DIALOGO

Columnista invitado: Ricardo López Pérez

Mucho se habla de diálogo y poco se sabe de él. Se lo invoca con frecuencia y rara vez se lo practica.

Desde luego, encarna un valor positivo, tanto para la academia como para la política. No en todas las épocas y en todos los lugares, pero en la actualidad, en las sociedades que aspiran a la democracia, aparece claramente como un recurso deseable. A veces, incluso, con carácter de urgencia, como algo necesario y hasta obligatorio.

No puede ser de otro modo: en cualquier comunidad en la que existen asuntos no resueltos, nuevas demandas, y numerosas visiones contradictorias o competitivas, el diálogo surge como una fórmula adecuada para posibilitar avances, allanar los caminos para eventuales acuerdos, y contribuir a una mejor convivencia.

Sin embargo, como en tantos otros casos, relativos a palabras de uso común, se observa una generalizada confusión. ¿Qué significa diálogo? ¿Qué es dialogar? ¿Cuál es la semejanza y la diferencia entre diálogo y otros términos como “conversación”, “negociación”, “discusión”, “debate”? Cuestión de precisión y de sentido, que atañe a cualquier ciudadano involucrado con los asuntos de su comunidad.

De lo simple a lo complejo: diálogo es un tipo de comunicación interpersonal, una forma de intercambio, y también una clase de conversación; pero algo bastante distinto de negociar, discutir o debatir. Dialogar es razonar junto a otro. Recurriendo a un símil, es posible hablar de un “diálogo consigo mismo”, pero salvo en ese caso, la experiencia dialógica exige la presencia activa de otras personas a lo largo de un tiempo.

Equivale a un proceso de búsqueda en el cual se utiliza el contraste y la colaboración; y en donde importa tanto decir como escuchar.

Mucho antes de que tomara el sentido de “discurso” y “razón”, logos significaba simplemente “palabra”. Los griegos lo utilizaron en dos formas principales: el monólogo y el diálogo. En el primer caso, la palabra se dirige a una audiencia que escucha y acepta, o que al menos permanece silente. En el segundo, en cambio, el proceso nace y avanza a partir de una cuestión respecto a la cual es valioso dar y recibir opiniones. De este modo, el diálogo sólo puede ocurrir si existe algún interés compartido en torno al cual ronda la duda, la indefinición, o algún deseo de problematizar, teniendo como base una disposición para expresar posiciones; y un compromiso implícito para respetar al otro con sus diferencias.

Hay que escuchar con la misma satisfacción con la que se habla, habituarse a las opiniones extrañas y todavía sentir un cierto placer en la contradicción, dice Nietzsche. Por su parte, el filósofo Gastón Gómez Lasa afirma que el proceso dialógico se constituye tan sólo cuando los participantes están dispuestos a traspasar la validez de sus propias visiones, y obtener sobre ellas un consenso mínimo, parcial o completo.

Así, no hay diálogo posible sobre un asunto resuelto, clausurado para nuevas sugerencias, y con participantes convencidos de estar ya en posesión de la verdad. Umberto Eco enfatiza su carácter abierto, y afirma que el diálogo es un intercambio de entre hombres libres.

Pero hay más. El diálogo es una experiencia social e intelectual en la cual lo decisivo es el propósito de intercambiar y examinar ideas, con el propósito final de establecer su validez, su verdad o falsedad. Para Sócrates, el filósofo que consagró el diálogo como un recurso filosófico, y luego para Platón que lo inmortalizó en sus textos, la experiencia dialógica es una instancia decisiva en el esfuerzo por alcanzar la verdad.

De esta manera, el diálogo es una conversación, pero de una clase especial y distintiva. Si se enfatiza la semejanza y se oculta la diferencia, se corre el riesgo de convertir al diálogo en un concepto vacío. Mientras la conversación se queda en lo particular, igual que la discusión y el debate, el diálogo tiende por definición hacia lo universal. Todo diálogo supone un impulso para constituir un espacio racionalmente compartido. Al mismo tiempo, su puesta en escena es cada vez un testimonio de las dificultades que tiene semejante empeño.

Desde su origen, el diálogo que exige Sócrates está esencialmente vinculado a la pregunta. Inevitablemente, pues, el diálogo es un tipo de intercambio que se pone en marcha mediante la formulación de preguntas, y se desarrolla en un esfuerzo compartido por construir respuestas. Es una interrogante lo que fundamentalmente inicia el diálogo; y es un camino abierto y sin destino garantizado lo que mejor lo caracteriza.

A diferencia de la negociación, más centrada en un juego de poder, en la competencia y en una tensión entre adversarios, el diálogo ocurre necesariamente en un espacio social simétrico. Requiere de pares, de personas que gozan de igualdad de palabra; y que, ante todo, están preparadas para una alta exigencia intelectual.