DON EMILIO Y SU ÉPOCA

Columnista invitado: Arturo Navarro
Periodista
14 agosto 2014

Cuando nació el primer hijo de Ascanio Cavallo, entonces sub director del diario La Época, que dirigía Emilio Filippi, le pregunté: ¿Supongo que le podrás Emilio? No, me dijo, “don Emilio”. La respuesta revelaba la relación de cariño y admiración que un alto porcentaje de periodistas del diario tenían por su Director, varias generaciones mayor que ellos.

Me encuentro en el medio de ambas generaciones y, por tanto, tengo hacia don Emilio, un sentimiento más complejo. Lo conocí como profesor de la Escuela de Periodismo de la UC y hasta entonces sólo tenía una vaga idea de sus correrías infantiles por cerros de Valparaíso, su lugar de nacimiento, y como visitante, más de una vez, en la casa de mis abuelos paternos de la calle Francia, según se recordaba en la mesa familiar. También de su desempeño en los diarios de Concepción, dónde “me tocó negociar con esos muchachos del MIR” en los inicios de los sesenta, como confesaba privadamente.

Más tarde, en la polarización inevitable de la UP, quedó en el bando de los opositores a Allende, cuando un grupo de sus colaboradores se marginaron de Ercilla para fundar, en Quimantú, la poco duradera revista Ahora, que dirigió Fernando Barraza.

Luego del golpe militar, Filippi publicó, con Hernán Millas, el libro: Anatomía de un fracaso, la experiencia socialista chilena, y su fecha de aparición, a fines de 1973, dejó un amargo sabor de “hacer leña del árbol caído” a muchos allendistas.

Sin embargo, su tenaz defensa de la libertad de expresión lo llevó muy tempranamente a tener dificultades con la dictadura, desde la dirección de la revista Ercilla, dónde permaneció hasta 1976, cuando las condiciones se le hicieron irrespirables, debido a la venta de la revista a un grupo económico afín a la dictadura.

Después de significativas comidas de solidaridad y apoyo en el restaurante El Parrón, fundó la revista Hoy, con la mejor parte del antiguo equipo de Ercilla y un decidido tono opositor. Se sumó así a las existentes APSI y Análisis.

En esa condición de colegas directores de medios fuimos labrando una amistad más allá del periodismo, que cubría otra de sus pasiones: la política. No intentábamos convencernos mutuamente sino aclararnos aspectos relevantes –“todos los demócrata-cristianos somos progresistas” solía decir- e ir construyendo caminos de unidad entre su partido y las fuerzas de izquierda. En esa condición me correspondió solicitarle que escribiera con seudónimo -Emile de la Paix, escogió- en la revista Umbral, editada clandestinamente por intelectuales de la antigua UP y la DC.

El 18 de marzo de 1987, apareció bajo su dirección el diario La Época, en plena visita papal a Chile y en un país con serias perspectivas de final de la dictadura.

Ambicionaba, con un equipo de jóvenes recién egresados de la Universidad de Chile -una de las primeras generaciones formada íntegramente en tiempos de dictadura- constituir un periódico semejante a El País de España, es decir con mucho contenido, poca foto y color sólo en su revista semanal, que aparecía los domingo.

Me encomendó editar esa revista, con el privilegio de contar, más que con un equipo estable de periodistas, un buen presupuesto para comprar reportajes selectos y un modelo inequívoco: El País Semanal.

La publicidad le fue ajena al diario –“los clientes no nos dejan avisar en un diario demócrata-cristiano”, confesó un publicista anónimo- y sobre todo a la revista de color, más costosa. Rápidamente se cerró y Filippi me destinó, sin anestesia, a la gerencia comercial, la que debí entregar muy pronto con lamentables resultados. Perseveró don Emilio encomendándome crear el suplemento Literatura y libros que -modesto pero sustancioso, gracias a la sabia asesoría de Mariano Aguirre- no sólo se mantuvo sino que motivó a El Mercurio a crear su revista Libros (hoy fusionada con Artes y Letras).

Ese suplemento valió el único reproche que recibí del Director Filippi: había cometido el despropósito de publicar -en la edición número 13- un capítulo de Oh capitán, mi capitán, novela de Luis Domínguez en el que se afirmaba que “los radicales no tienen mujeres de cóctel, sino de picnic”. La ira del habitualmente pacífico don Enrique Silva Cimma no se hizo esperar y recayó en Filippi. Me la trasladó, exigiéndome una reparación en el próximo número, la que obviamente existió. Solo que sin el título que propuse: Oh radical, mi radical. Esa vez sólo se publicó una respetuosa pero firme carta de don Enrique.

Hay muchas razones por las que el proyecto La Época no dio los resultados esperados, ninguna puede atribuirse a su fundador, ni a quienes le siguieron. Pero una de ellas recae en la tan cuestionada clase política: a pesar de ser un diario opositor, los dirigentes de partidos de tal signo preferían otorgar entrevistas exclusivas a El Mercurio, lo que limitaba las posibilidades de La Época. Escapan a esa mala práctica, lo que las honra, dos mujeres que privilegiaron al diario de Filippi: Hortensia Bussi e Isabel Allende Llona, que dieron sendas exclusivas en momentos que toda la prensa las buscaba.

Si tengo tanto que agradecer a don Emilio, hay un gesto que, en mi recuerdo, supera a los anteriores. El cinco de octubre de 1988, cuando ya se descorchaba champaña en su oficina, me indicó el computador de su antesala, pidiéndome escribir el titular de portada del día siguiente: “Ganó el NO” luego, digité dos porcentajes: 53 y 44%. Después, hicimos salud.

Salud, don Emilio, muchas gracias, que descanse en paz.