aquí, brevemente, un recuento de estos cambios que acaba de hacer un buen amigo mío, el profesor Agustín Squella. Se pregunta, en primer lugar, ¿cómo era Chile hace 50 años? ¿Qué recordamos de entonces?

Y responde:

Un periodista italiano que vino a nuestro Mundial de Fútbol de 1962 dijo que se trataba de "una país lejano, pobre y orgulloso"”.

La vía de la revolución, dice Squella, ganaba terreno a la de la reforma y hubo quienes propiciaron, con Frei Montalva, un camino intermedio –la revolución en libertad-, donde la palabra "revolución" no remitía a la violencia sino a la rapidez y profundidad de los cambios que se deseaba introducir; el Concilio Vaticano y las Conferencias Episcopales de Puebla y Medellín impactaban en Chile y el conjunto de América Latina, lo mismo que el giro marxista que a poco andar había hecho la revolución cubana, con la consiguiente respuesta norteamericana de la Alianza para el Progreso…La película más vista en 1964 fue "El burócrata González"; el vehículo más popular era la Citroneta y Liberty la marca de cigarrillos más apreciada; … los tres primeros equipos de la tabla de posiciones de Primera División eran Universidad de Chile, ColoColo y Universidad Católica –nada nuevo bajo el sol-; Violeta Parra regresaba a Chile, componía "Volver a los 17" y "Gracias a la vida", y cantaba con sus hijos en la Peña de calle Carmen 340; y nuestro cronista más amable y divertido –Daniel de la Vega- anticipaba en sus comentarios la empobrecedora sustitución de la bohemia por el carrete, la sustitución de los barrios por las urbanizaciones, la de los vecinos por los copropietarios, y la del tibio rumor de la ciudad por el enfebrecido e inclemente avance de buses y automóviles”.

A lo que dice Squella se podría agregar más y así lo dice el propio Orlando Gálvez en estas páginas: las calles sin pavimentar, anegadas en invierno y polvorientas en verano, han sido reemplazadas por el pavimento; la falta de servicios básicos ahora se ha superado a punta de reclamos e incansables campañas, incluyendo el difícil rescate de la primera ambulancia que se recibió en donación. Los “chonchones” del comienzo han sido reemplazados por el alumbrado callejero. Se obtuvieron consultorios, que dejaron sin trabajo a las esforzadas parteras que ayudaban en los primeros nacimientos, y escuelas y, por supuesto las escasas y pequeñas capillas ganaran en estabilidad y recursos.

También ha cambiado lo que se pide. Al comienzo se necesitaban teléfonos… hoy todos tenemos por lo menos un celular y muchos tienen equipamientos más complejos para comunicarse. Antes teníamos un lenguaje popular… que hoy ha sido reemplazado por una jerga que sorprende. En La Pérgola de las Flores, cuando le enseñan a Carmelita a “hablar en bonito”, se le dice que debe calificar de “colosal” todo lo que le guste. En la actualidad, en tiempos aparentemente más democráticos, los chilenos compartimos una misma y patética pobreza idiomática, cuyo eje es el “huevón”, sustantivo convertido en verbo y adjetivo, que se usa tanto para expresar cariño como para insultar y que repiten grandes y chicos, hombres y mujeres sin distinción…

Chile ha cambiado.

En parte ha cambiado por la fuerza: la dictadura nos impuso un sistema económico y nos obligó a mirar en menos la solidaridad. Debemos reiterarlo: los pasos positivos que se han dado aquí, los que han dado los trabajadores y los pobladores de todo Chile, son parte de la convicción de que la fuerza más vigorosa de los pobres es su unidad. Esta visión estaba detrás de los jóvenes universitarios que llegaron hasta aquí en los años 60 y que vinieron a prestar desinteresadamente su colaboración.

En este sentido, por ejemplo, el esfuerzo de La Nueva Aurora, el periódico que mantuvimos a lo largo de 1961 en varias poblaciones del sur poniente de Santiago apuntaba a algo que hoy nos parece evidente: la comunicación es vital. En el juego democrático, el periodismo honesto permite crear opinión, unir esfuerzos, generar y exigir políticas de bien común. La Nueva Aurora no sobrevivió entonces, pese a la generosidad de muchos. Pero, fue sobre todo, la dictadura la que más daño le hizo al flujo libre de información, de noticias y opiniones.

Sin información, sin comunicación es casi imposible organizarse, tomar conciencia de los derechos y exigirlos.

En el gran cambio de estos cincuenta años, debemos tomar nota del impacto en las comunicaciones que produjo Internet y todas las tecnologías asociadas. Tener medios propios de comunicación hoy es posible y existen muchas demostraciones de ello. Personalmente, sin embargo, sigo creyendo que es preferible contar con apoyos profesionales de manera de realizar responsablemente esta tarea comunicacional.

