EL DOCTORCITO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Cuando Enrique Ramírez padre sintió las primeras palpitaciones del futuro Gasparcito en el vientre de Maribel, su mamá, lo llamó “El Doctorcito”.

Fue la fe de bautismo.

El acta tempranera y premonitoria con que pronosticaba el destino de su nieto.

Agustín, su papá, hoy arquitecto, lo recuerda con emoción.

Yo también lo evoco con detalles que me estremecen.

Pasaron los primeros años.

Enrique, el original bautista, se enfermaba a veces.

Cuando aparecía Gaspar Ramírez Bahamondes inmediatamente lo invocaba como “El Doctorcito” -curioso- se mejoraba con prontitud.

Por eso jamás dejó de llamarlo así, como lo recuerda toda la familia con mucho cariño.

Gaspar fue siempre excelente alumno en los colegios para orgullo de sus padres y tíos.

Notable. Excepcional. Distinguido.

Muy alto, aprovechó su desarrollo físico para jugar vóleibol. Cuando cursaba segundo medio fue seleccionado nacional juvenil.

Después actuó en el Club Deportivo de la Universidad Católica. Al ingresar a estudiar medicina se integró al equipo titular.

A esa altura -que es la palabra más exacta- integró la Selección Nacional adulta.

Nunca olvidó el nombre que le dio su tata Enrique: “El doctorcito”.

Con esa marca de imprenta selló su futuro profesional.

Cursaba segundo año medio y tuvo que optar por una asignatura electiva. Marcó biología, con lo que trazó su sendero hacia la medicina.

El puntaje en la prueba temible para millares de estudiantes fue sobresaliente: le permitía ir a cualquiera de las dos principales universidades chilenas.

Hoy recuerda que obtuvo 815 puntos y quedó décimo para ingresar a la Pontificia Universidad Católica. Allí hizo toda su brillante carrera, siempre eximido en todas las asignaturas.

El reciente 7 de enero se tituló con excelencia.

Ya antes de egresar manifestó su interés por ser anestesista.

Parecía muy difícil, pero la premonición de su tata se cumpliría de manera óptima.

Solo tres obtendrían la beca para estudiar gratuitamente la especialidad elegida.

Él lo consiguió.

También le va bien en el amor: Catalina, su compañera de curso, ha conquistado su corazón.

El día en que se tituló, sus padres -Agustín y Maribel- recordaron el diagnóstico del padre de su progenitor cuando escuchó las palpitaciones en el vientre de Maribel: el niño que vendría sería “Doctorcito”.

En alguna parte el tata le envía las mejores vibraciones para que el diminutivo de doctor se convierta en un generoso aumentativo, porque ya es un doctorazo.

No es necesario poner un fonendoscopio para sentir los latidos inaugurales.