Una lección de fortaleza

Columnista invitado: Jorge Andrés Richards

Puentealtino orgulloso, nerudiano, colocolino, gardeliano, cachurero ilimitado… pero fundamentalmente periodista y su sincera confesión es el título de este libro “Acúsome, padre: soy periodista” : “Vagabundo de la ensoñación, transeúnte de la alegría, cartero de la fe, desentrañador de misterios, sereno en las tinieblas, naufrago en el dolor, fogonero del entusiasmo, persistente en la palabra, hurgador de la prosa. Confieso amar esta profesión, que aprendí en las mañanas puentealtinas tibias por el raco precordillerano.” nos espeta sin ambigüedades Enrique Ramírez.

Y desde siempre cumplió con su palabra, estudió periodismo en la Universidad Católica, siendo de las generaciones pioneras de dicha carrera, por allá al principio de la década de los 60. Destacó como uno de los mejores y dos de sus grandes profesores lo nombraron ayudante, Nicolás Velasco del Campo y Abraham Santibáñez (aquí presente).

Destacó también porque siendo estudiante fundó el primer diario mural de la escuela: El Chonguero, periódico que dio vida periodística a las murallas de la vieja e histórica casona de San Isidro.

Rápidamente inició su carrera profesional en Las Ultimas Noticias donde cautivó a sus lectores durante 33 años. Luego, su pluma fina y rica en lenguaje, se instaló en la revista Ercilla por largo tiempo y posteriormente fue uno de los cofundadores de la Revista Hoy, con Emilio Filippi a la cabeza.

Por otra parte, centenares y centenares de estudiantes han sabido de su calidad académica y pedagógica, a través de sus enseñanzas del lenguaje y la redacción, siempre inspirado en su gran mentor y maestro, Guillermo Blanco.

11 años profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica. 13 años profesor de la Universidad Diego Portales. Más de una década enseñando en la Uniacc. Difícilmente existe un periodista en Chile que haya impartido conocimientos por tantos años y a tantos. Enrique Ramírez, un auténtico maestro de generaciones y generaciones de profesionales de la comunicación.

Pero no es todo, también tuvo tiempo y dedicación para la actividad gremial. Su vocación y amor por el periodismo lo llevaron a la presidencia del Colegio de Periodistas de Chile, obteniendo la primera mayoría nacional en la elección de mayo del 2002. Durante dos años presidio el gremio. Y en el transcurso de su mandato se terminó de aprobar la actual ley de prensa, que estuvo más de una década tramitándose en el parlamento.

En el vía crucis

Así transcurría su desarrollo profesional, que alcanzaba ribetes excepcionales, cuando un aciago 21 de febrero del año 2011, una mala jugada de la medicina y de la vida lo dejaron parapléjico. Le truncaron de un plumazo una vocación brillante al servicio de la información y de las letras.

Comenzó, entonces, un vía crucis difícil de describir y de asumir: clínicas, hospitales, casa de recuperación, casas de reposo, todos tipo de rehabilitaciones, tratamientos… de verdad un martirio, qué quién mejor lo describe es el mismo, a través de sus escritos maravillosos, que nos regala en las páginas de este libro.

No obstante, si hubiera que resumirlo, remitámonos a la “Marcha de los Enfermos” en mayo de 2013, que Enrique en este libro llama “La Marcha de la emoción” y donde haciendo grandes esfuerzos y con la ayuda de profesionales que lo trataban y de su hija Soledad participó activamente, con el debido soporte médico. Su presencia causó sorpresa y admiración en muchos, pero más sorprendente aún, fue un gran cartel que acompaño su participación, decía: “Periodista y profesor Enrique Ramírez Capello, tetrapléjico, gastos médicos millonarios. Perdí mi trabajo, mis ahorros y mi casa”.

Entre tanta desgracia, demandas, querellas, interpelaciones y abogados de por medio, Enrique saca fuerzas de flaqueza y apenas su delicado y atrofiado cuerpo se lo permitió levemente, retoma su inigualable pluma y comienza a escribir columnas, sobre la vida, sobre hechos reales, sobre vivencias personales . Escritos, muchas veces conmovedores y desgarradores, pero siempre marcados por una enorme dignidad.

Y aquí se produce un primer hecho mágico. Juan Pablo Cárdenas, director de Radio Universidad de Chile (dueño de casa, aquí) siempre admirador de Enrique por la riqueza de su redacción, de su lenguaje y de sus contenidos, combinación que no es fácil de lograr en el periodismo, le solicita sus columnas para hacer este libro. Un acto de grandeza, de reconocimiento, de humanidad y de solidaridad de Juan Pablo, que lo enaltece como hombre y como periodista.

Pero antes de seguir, permítaseme una licencia, Juan Pablo Cárdenas y yo fuimos compañeros todos los años de la carrera, en la misma Escuela de Periodismo de Enrique, en la vieja casona de San Isidro y con mucho orgullo puedo decir: somos hijos de la gran Reforma Universitaria, porque entramos a estudiar a dicha Escuela el año 1967, mismo año de la gloriosa toma de la Universidad Católica, donde él y yo participamos activamente.

No hace mucho un día de noviembre del año pasado (2013), nos juntamos varios ex presidentes del Colegio de Periodistas (otros no pudieron llegar) solo para hablar del gremio, de la profesión y de la vida. En medio de la conversación surgió la idea de pedir una reunión con el Rector de la Universidad Católica Ignacio Sánchez, para intentar resolver el tremendo incordio, que había entre el hospital Clínico de la UC, Enrique y su familia, por las eventuales responsabilidades que habría en el estado de postración de Enrique Ramírez. Afortunadamente, el rector accedió a nuestra solicitud y los primeros días de diciembre fuimos recibidos un grupo de ex presidentes del Colegio, por él y otras autoridades de la universidad, para iniciar conversaciones tendientes a resolver el problema, desjudicializar la situación, que estaba muy avanzada y tratar de llegar a una solución humanitaria del caso. Con mucha sinceridad debemos reconocer y aquí hablo a nombre de Jorge Donoso, Ignacio González y Senén Conejeros, que fuimos los que participamos en las reuniones, que en esa primera reunión encontramos la mejor disposición del rector y de las otras autoridades para avanzar en una solución del problema.

Ante esa evidencia, fuimos a visitar a Enrique para contarle en lo que estábamos, pues él no lo sabía. Aún recuerdo la cara de sorpresa de Enrique frente a nuestro relato. Su mirada, su actitud reflexiva y también su emoción, fue la primera señal que tuvimos, que podría estar de acuerdo, para que siguiéramos el camino de las conversaciones destinadas a solucionar los lamentables diferendos planteados. Nos pidió tiempo. Debía hablar con su hija Soledad y también con su abogado. Afortunadamente a las 24 horas tuvimos el llamado de Soledad, que quería hablar con nosotros. Nos dijo: tienen nuestro total consentimiento, para que sigan reuniéndose con la universidad. Y así lo hicimos. Nuestras reuniones posteriores siguieron realizándose en un ambiente de muy buena disposición y de una clara voluntad de llegar a consensos. Y así fue como el 30 de enero pasado, luego de numerosas reuniones arribamos a un gran acuerdo. Por razones obvias, firmamos una cláusula de confidencialidad…pero con mucho orgullo podemos decir que lo que nos propusimos un día de noviembre del año 2013, lo logramos y con creces, porque además todos quedamos con la sensación (nosotros y la universidad) de haber resuelto, poder aliviar en parte, el brutal sufrimiento de Enrique por largos tres años.

Nobleza obliga: nuestros agradecimientos al Rector de la Universidad, doctor Ignacio Sánchez y a las otra autoridades del plantel, especialmente a María Rosa Millán, Directora del Personal con la cual llevamos las conversaciones hasta el final e implementamos y concretamos lo acordado.

Un valioso acuerdo

Al final de nuestras conversaciones en conjunto con la universidad, resumimos los acuerdos en el siguiente texto:

Un grupo de ex presidentes del Colegio de Periodistas de Chile, le plantearon al rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile, doctor Ignacio Sánchez, la situación de salud que aflige al destacado periodista, profesor universitario, ex presidente de la orden y egresado de esa casa de estudios, don Enrique Ramírez Capello. Atendido el gran aporte que ha significado la labor del señor Ramírez, y la estrecha vinculación con la Pontificia Universidad Católica de Chile, dicha Casa de Estudios ha instruido diversas medidas para ayudar a aliviar la difícil situación que actualmente experimenta este prestigioso profesional y su familia. Las medidas adoptadas por la Pontificia Universidad Católica de Chile en favor del señor Ramírez han sido muy bienvenidas por él, por su familia y las mismas han sido agradecidas por los solicitantes, en nombre del gremio periodístico.

Pero hay más. También se acordó que a partir del 1 de mayo recién pasado, Enrique fuera contratado por la Universidad, para que escriba un libro sobre lenguaje y redacción. Esto contempla un contrato por ocho meses, renovable, un ayudante puesto por la universidad y los honorarios correspondientes, para que Enrique elabore dicho libro.

Lo que he relatado aquí, es la verdad integra de lo sucedido con Enrique y con la Universidad en los últimos meses. Pienso que este es el mejor escenario y el momento más propicio, para revelar una situación, que hemos realizado silenciosamente, en favor del periodista, del amigo y del notable ser humano, que es Enrique Ramírez Capello.

Para terminar, contar que el día 4 de febrero recién pasado, acompañamos a Soledad, que en nombre de su padre y los representantes de la universidad firmaron la escritura del acuerdo. Ese mismo día me fui de vacaciones. En la tarde, estando junto a mi familia, recibí un correo de Soledad, en que emocionada nos agradecía todo lo que hicimos, este grupo de ex presidentes del gremio. Mi respuesta fue la siguiente y que hoy día tiene plena vigencia:

Soledad, te escribo desde el litoral acompañado de frente, por un mar maravilloso.

Te escribo con emoción porque tus palabras me conmovieron. Quiero que sepas que todo lo que hicimos fue introducirnos en una tragedia humana, que nos tenía atragantados y que no podía prolongarse. Enrique no tenía derecho, además de soportar un terrible padecimiento, seguir siendo humillado y seguir aceptando ofensas a su dignidad.

Nos jugamos con todo, desde el primer minuto y siempre tuvimos la convicción, que lograríamos nuestro objetivo y así te lo hicimos saber en todo momento. Fuimos inteligentes, prudentes pero también firmes, cuando las circunstancias lo ameritaron.

Hidalgamente reconocer que las autoridades de la universidad, incluido su rector, su decano y su directora del personal aportaron lo suyo y con muy buena voluntad. Solo las abogadas de ellos cuando entraron a tallar nos complicaron lo acordado, pero prontamente lo resolvimos con la fuerza de nuestros planteamientos.

Soledad, una palabra para ti: una hija ejemplar, maravillosa, de la cual tu padre, Enrique, se deberá sentir orgulloso toda la vida.

Otra palabra para Alejandro Walker vuestro abogado, además de ser un profesional serio, comprometido, lo más importante: un tremendo ser humano, que puso toda su humanidad y toda su sensibilidad en pos de esta noble causa.

A mis compañeros, ex-presidentes del Colegio, orgulloso ser uno de ellos: mi afecto y amistad para con ellos es incondicional…y además compartir la satisfacción de haber hecho algo grande, muy grande.

Para Bárbara Hayes y Rebeca Araya nuestros agradecimientos muy sinceros, por haber sido ellas, las que soportaron y sostuvieron la larga travesía de esta situación, durante mucho tiempo y lo que nos pavimentó el camino para conseguir el objetivo de lograr este gran acuerdo.

Y para Enrique, un grande, que estoicamente ha soportado un martirio brutal, pero su lucha por vivir ha sido más fuerte. Una lección de hombría, de fuerza y de amor por la vida.

Gracias querido amigo, por tu fortaleza y por tu estremecedor testimonio.

13 de Mayo de 2014