Discurso

Columnista invitado: Juan Luis Cebrián

Excmo Sr. director de la Academia Chilena de la Lengua, señoras y señores académicos, autoridades, amigas y amigos, señoras y señores.

Es para mí una enorme satisfacción y un honor ser recibido hoy en esta casa como correspondiente de la academia chilena, cuya relevante actividad destaca entre la de las otras academias hermanas que pueblan la América Latina. Si se me otorga semejante reconocimiento, se debe mucho más a la generosidad de los integrantes de la institución, con su director al frente, el amigo Alfredo Matus, que a los parvos méritos por mi contraídos. Aspiro por lo mismo en un futuro a demostrar de forma permanente mi compromiso de gratitud para con ustedes y para con este entrañable país que en tantas ocasiones me ha distinguido con emocionantes muestras de aprecio.

Agradezco también la presentación que el maestro de periodistas Abraham Santibáñez ha tenido la gentileza de hacerme. Chile es cuna no solo de grandes escritores cuya memoria honra la cultura hispana, sino lugar privilegiado para el ejercicio de la prensa libre. Cuantos nos dedicamos profesionalmente a ella no podemos dejar de celebrar que sea aquí donde se edita la más antigua cabecera de un diario en español, que responde en su enunciado al nombre del mensajero de los dioses. El culto a la palabra, a la comunicación, forma parte desde sus orígenes de la identidad de este pueblo, que nos ha legado para la historia piezas inolvidables e inmortales de la cultura universal hispana.

El llorado Gabriel García Márquez definió al periodismo como el mejor oficio del mundo. Sea o no esto cierto yo me he dedicado a él durante toda mi vida. Como periodista ingresé hace más de quince años en la Real Academia Española, y desde el periodismo he procurado servir en la medida de mis posibilidades a mejorar y custodiar la calidad y belleza de nuestro idioma, que contó en estas tierras con valedor tan insigne como don Andrés Bello. De periodismo quiero hoy pues hablar también, en tiempos en los que son frecuentes las interrogantes sobre el futuro de la prensa, su capacidad de vertebrar la opinión pública y la deriva de los medios de comunicación como consecuencia de la implantación de las nuevas tecnologías. Siempre he criticado la manía que tienen algunos colegas míos de predecir el futuro, pues los periodistas no somos adivinos ni arúspices, tampoco sociólogos o comunicólogos. Nuestro oficio, que puede competir en antigüedad incluso con el de las trabajadoras del sexo, es sencillamente el de narrar historias. Precisamente eso pretendo hacer hoy ante ustedes al hablarles del porvenir: contarles algo que ya ha sucedido, aunque muchos se empeñen en negarlo, ha llegado a nuestras vidas, y lo ha hecho para instalarse en ellas de forma perdurable.

En 1778, el Capitán James Cook, probablemente el navegante más famoso de su época, desembarcó por vez primera en el archipiélago hawaiano. El y sus hombres eran los primeros occidentales en poner pie en aquellas islas, donde encontraron un pueblo acogedor y primitivo. Sus habitantes vivían en plena naturaleza y eran poseedores de un idioma cantarín, casi musical, que no merecía expresión escrita. Cook y su tripulación procuraron transcribir los fonemas del olelo y construyeron una lengua con solo doce consonantes y unos especiales signos de puntuación. Codificándola, pensaban, sería posible por una parte, entenderse y, por otra, defenderla de la invasión de culturas que llegaría con los colonizadores. El empeño no fue exitoso y los aborígenes se acostumbraron a utilizar una jerga local, trufada de vocablos aparentemente ingleses, una especie de creole hawaiano que mantuvo el sonido dulzón y danzarín al que estaban acostumbrados los hablantes del lugar. Así nació el término “wiki”, que parece una deformación del “quick” o el “quickly inglés”, expresión que se habría utilizado para meter prisa al prójimo en unas latitudes en las que el clima y el ambiente incitan más bien a una cierta galbana. Eso explica que wiki se haya usado por lo general por partida doble, exhortando a la gente, “¡wiki, wiki!”, “¡deprisa, deprisa!”, a ser eficaces y rápidos.

