Los rostros de Dios

El jueves 31 de agosto, con el apoyo de Estados Unidos y la ONU, Israel y Hamas alcanzaron un acuerdo para un “alto el fuego humanitario” en Gaza de por lo menos 72 horas. Habían pasado más de tres semanas de implacable asedio al pequeño territorio palestino. Surgía una pequeña esperanza en un estallido que ya había cobrado casi mil 400 vidas.

¿Habrá paz?

Es difícil saberlo. Un día después, el viernes hubo acusaciones mutuas de que no se respetaba la tregua. Y el ciclo guerra/tregua se repite una y otra vez

¿Por qué?

La única explicación que se me ocurre, por lo menos en el caso de Israel, es que hay un texto sagrado que judíos y cristianos leemos de diferente manera.

La Biblia proclama la existencia de un solo Dios, único y eterno, creador de todo cuanto existe. Ese Dios único tiene, sin embargo, dos caras.

En el Antiguo Testamento es un Dios severo, implacable, que dispara rayos de fuego y castiga con dureza. En el Nuevo Testamento, en cambio, es un Dios cercano, amigable, siempre comprensivo y compasivo. Los cristianos no negamos el Dios del Antiguo Testamento, pero somos más cercanos al Dios de las Bienaventuranzas.

El Dios de Israel es el Dios que expulsa a Adán y Eva del paraíso, que pone a prueba a Abraham, exigiéndole que sacrifique a su hijo, y lanza a sus seguidores en una larga travesía por el desierto en busca de la Tierra Prometida.

El resultado, a lo largo de siglos, es una raza endurecida por el sufrimiento, desde el exilio y la persecución en Egipto hasta el rigor de las duras sandalias y botas de romanos, cruzados, otomanos, rusos y nazis. El “pueblo elegido” sabe que su sello permanente es el dolor.

Para los cristianos, en cambio, la buena nueva es la del Dios del amor. Un Dios que exige, pero que siempre perdona, que no cree en la política del ojo por ojo y diente por diente.

El Dios del Antiguo Testamento exige venganza. El del Nuevo, dice que hay que poner la otra mejilla.

La diferencia está clara. En estos días la han actualizado algunas voces cargadas de fanatismo:

Tienen que morir y sus casas deben ser demolidas. Ellos son nuestros enemigos y nuestras manos deberían estar manchadas de su sangre. Esto también se aplica a las madres de los terroristas fallecidos”, escribió en su página en Facebook Ayelet Shaked, diputada del partido ultranacionalista Hogar Judío.

La misma visión es la del embajador israelí en Washington, Ron Dermer, quien replicó a las críticas con una afirmación rotunda: ¡Israel merece el Nobel de la Paz!

Parece una visión monolítica. Hay, sin embargo, muchos otros judíos que optan por la moderación. Y también cristianos y musulmanes que están por la paz.

Es lo que alumbra las esperanzas creadas por la (frágil) tregua de este fin de semana.

A. S.
Agosto de 2014
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas