SIEMPRE HAY QUE LUCHAR

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Cruzo el otoño con dificultades.

La proximidad del invierno me amenaza.

Son días duros.

Llevo tres años y tres meses postrado en cama, con mis piernas inmóviles y las manos atrofiadas. El 21 de febrero de 2011 una infiltración desbaratada me dejó con tetraparesia espástica.

No pude regresar a mi departamento para escuchar los discos de Carlos Gardel, releer la multitud de libros de Pablo Neruda, estimular mi imaginación con una nueva mirada a “El Principito”.

Desde entonces no disfruto con los cuadros religiosos ecuatorianos, ni los cielos pintados por el artista Antonio Guerrero o los ventanales por Jorge Peñailillo.

No busco mis policolores corbatas de seda ni de mis abrigos al estilo europeo ni mis boinas francesas.

No repaso los libros de maestros ingleses, alemanes, rusos y españoles.

No siento los sabores de las comidas que preparaba Magdalena González, mi nana durante 24 años.

No recreo las tertulias hasta la madrugada en mi departamento de Ramón Carnicer 5, en la inauguración del Parque Bustamante, a pasos del metro Baquedano, con mis colegas y amigos.

La bohemia es una palabra desdibujada en mi diccionario de hoy.

La noche es solo un mal trecho con sueño interrumpido. Recuerdo que no se extravía.

Los bares de Madrid no están en mis charlas ni en mis apetitos.

Las travesías por el Archipiélago de Chiloé no me reencuentran con sus mitos y leyendas.

No regreso a mis clases en las escuelas de periodismo universitarias, para promover el correcto uso del idioma y la transparencia ética.

No me traslado a las casas de nuestro Premio Nobel de Literatura: La Sebastiana, en los cerros de Valparaíso, con su caballo de carrusel y sus obras originales; La Chascona, en las cercanías del cerro San Cristóbal y su botella-cigarrera; Isla Negra, con su ancla gigantesca y la tumba del poeta, junto al rumor de las olas.

El 1 mayo de 2012 sufrí una grave neumonía aspirativa, que me dejó con traqueotomía y gastrostomía.

Un médico pesimista pronosticó que nunca más volvería a comer por boca. Hoy lo hago tres veces al día, con el auxilio de las fonoaudiólogas y las técnicas en enfermería. Todo tipo de comida, hecha papilla.

Estoy en la casa de reposo “La Nueva Aurora”, en Mariátegui 2432, una cuadra al sur de Los Leones con Bilbao.

Es un hogar confortable, que alienta mi recuperación.

Tengo tenacidad para enfrentar mis dolores e insuficiencias, con la guía amorosa de Soledad, mi hija; mis hermanos, mis amigos, mis colegas, terapeutas y ex alumnos.

No vacilo ni me desmoralizo.

Sigo adelante y continúo escribiendo mis columnas porque el periodismo es mi amor irrenunciable.

Cuando tengo mayor fe, un ejercicio con un terapeuta me genera una fractura de fémur.

Dos clavos de titanio, colocados por el doctor Claudio Arriagada, unen los huesos.

Me animo porque siempre es hora de luchar.