Buenas noches, don Emilio

Columnista invitado: Ascanio Cavallo

En el mundo de Emilio Filippi Muratto, sin importar la edad que se tuviese, uno era siempre “don” y, por lo tanto, él también era siempre “don”. Costaba establecer si esto era una mera antigualla, una forma de poner distancia o una invitación al respeto mutuo. Reservaba el “” para una escasa franja de personas, quizás de su generación, y aun así en su boca resultaba un poco malsonante.

En parte por eso, y por otros de sus rasgos, sus subalternos -él dejó de serlo a los 28 años, cuando marchó a Concepción a transformar los diarios Crónica y El Sur- nos reíamos de su solemnidad, su formalismo, su suficiencia, y alguno de los más maledicentes lo designó en algún cabreo como “el pavo real”. Creo que no fui yo, aunque pude serlo.

Pero sin esa arrogancia, sin esa fuerza interior, sin esas convicciones de acero, Chile no habría tenido la primera revista crítica del régimen de Pinochet en un año tan temprano como 1976, cuando las cosas eran realmente difíciles. La revista Hoy fue clausurada durante dos meses en 1979 por publicar una entrevista al ex canciller y futuro embajador Clodomiro Almeyda.

Los que nacieron ayer y creen que ese régimen era una especie de payasada no tienen ni una remota idea del coraje que era necesario para sacar a los quioscos un medio que no podría subsistir sin un grado de oblicuidad, un medio amenazado, vigilado, asediado. No recuerdo haber visto, en todos esos años, un solo momento de temor en el director. Y sospecho que los jacobinos de hoy no habrían tenido un ápice de la entereza del girondino que era el jefe de Hoy, porque para eso se necesitaban suficiencia y cojones.

Filippi perteneció a una época en que los periodistas eran respetados y los directores, temidos, todos un poco “pavos reales”. En su caso, había tenido como redactores a Luis Hernández Parker, Pablo Neruda, Eduardo Frei, Hernán Millas, Andrés Sabella, el “Gato” Gamboa, Guillermo Blanco, Enrique Lihn, las juveniles Sol Serrano y Sofía Correa y un largo vademécum de estrellas de la palabra.

Quizás por eso tenía una manera extraña de transmitir su idea de la fuerza de la prensa. Cuando me designó editor político de Hoy -yo tenía 27 años- me dijo: “Usted tiene que entrar al gobierno militar y a las Fuerzas Armadas. Si no sabemos de ellos, no sabemos nada”. “¿Y cómo se hace eso?”, pregunté, intimidado. “Ah, ese es problema suyo. Usted está aquí porque es periodista, ¿no?”. El solemne Filippi era un ironista, pero de estas cosas siempre hablaba en serio.

Habiendo apoyado el Golpe de Estado, se convirtió rápidamente en el mayor acorazado de la libertad de prensa. Será recordado como un gran luchador por la democracia. Será recordado como uno de los tótems del periodismo chileno del siglo XX. Merece todo eso. Pero yo me quedo con otro de sus atrevimientos: su inclinación a abrir camino a los jóvenes. Es una elección interesada, porque fui uno de los más favorecidos.

Cuando cumplió su sueño más acariciado, la creación del diario La Epoca, entregó su conducción a un grupo de jóvenes sedientos de innovación a los que apenas conocía. Junto conmigo, muchos periodistas que en esos días rondaban los 30 se hicieron cargo del primer nuevo diario chileno en medio siglo, subfinanciado y sin cultura de mercado, que a pesar de todo sobrevivió por 11 años y ha sido un objeto de culto en los posteriores. El anticuado Filippi había vuelto a dar un golpe de vanguardia.

El día que los periodistas seamos perfectos se habrá acabado el periodismo. Si los defectos de Filippi pudiesen ocupar algunas páginas, ni una sola de ellas tendría más peso moral, más coraje público y más densidad profesional que las que registrarán su paso por la inteligencia pública de Chile. Ahora que ha caído la hora de cierre, ahora que la luz se ha apagado y los recuerdos empiezan a titilar, sólo cabe oír el silencio.

Duerma tranquilo, don Emilio.