Esa fue una discusión en los años de La Nueva Aurora. Muchas veces se temió que viniéramos como colonizadores, para imponer criterios e ideologías. Ello es, evidentemente una amenaza, pero dependerá del criterio de los pobladores la posibilidad de superar cualquier peligro. El periodismo es un servicio, no un negocio y nunca debería ser una herramienta exclusiva de lucro.

Pero, insisto, el periodismo y la comunicación, la posibilidad de compartir información y crear conciencia sobre problemas comunes, son siempre necesarios. La fotma es variable. Puede ser como el periódico que hicimos entonces o lo que hay ahora: páginas en Internet, YouTube, estaciones y programas comunitarios de radio y televisión y por supuesto, todas las tecnologías de mensajes de voz y de texto hasta el whatsapp.

La masacre

De todo lo que se cuenta en este libro, hay un hecho trágico que no se puede omitir pero que conviene no considerar como lo único importante de la historia de la población. El 19 de noviembre de 1962, en medio de un paro nacional organizado por la Central Única de Trabajadores, CUT, el intento de los pobladores de bloquear el paso de los trenes al sur de Chile desató una dolorosa tragedia.

La causa del paro fue la diferencia entre el reajuste que pedían los trabajadores (50 por ciento) y lo que ofrecía el gobierno del Presidente Jorge Alessandri (quince por ciento). Ese 35 por ciento de diferencia, en tiempos de inflación acelerada, movió especialmente a los sectores más pobres de la capital y otras ciudades, donde todavía no se terminaban de acomodar los inmigrantes rurales, parte de un gigantesco éxodo proveniente del campo. Era el tiempo de las “poblaciones callampas”, como las denunció el padre Hurtado. El caso de “la Caro”, cuenta Orlando Gálvez, era distinto: se trataba de unas 120 mil personas asentadas en los antiguos terrenos del fundo Lo Valledor. No era una toma. No era una “callampa”.

Allí vivíamos y seríamos los futuros propietarios, puesto que pagábamos a la Corporación de la Vivienda (Corvi) los sitios que ocupábamos… Allí comenzó nuestra historia como vecinos, dirigentes sociales y como cristianos en la población José María Caro, un territorio que llegaría a convertirse en uno de los principales asentamientos urbanos de la capital”.

Como otras, la familia Gálvez llegó empujada por su compromiso como católicos, liderados por el futuro obispo Fernando Ariztía y el sacerdote Pedro Cástex.

No han sido vidas fáciles. A lo largo de más de medio siglo han consolidado las estructuras físicas de sus viviendas y los servicios indispensables, desde la locomoción hasta los organismos de la administración del Estado, fruto siempre de esfuerzo y protestas.

Han luchado permanentemente y lo que narra Gálvez en este libro, es una historia de esfuerzo, sacrificios, mucho trabajo y gran solidaridad. Pero es también una historia de penurias y dolores.

Aunque nada iguala el sufrimiento de esta y otras poblaciones periféricas durante la dictadura, las penas de la Cardenal Caro están marcadas por ese hito inolvidable: el momento en 1962 cuando una patrulla militar, desbordada por los pobladores que apoyaban el paro de la CUT, abrió fuego indiscriminadamente contra niños, mujeres y hombres.

El saldo fatal fue de seis muertos.

La Caro –junto a una larga serie de incidentes parecidos, desde la Escuela Santa María de Iquique a los muertos de San Gregorio y Ranquil- se aseguró así un lugar no buscado en la historia. Fue, como un rito de pueblos antiguos, un bautizo de sangre y fuego que marcó para siempre esta población.

Este libro es un registro de los primeros capítulos de esa epopeya hasta 1970.

En los años siguientes hubo otras dificultades que enfrentar. Vendría el oscuro período de la dictadura con su secuela de detenciones, torturas, desaparecimientos forzados y profundos cambios estructurales y económicos. El proyecto de vida en comunidad que se había empezado a construir fue golpeado brutalmente.

Ya lo hemos dicho: la solidaridad se convirtió en una mala palabra, la organización de trabajadores y pobladores se vio como un peligro. Se quiso acallar por todos los medios la voz de la Iglesia Católica.

Pero la verdad, que según el Evangelio, nos hace libres, ha terminado por imponerse. Hay muchas denuncias, muchos testimonios que no han podido ser acallados. Pero, sin duda, faltaba este recuento, serio, meticuloso, bien documentado, elaborado con “ardiente paciencia” como diría Neruda, por Orlando y otros colaboradores.

Por ello ahora contamos con un panorama completo y, sobre todo, irrefutable.

Hacía falta.

A. S.
04 de Octubre de 2014
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas