Guerras improductivas

Hace un siglo, las esperanzas de un conflicto de corta duración se habían esfumado en Europa. En el centro de la lucha, ahí mismo donde comenzara poco más de un año antes, Serbia había logrado resistir los peores ataques. Pero en octubre de 1915, finalmente sería derrotada.

Había quienes aseguraban que la Guerra Mundial sería la guerra que terminaría con todas las guerras.

Ahora sabemos que más de nueve millones de combatientes muertos, 180.000 millones de dólares de costo y unos diez millones de refugiados, no pusieron fin a las tensiones explosivamente acumuladas. Tampoco impidieron que surgieran nuevas dificultades: la Segundo Guerra brotó de las semillas que plantó el primer conflicto.

Esta trágica realidad se repite ahora en una escala mayor. En Medio Oriente los tambores de la guerra suenan con más fuerza que nunca. Menos de quince años después de los ataques a las torres gemelas de Nueva York, el mundo sigue en pie de guerra. Apenas superado el brutal desconcierto inicial, el Presidente Bush se comprometió a terminar con el “eje del mal” al cual atribuyó la siniestra planificación que culminó el 11 de septiembre de 2001.

Partió atacando de manera casi simultánea a Afganistán y a Irak. Afganistán era el escondite del líder de Al Qaeda, Osama bin Laden. Pero la guerra no llevó la paz a este remoto país. Todavía la semana pasada, el gobierno afgano se veía obligado a luchar contra los rebeldes del Talibán, en Kunduz.

Irak, el otro país sentenciado por Estados Unidos, fue atacado en 2003. El Presidente Bush confiaba en que Sadam Hussein sería definitivamente derrotado. Años antes, su padre fracasó en sacarlo del poder en la primera guerra del Golfo. Esta vez Hussein fue detenido y ahorcado. Pero la paz tampoco ha llegado a Irak. La dictadura de Hussein ha sido reemplazada por la zozobra permanente creada por la violencia entre grupos religiosos.

Peor aún, en estos años se ha consolidado en la región el Estado Islámico, que pretende consolidarse como una potencia trasnacional, nueva versión del último califato.

En la mira, en estos días, está Siria, en la cual Bashar al Assad se ha afirmado en el poder a sangre y fuego. Si, en definitiva, algún poder extranjero –y son varios los interesados- logra derribarlo, nada garantiza que retornará la paz. Menos ahora que Rusia está actuando directamente. Su record en materia de intervenciones no es mejor que el de Estados Unidos o la Unión Europea.

Sería hora de pensar una mejor manera de resolver los conflictos. La fuerza, hasta ahora, solo ha producido pésimos resultados. Y ya llevamos un siglo en esto.

A. S.
Octubre de 2015
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas