NIÑO DIOS A LA CHILENA

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Naciste en un vacío cajón de tomates de la Vega.

En los aledaños del Zanjón de la Aguada.

En la casa de ventanucos quebrantados de La Legua.

En una calle herida de pobreza de la población La Victoria.

En una maleta desvencijada de Calen, en los briosos paisajes de Chiloé.

Bajo una araucaria húmeda de Temuco.

En el viejo hospital de San Antonio.

En un bote policolor de atrevidos pescadores de Iquique, Valdivia y Puerto Montt.

En una cueva de Quintero, en la trastienda de una ferretería de Cauquenes, en un cabrerío de Monte Patria, en un triste campamento de Lota, en el refugio hogareño de un obrero textil de Tomé. En la sonrisa de un niño mapuchito de Cañete o de Tirúa.

En una alfombra artesanal de Puyuhuapi. En un mirador de La Obra en el Cajón del Maipo, en un carro de tercera en un tren al sur.

En la salitrera nortina. A la sombra del Morro de Arica. En las arenas hirvientes de Antofagasta, en el pardo anfiteatro de Chuquicamata, en una iglesia de La Serena, entre campanas melancólicas y palomas mansas.

Bajo los vientos de Pichidangui. En la fábrica de cemento de La Calera o cubierto por la tibieza de los paltos de Quillota. Junto a un telar de La Ligua.

En la crujiente y abandonada estación de San Felipe o en la nieve agresiva de Saladillo.

En el fuego montañoso de Los Andes. Acaso abandonado en una puerta de la avenida Matta o Conchalí.

En un centro de madres de La Pintana o en la sede de un equipo de fútbol de Recoleta.

En una casa de dos pisos en la población Maipo de Puente Alto.

En los talleres de una imprenta de barrio o el carretón de un desdentado cartonero.

Al lado de una medialuna en Rancagua, San Fernando y Curicó. En la artesa de una abuela que aún lava calzoncillos y delantales con jabón Gringo y cloro.

En un barracón de Talcahuano, en el insólito sosiego de Lautaro o en la cordillera áspera de Lonquimay.

En la mediagua de una pareja que tiene solo esperanzas en Colo Colo.

En el valle que describe Gabriela Mistral, en la zona huasa que canta Violeta o en el gobierno de las lluvias que inmortaliza Pablo Neruda. Viniste con tu primera mirada a las estrellas del Norte Chico, los volcanes de Osorno, los bosques y los lagos del sur.

Niño Jesús chileno. Negrito y moquillento. De pelo desgreñado y ojos de ternura.

Naciste aquí, entre las virutas de otro viejo carpintero o en los brazos de una chiquilla morena como un cantarito de Quinchamalí.