En 1909 Jack London escribió “Martín Eden”, una novela que narra la lucha de un autor novel por publicar en las revistas de su época. Una de las obras que le acabará dando fama y dinero al protagonista se llama “Wiki Wiki, un cuento hawiano” lo que permite suponer que la expresión estaba ya para entonces muy extendida. En 1963 Irene Tsu, actriz de Hollywood nacida en Shanghai, hija de un ministro de Chiang Kai Chek, se convirtió en la primera chica wiki de la historia al aparecer con una falda de ramas y flores en los anuncios de gasolina de la Chevron, campaña que mereció el apelativo del wiki dólar. Pero posiblemente nada de esto sabía Ward Cunnigham, creador de la wikiweb, cuando en 1994 decidió llamar así a la página de internet en la que proponía un sistema cooperativo que permitía intervenir a los usuarios en los textos e imágenes a los que accedían. El propio Cunningham ha declarado que se le ocurrió el nombre al acordarse del sistema de autobuses que enlazan entre sí las terminales del aeropuerto de Honolulu, el “Wiki Shuttle”. Si hubiera citado a London como precedente habría podido darle un barniz más intelectual al patronímico, pero en cualquier caso el “wiki wiki” es hoy una de las expresiones más extendidas en el mundo. Casi tanto como el “uaca uaca” de Shakira.

Cunningham inventó un método de colaboración rápida en la red, que permite e invita a los usuarios a editar cualquier página o crear páginas nuevas mediante un programa sencillo de usar. Los wikis constituyen un sistema común de elaborar documentos colectivos y aunque el más famoso y popular de los que han generado es la Wikipedia, se emplean en realidad para muchos otros propósitos. Póngase atención al hecho de que la velocidad o instantaneidad son características prioritarias de este proceso, y en realidad de todo el universo de la sociedad digital. Cuando escribí en 1997 mi primer ensayo sobre el tema pretendí llamarlo de forma muy parecida al fruto de la imaginación de Cunningham. Deprisa, deprisa iba a ser su título, que evocaba tanto la desaparición de los conceptos tiempo y espacio en la sociedad interconectada como una famosa película de Carlos Saura, lo que nos remitía de paso a los aspectos audiovisuales de la nueva cultura. Pero los estudiosos del Club de Roma, para quienes se había redactado el trabajo y que por lo visto no habían viajado a Hawai, tradujeron el título por Speed y les asustó la coincidencia con el apodo que se daba a la cocaína y el crack en el argot de las calles de Nueva York. De modo que me conformé con bautizar el ensayo de manera más convencional y obvia, titulándolo “La Red”.

Ya por entonces no era difícil imaginar la magnitud de los cambios que la nueva civilización nos anunciaba. Es sorprendente la multitud de ensayos, análisis y encuestas publicadas al final del pasado siglo advirtiéndonos de los formidables efectos que la sociedad digital iba a producir en nuestra convivencia. En lo sustancial, esas premoniciones eran muy acertadas y todas coincidían en adoptar un talante de relativo optimismo y fe en el futuro de los medios de comunicación gracias a la implantación de las nuevas tecnologías. A condición, eso sí, de que los protagonistas de los mismos fueran conscientes del significado de la nueva cultura y se mostraran capaces de adaptarse a ella. Llama la atención que siendo tan abundantes y frecuentes los avisos acerca de las mutaciones predecibles en nuestra profesión y en el comportamiento de los lectores y usuarios, los empresarios de la mayoría de las compañías tradicionales hayan sido tan perezosos, inexpertos y hasta torpes a la hora de emprender un plan de transformación. Ninguna de las operaciones exitosas llevadas a cabo en este sector en los dominios de Internet ha sido fruto de los grandes conglomerados clásicos, sino de la actividad desacomplejada y lúdica de los dormitorios universitarios. Facebook, Google, Microsoft, son buenos ejemplos de lo que digo. Y esas compañías precisamente se han convertido ya en competidores, no sé si imbatibles, de los antiguos imperios mediáticos.

El éxito de los wikis responde a una constante generalizada del nuevo sistema de información digital: la interacción y la cooperación constituyen su núcleo de actividad. A partir de ese enunciado podemos deducir lo sustancial del problema: nos preguntamos por el futuro de los medios de comunicación, el periodismo incluido, al tiempo que entronizamos una sociedad no intermediada. Y resulta explicable la confusión de las respuestas sobre lo que nos sucede ya que lo que está mal planteado son las interrogantes. La cuestión no reside en saber cuál es el papel de los medios, o su nuevo modelo de negocio, en la sociedad digital, sino si van a existir medios en el sentido clásico de la palabra. En definitiva, si la esencia del periodismo, que en gran medida consiste en contar lo que pasa a los demás, va a sobrevivir en un mundo en el que cada cual es capaz de comunicar sus experiencias por sí mismo, dirigirse al orbe entero, y escucharlo también, sin necesidad de mediación alguna.

¿Es esto verdad? ¿O no es más cierto que sí existen mediaciones, pero de otro género y especie a las que estábamos acostumbrados? ¿Es por ejemplo Google un medio de comunicación? Debe serlo, porque la mayoría de los ciudadanos de muchos países desarrollados se enteran primero por las noticias a través de Google News y su plataforma factura en Estados Unidos más publicidad cada año que todos los periódicos juntos del país. La universalidad de sus aplicaciones es por lo demás asombrosa. Los filólogos, por ejemplo, realizan sus búsquedas semánticas gracias al poderoso motor de la misma. Las empresas de cartografía, esenciales para los sistemas de Defensa, parecen llamadas a desparecer, sustituidas por las aplicaciones de la red. Y así podríamos citar muchas otros epítomes. ¿Entonces qué es Google esencialmente en su origen, de dónde emana su fabuloso poder y riqueza, capaz de hacer temblar a los imperios mediáticos de todo el mundo y a los antiguos monopolios de las telecomunicaciones? Pues ni más ni menos que un algoritmo. En esa sola fórmula, como en la de la Coca Cola, se encierra lo fundamental de su secreto. Cabe preguntarse por lo mismo si en un futuro no tan lejano los periodistas seremos sustituidos por ecuaciones complejas. O si no lo hemos sido ya.

Este discurso se refiere en su temática a algo que he denominado wikiperiodismo„ lo que permite suponer que hay algo parecido a eso: una forma de periodismo —a desarrollar en la red- a la vez instantánea o muy rápida y cooperativa, en la que los comunicadores de las noticias son por lo general los protagonistas de las mismas y el efecto de su mediación desaparece. Los intermediarios han tenido siempre mala fama en cualquier sector de la economía y ahora también en la política. Es casi universal el clamor contra ellos en las redes de distribución, aduciendo que cobran comisiones escandalosas e innecesarias. Las organizaciones de consumidores acostumbran a promover medidas que contrarresten semejantes abusos, impulsando la venta directa, de la cepa a la mesa. Se supone que esto es posible y necesario en la medida en que los intermediarios no generen ningún valor añadido, o éste sea muy pequeño en comparación con los incrementos de precio que se derivan de su actividad. En la misma órbita de preocupaciones puede inscribirse la cruzada contra las marcas o a favor de los genéricos en la industria farmacéutica.

Los fabricantes de productos de consumo reconocen que la reciente crisis financiera y económica de los países desarrollados (y que todavía perdura en Europa) ha llevado a los compradores a decantarse por marcas blancas, reduciendo los márgenes de las empresas productoras que, a su vez, se ven todavía más castigadas pues han decidido ellas mismas bajar precios en los productos con identidad propia como una forma de competir con los genéricos. El resultado suele ser un descenso de la calidad del producto mismo y de las garantías sobre sus prestaciones. Pero los ciudadanos se sienten satisfechos porque consideran que en el balance final resultan beneficiados: no tienen que soportar los costes añadidos que emanan de la publicidad y al final una crema de cara es una crema de cara, por mucho plan de belleza en siete días que se la endilgue.

En la política, la desintermediación nos conduce nada sibilinamente a la democracia directa. Esta es en realidad la primera forma de democracia que recuerda la Historia, pues la asamblea ateniense equivalía a un hombre, un voto. Y digo bien, ya que en ella no tenían cabida ni las mujeres, ni los niños, ni los esclavos, que carecían de la condición de ciudadanos. Salvo en el caso de la Confederación Helvética, la democracia directa se ha deslizado siempre peligrosamente hacia el populismo y ha sido un instrumento frecuentemente utilizado por dictadores y regímenes totalitarios. El deseo de los líderes populares por comunicarse directamente con su pueblo no solo parece inevitable, sino que va en aumento, y también afecta a los políticos democráticos. Es famosa la frase de Felipe González, pronunciada cuando ocupaba la jefatura del gobierno español, en el sentido de que hay que distinguir entre la opinión pública y la publicada. Respondía a la constatación de que mientras la mayoría de los periódicos se mostraban críticos respecto a su tarea, cuando no de forma abiertamente hostil, él conseguía repetidas y holgadas mayorías en las elecciones. Esta especie de desconfianza respecto a los medios que pretenden vertebrar las opiniones públicas tiene su réplica en las frecuentes críticas que los propios medios y muchos periodistas hacen del sistema de representación política. Según ellos la preponderancia de los partidos en la articulación de las democracias, así como los calendarios electorales, explicaría la obsolescencia de las instituciones y su incapacidad para hacer frente a los retos actuales.

Convendría recordar, aunque nos resistamos a reconocerlo, que los partidos políticos y los periódicos tal y como han llegado hasta nuestros días son facetas de un mismo mecanismo de funcionamiento del Estado y de articulación del poder, que ha pervivido en las democracias por más de doscientos años. Por eso es el sistema mismo lo que ha entrado en crisis a partir de la revolución digital. Wikipolítica y Wikimedia han venido a sustituirles.

Podríamos decir que el wikiperiodismo es al periodismo lo que la wikipedia a las enciclopedias clásicas. Aunque aparentemente se trata de productos parecidos u homogéneos en su presentación, y responden a una demanda muy similar, las diferencias que albergan entre ellos son profundas. En el mundo wiki la interacción instantánea es la clave, el conocimiento es colectivo y, en principio, no hay un liderazgo visible o demostrable al que atribuir la responsabilidad del rigor intelectual. Lo que se gana en participación se pierde en garantías de la calidad del contenido, pero eso no parece preocupar al usuario. Antes bien sería un aliciente añadido: creer que uno es capaz de influir en la elaboración de una enciclopedia o biblioteca universal, o en la vertebración de la opinión pública global, incluso para manipularla o desorientarla, constituye la realización de uno de los muchos mitos y ensoñaciones que alimentan los deseos de felicidad de los humanos. Entre esas ilusiones que agita el universo de internet se encuentra la que el profesor Ruiz Soroa define como la fe en la existencia “de un pueblo que toma decisiones en la plaza pública”. Sin embargo, añade “el pueblo, él solo, no puede formar una voluntad, no puede tomar una decisión, porque le falta el indispensable polo de alteridad que necesita para ello”. Sin los elementos de representación política el poder del pueblo quedaría reducido, en definitiva, a la aclamación, como ha sucedido en las plazas de Ucrania, o antes en las del norte de África. Ya sabemos que el despertar de semejantes sueños produce a menudo pesadillas terribles en la vida real. La democracia es un sistema basado primordialmente en la opinión pública, pero por eso necesita sobre todo de la opinión publicada, de la discusión y la contradicción. La facilidad con que el wikiperiodismo puede deslizarse hacia el wikipopulismo en el manejo de la información parece evidente. El problema reside en averiguar cómo podemos los mediadores, seamos periodistas o políticos, ayudar a los ciudadanos a ejercer sus opciones si ese principio de alteridad desaparece.

Lo mismo que los estudiantes de todo el mundo parecen más a gusto en sus consultas en la red manejando la Wikipedia en vez de la Enciclopedia Británica los ciudadanos otorgan una credibilidad inaudita a las mentiras, rumores, calumnias y disparates de muchos confidenciales y blogueros, que desdicen del rigor periodístico de los medios tradicionales, aunque es preciso reconocer que existen excepciones que escapan más que honrosamente a esta descalificación. Por si fuera poco la extrema derecha y el pensamiento reaccionario se han apropiado como nadie del nuevo sistema, junto con los movimientos marginales que reivindican un nuevo anarquismo, y entre todos vienen causando no pocos estragos. Todo ello es fruto también de la resistencia al cambio cultural que los progresistas de oficio han demostrado a lo largo por lo menos del último medio siglo.

Este es para mí el verdadero debate que se abre sobre el futuro de los periódicos a partir de su irrupción en la red. La cuestión de si han de seguir publicándose en papel o en soporte electrónico me parece absolutamente marginal respecto al contenido verdadero de la discusión, que consiste en saber cómo la eliminación de los elementos tiempo y espacio en el universo digital va a influir en la construcción de la convivencia y en el método de conocimiento y comunicación entre los ciudadanos. Las transformaciones a las que estamos asistiendo son por el momento, mucho mayores y profundas de lo que queremos reconocernos. Políticos y periodistas, y toda otra clase de intermediarios que en el mundo han sido, continuamos aferrados a nuestras viejas normas y tradiciones, como si el cambio al que estamos asistiendo no consistiera en el orto de una nueva civilización. Podría enarbolar muchos y muy evidentes ejemplos de lo que digo, pero me basta una reflexión sobre los conflictos acerca de la protección de la propiedad individual y las apuradas soluciones que viene mereciendo en muchas latitudes. O sobre la admiración que los integrantes de “Anonymous” despiertan entre la gente, y precisamente entre aquellos que reclaman, con razón, de manera constante la transparencia del poder, sin reparar muchas veces en la opacidad de las ONG, deseosas de desvelar siempre todos los secretos menos los que ellas guardan. El error de cuantos tratan de regular el comportamiento de Internet en un marco democrático es suponer que la norma en el mundo de la red sigue siendo la que emana del universo jurídico, la ley misma, cuando en realidad la norma en la red es el software. En él, y no en la actualización de los códigos napoleónicos, debemos bucear la respuesta a las numerosas interrogantes que la sociedad digital propone. Y esto que digo vale tanto para la ordenación jurídica, como para la regulación económica o la definición de los modelos de negocio de los medios de comunicación.

A mi entender, la cuestión reside entonces no tanto en saber cómo se transformarán dichos medios tradicionales, sino si subsistirán y en qué ámbito, si serán remplazados por otros, o si la nueva realidad virtual se basta tanto a sí misma que puede prescindir de ellos. No voy a insistir en las transformaciones ya experimentadas por la industria en su conjunto (en el sector musical, en del alquiler de películas o la distribución editorial) y procuraré centrarme por unos momentos en el futuro de nuestra profesión. Aunque todavía hay mucha confusión y ruido en torno a estas cuestiones, el tiempo no pasa en vano. La aparición de distintas terminales, notablemente las llamadas tabletas, y sobre todo la proliferación de lo que la industria llama ya teléfonos inteligentes, arrojó nuevas luces sobre el comportamiento de nuestros usuarios, lectores, oyentes o televidentes, que condiciona el del periodismo profesional. Para los editores estas terminales constituyeron desde su puesta en el mercado un símbolo poderoso, de cuál es el camino por el que han de discurrir los acontecimientos. La buena noticia es que gracias a semejantes cacharros contamos con un sistema de distribución universal y prácticamente gratuito muy útil para nuestros propósitos. No tenemos que invertir en infraestructuras costosas, lo que aligera el peso y la financiación de cualquier nueva empresa periodística. Lanzar un periódico hoy a una audiencia masiva es, en principio, más barato que nunca. Lo que obliga a reconvertir los procesos productivos tradicionales si no queremos que las antiguas empresas desaparezcan, y desgraciadamente muchas no se librarán de ese destino. El coste de instalación de las redes y de difusión de los productos viene siendo soportado progresivamente por las instituciones públicas o privadas y por los propios usuarios. Nuestros libros, nuestras películas, nuestras revistas y diarios, pueden ser ahora difundidos en el mercado global, de forma directa. Pero la desaparición de las intermediaciones antes existentes está dando pábulo a la creación de una nueva: la de la compañía capaz de diseñar el aparato y de colocarlo masivamente en el mercado. Propietaria como es del software, puede acabar siéndolo también de la información que circula a través de la red y de los datos de identidad de quienes la utilizan.

Hoy en día, todo el conocimiento existente se encuentra en la red y los motores de búsqueda son una herramienta poderosísima para cualquier reportero, herramienta que hace una década prácticamente no existía tal y como ahora la utilizamos. Pero independientemente de las facilidades técnicas y del cambio en las condiciones económicas, de rentabilidad y financiación del proceso, este se caracteriza porque se centra en la personalización del usuario, la habilidad del mismo para relacionarse con el emisor, y la universalización de las noticias. También por el hecho de que nos dirigimos a un mercado global e instantáneo, que hace perecer prácticamente la mayoría de los ritos y hábitos de nuestro oficio.

Cuando yo comencé a ejercer el periodismo, hace más de medio siglo, el grito de guerra que cualquier joven aspirante a estrella de la profesión soñaba con dar algún día era “¡Que paren las máquinas!”. Teníamos que llegar los primeros con la noticia. ¿Qué sentido tiene ahora ni siquiera imaginar una demanda como esa en un mundo en el que la información es instantánea y se ha convertido en lo que los anglosajones llaman una “commodity” y a mí me gusta calificar de bien mostrenco? A saber: algo al alcance de todos y, por cierto, en cualquier momento y lugar del planeta. Si todavía pretendemos dirigirnos a nuestros lectores de manera discriminada, establecer una relación de lealtad con ellos, tenemos que comprender que son asaltados de forma constante por miles de tentaciones que compiten con las pobres sugerencias que habitualmente les hacemos, y hemos de ser capaces de individualizar sus demandas. Los periódicos se van a convertir así, de manera progresiva y rápida, en empresas de servicios, y los periodistas en agentes de esas empresas. Lo que el propietario de un terminal móvil, sea un teléfono inteligente, una tableta, o una computadora portátil quiere hacer, y de hecho hace, es pasearse por un ecosistema complejo y gigantesco (información, cultura, entretenimiento) que le permite no solo acceder al conocimiento universal sino participar de su elaboración. Nadie le ha de pedir, como no se hace ya en el llamado periodismo ciudadano, ninguna credencial, preparación o experticia de ningún género. La tarea del periodismo profesional no puede ser otra que la de servirle de guía y acompañante durante ese paseo, en una palabra la de ejercer el liderazgo de una colectividad, agrupada quizá, pero no de manera exclusiva, en una de las muchas redes sociales que el periódico tiene la responsabilidad de contribuir a crear. Nuestra misión es facilitar la entrada a ese ecosistema y mejorar su estancia en él, sus capacidades de comprensión y análisis, potenciando sus descubrimientos y siendo capaces de atraer su curiosidad. Prestando, por eso mayor y más decidida atención al periodismo investigativo, a la calidad y rigor de las informaciones, a la comprensión de las mismas.

Hasta hace relativamente poco tiempo, un par de décadas, llegar antes consistía en uno de los mandamientos de la ley de piedra del periodismo. Los diarios adoraban las primicias e inventaban mil maneras de acceder a las filtraciones. Ahora en cambio son las filtraciones las que buscan caminos y derroteros distintos. Se organizaban debates sobre la moralidad y licitud de utilizar, por parte del periodismo profesional, documentos robados, partiendo de la muy liberal convicción de que el fin no justifica los medios y se protegía la vida privada, incluso la de los personajes públicos, de tal forma que nadie desveló los amores del presidente americano con Marilyn Monroe ni la existencia de una hija natural de François Mitterrand hasta que los protagonistas de las noticias murieron. Pero hoy nadie llega antes que nadie en el mundo de la instantaneidad. Nuestros lectores ya conocen las informaciones novedosas cuando abren el periódico, y no solo eso: han discutido sobre ellas, han participado en debates en la red, o a través de mensajes de Twitter o de ese eme eses de todo género; la privacidad o la intimidad son bienes que cotizan a la baja. Hasta el punto de que nadie, y yo soy el primero en no hacerlo, debe dudar de la moralidad y oportunidad de publicar los documentos de Wikileaks, producto sin embargo de un hurto perpetrado por un joven soldado que hoy paga con la cárcel su osadía, aunque de su acto se hayan derivado no pocos bienes para la transparencia democrática.

Los periodistas de hoy se dirigen a un tipo de lectores muy variado y disperso, incapaces de ser identificados solo o primordialmente como lectores de ese periódico concreto, cuyo comportamiento es además volátil y diferente según los terminales que utilice en cada momento. El primero por el que la gente se entera ahora de lo que sucede, y lo comenta de inmediato, es el teléfono inteligente, que se trata en realidad de una computadora portátil multiuso. A través de él se produce el primer contacto de los lectores con la realidad que les transmitimos. Sin embargo nuestros diarios, la mayoría de ellos, no ponen lo mejor de sus esfuerzos en atenderlos y recibirlos en esa primera puerta de entrada al ecosistema. Quizá sí existe esa intención por parte de directores, redactores y gestores de medios: tienen la idea y el proyecto de hacerlo. Pero muy pocos se han dotado de los instrumentos y herramientas necesarias para llevarlo a cabo, de la norma y el libro de estilo imperante en la red.

Para los nostálgicos, los clásicos, los espíritus más evolucionados y los amantes de educar a su perro amenazándole con un periódico plegado, seguirán estando las ediciones en papel, mientras pervivan las redes de distribución y los puntos de venta. Progresivamente ocuparán en el universo mediático e intelectual el espacio que en el comercial ostentan las boutiques de lujo, las marcas de alta gama y, en definitiva, el sentimiento elitista y aristocrático que Platón reclamara para encomendar el gobierno de la polis a los mejores.

Ese sentimiento elitista tiene que ver con el liderazgo, que debe ser ejercido en la sociedad virtual como en la analógica. El populismo reinante, nacido como reacción al absolutismo burgués, no puede perdurar por mucho tiempo. Los ciudadanos aman la libertad de elegir, pero les cansa hacerlo a cada minuto. Sin ellos saberlo, son las máquinas las que les están sustituyendo en sus voliciones, aunque sigamos creyendo en el mito de la absoluta libertad e independencia que la red propala. En realidad a todo lo que asistimos hoy es a una lucha entre los valores que emanaron de la Ilustración, sobre los que se construyó el viejo orden, y los que se derivan de la identidad, reclamados por la personalización que la sociedad digital promueve. Pero, paradójicamente, la amenaza de pérdida de esa identidad en el océano proceloso de la red permite a los más avispados, a los ayatolás sin escrúpulos, cualquiera que sea la religión que practiquen, alzarse con el santo y la limosna. Los medios de comunicación han sido siempre fabulosos creadores de mitos, y el wikiperiodismo es capaz de fabricarlos por toneladas, de manera inmediata y a escala planetaria. La labor del periodismo responsable, ni wiki ni friki, del periodismo a secas, es contribuir a desmontarlos.

No creo que haya nadie que pueda anunciar sin asomo de dudas que los periódicos, tal y como los hemos conocido durante doscientos años, sobrevivirán en el plazo de dos o tres lustros. Pero pervivan o no los periódicos, lo harán los periodistas, se llamen como se llamen, y seguirán siendo necesarios. La ciudadanía seguirá precisando, quizá más que nunca, gente con las tripas, el corazón y la voluntad de servir a sus vecinos mediante el ejercicio de contarles la verdad y desvelarles los secretos que el poder pretende ocultar. Esas gentes han de tener la inteligencia y la capacidad de análisis, el sentido común y el bagaje de formación necesarios para ejercer su tarea de forma racional. O sea que me sumo al llamado del profesor Santibáñez: es preciso levantar nuestras viejas banderas en las modernas batallas que nos aguardan. Un mundo sin maestros es un mundo de impostores. Para combatirlos seguirán siendo necesarios los periodistas, pertenecientes a, una profesión que se hace con los tres atributos mencionados: cerebro, corazón y tripas. Antes los acompañábamos de otra santísima trinidad caída hoy en descrédito: café, copa y puro. Por mi parte hago votos para que también en esto, los fundamentalistas de turno lleguen a un compromiso con la profesión, lo mismo que la profesión tiene que llegar al suyo con los creadores de algoritmos. Eso sí: deprisa, deprisa.