¿Poco diplomático?

 

Harry G. Barnes Jr. quien murió hace poco a los 86 años de edad, perteneció a una constelación de embajadores que llevaron la diplomacia al límite durante la dictadura de Augusto Pinochet. Representantes de naciones con larga tradición democrática, pese a sus eventuales simpatías por el régimen, se jugaron por la defensa de valores fundamentales y salvaron la vida y la libertad de numerosos perseguidos políticos.

Tal como se ha recordado, la primera andanada de Barnes, al presentar sus credenciales en 1985 fue proclamar que “los males de la democracia solo se curan con más democracia”. Desde entonces Pinochet lo tuvo entre ojos, sin lograr entender por qué el conservador Ronald Reagan le había enviado un diplomático tan poco diplomático. Después que Barnes y su esposa se hicieron presentes en los funerales de Rodrigo Rojas Denegri, el joven quemado junto a Carmen Gloria Quintana, el gobierno lo puso en cuarentena total. Según recordó ahora The New York Times, Pinochet pidió que se eliminara la imagen de Barnes en las fotos de todo acto oficial. Salvo el general Matthei, las autoridades se negaban a recibirlo. Pero, a pesar de ello, el embajador logró llamar la atención sobre el eventual desconocimiento de los resultados del plebiscito si ganaba el No. Una versión es que el general Pinochet estaba tan seguro de ganar, que no había un Plan B en caso de ser derrotado. Tras una enérgica advertencia oficial de la Casa Blanca se conjuró cualquier tentación.

Como representante norteamericano, Barnes estuvo siempre en primer plano. Y también en la trastienda de los chismorreos. ¿La causa? Un affaire amoroso de su esposa Elizabeth cuando estaban en la Embajada en Rumania. Pese a los caracteres de escándalo –así lo supe por cartas anónimas recibidas entonces en la dirección de la revista Hoy- el asunto no tuvo mayores consecuencias.

Tras el golpe de 1973, otros embajadores molestaron a las nuevas autoridades y tuvieron que vivir ingratas situaciones. El más notorio fue el sueco Harald Edelstam, quien intervino en varios casos de violaciones de los derechos humanos. Llegó a Chile en 1972, enviado por Olof Palme, y a partir del 11 de setiembre de 1973 debió hacerse cargo de los intereses cubanos luego que Chile rompiera relaciones con La Habana. Exiliados en Suecia estiman que por lo menos mil personas le deben la vida. En diciembre de ese año, fue declarado persona non grata y expulsado del país. Con antecedentes en la lucha contra los nazis, Edelstam se ganó el apodo de Pimpinela Escarlata, tal como lo retrató la película: El clavel Negro.

Otros conspicuos personajes fueron el embajador noruego Frode E. T. Nilsen, los representantes italianos Emilio Barbarani y Tomasso de Vergottini, y el embajador René Lustig, de Francia.

Ninguno tuvo, sin embargo, la notoriedad de Harry Barnes: alto con un físico de boxeador, no pasaba inadvertido. Y él tenía claro cómo lo veían en el gobierno. En una entrevista a La Tercera en 2003, reconoció que con el gobierno militar su relación fue “distante”: “Yo no le gustaba a Pinochet”, dijo.

 

A. S.
24 de agosto de 2012
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas