Cultura sísmica

No es precisamente un record de Guinness, pero dudo que haya registro de algo parecido a lo que se vio en la TV el miércoles pasado: de regreso a la cárcel de Iquique, algunas reclusas fueron recibidas con sonrisas. Hasta se pudo apreciar un beso fugaz con un gendarme. La salida de más de 300 detenidas y algunos varones, luego del primer terremoto, fue facilitada por los propios custodios. Lo ocurrido dijo el coronel José Maldonado, tuvo que ver “con el derecho a la vida” de los reos. El penal está a poca distancia del mar, en zona de riesgo de tsunami.

En la coyuntura, miles de chilenos demostraron haber aprendido las dolorosas lecciones del 27-F. Los gendarmes de Iquique (y todo Chile), habían tenido, además, una aleccionadora experiencia tras el catastrófico incendio del Penal de San Miguel.

En la emergencia en las regiones de Arica y Tarapacá, las alarmas de tsunami funcionaron casi normalmente y la población emprendió prontamente el camino hacia la seguridad de las zonas altas.

Reapareció así lo que se ha llamado nuestra “cultura sísmica”: la población no fue remisa a la hora de abandonar sus hogares y las autoridades se hicieron cargo con eficiencia y sin mayor demora. Nada de ello impidió que más tarde, hubiese quejas. Es que esta cultura todavía tiene falencias y ellas se hicieron evidentes con el transcurso de los días y la repetición de los “eventos”, como dio en llamarlos la autoridad.

La falla más grave, pese al despliegue de las Fuerzas Armas, fue la especulación. Frente a la escasez de agua, energía y alimentos, algunos comerciantes inescrupulosos no vacilaron en subir los precios al doble o al triple. Los abusos se vieron facilitados por lo que nadie previó: una crisis prolongada por varios días.

Se debe tomar conciencia de que no basta con un “kit” de emergencia, como una mochila con linternas, radios a pila y algunos tarros de conserva. Siempre faltará agua, en especial si hay niños, ancianos o enfermos.

Esta es la gran lección: no hay manera de predecir con certeza grandes sismos y tsunamis. Todavía dependemos de cálculos estadísticos que han hablado por largo tiempo de un mega-terremoto en el norte de Chile, pero nunca con mayor precisión. Por ejemplo, nadie nos asegura si, en esta serie de eventos, se ha liberado toda la energía acumulada por décadas.

Estar verdaderamente preparados, implica capacidad para imaginar lo peor, sin perder la calma. Sobre todo sin dejar espacio para opinólogos que se complacen en anunciar siempre lo peor.

Esa es la verdadera “cultura sísmica”.

A. S.
Abril de 2014
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas