APOSTOL A LA CHILENA

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Alfredo Barahona es devoto de los claretianos y de los ferroviarios.

Huele a misa viva, de madrugada, despierta.

Y a humo de locomotora, como las que vagaban por las vías de durmientes hasta el sur.

Sabe de santidad.

Vehemente, locuaz y rápido, me regala el libro “Vendedores de Sol”, escrito por su maestro, Alejandro Cabreras Ferrada.

Es una antología de confesiones de los primeros estudiantes de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile.

En ella cuenta que ingresó en 1963 y egresó en 1967.

Recuerda a compañeros de su promoción: Gustavo Adolfo Olate, Leonor Merino, Manolo Pastrana, Horacio Marotta, Hernán Antillo, María Eliana Carafí, Blanca Davis, Ciro Quintana, Óscar González y Raúl Gutiérrez.

Llegó casi por azar.

Estudiaba filosofía, en Argentina, y trabajó en el consulado chileno, donde transitó sus primeros pasos por la profesión.

Cuando volvió a Chile recibió el impacto de la Facultad de Filosofía.

Solamente en tercer año, con ramos más específicos, definió su vocación periodística.

Al egresar, advirtió que la práctica era insuficiente.

Hoy evoca en la parte humanística a Manuel Eduardo Hubner, quien le dio una visión global del mundo.

En lo estrictamente profesional recuerda al “negro” Cabrera Ferrada, quien les enseñó a buscar la noticia, escribir con contenido, libre de hojarasca. Y en la disciplina, saber llegar a tiempo.

Su personalidad era rígida, rigurosa, aunque no tenía los trazos de un tirano.

Ricardo Lagos Escobar, al que evoca como profesor excelente, le inculcó el amor por la economía y por la amplitud democrática.

Barahona trabó gran amistad con Raúl Gutiérrez.

Su vida profesional comenzó en la revista “En Viaje”, de Ferrocarriles.

Luego pasó a Relaciones Publicas de la misma empresa hasta que Óscar González a la Corporación de Reformas Agraria.

Después del golpe militar conoció la cesantía y luego de un largo tiempo volvió a Ferrocarriles, hasta marzo de 1994.

Los rieles, los carros y las locomotoras humeantes fueron su pasión.

Lo mismo ocurrió años más tarde con los claretianos.

Alfredo Barahona Zuleta nació en el mineral cuprífero de Potrerillos, donde su padre fue uno de los primeros trabajadores y dirigentes sindicales.

Trasladado a Santiago, estudió en el liceo San Agustín y en el Colegio Claretiano.

Luego, filosofía y teología en la Facultad internacional Claretiana en Córdoba.

Es editor general y subgerente de la Editorial Claretiana.

Al cumplirse 30 años de la nacionalización del cobre, Barahona ganó el primer premio categoría A con el cuento “¿Dónde está Jecho?”, tributo a su Potrerillos.

Es el apóstol a la chilena.

De los claretianos y de los ferroviarios.