Difícil siglo XXI

 

¿Qué tienen en común el caso de La Polar y los equipos de bádminton expulsados de los Juegos Olímpicos por jugar a perder? ¿U otras situaciones de actualidad, como el origen de la crisis europea y su rebote en el mundo entero, incluyendo Chile, o la abrupta salida de una abogada del Ministerio del Interior?

Son situaciones de muy distinta magnitud que revelan un similar esfuerzo por magnificar las ganancias (financieras, deportivas o políticas). Hay quienes ganan, o pretenden ganar. Pero alguien sale perdiendo: los accionistas engañados con informes manipulados, otros equipos afectados por una competencia desleal o los conductores atrapados por la tolerancia cero al alcohol.

Es un tema que tiene que ver con valores morales.

No es algo totalmente nuevo. Ya hubo una advertencia desde el mundo de los creyentes:

La profunda y rápida transformación de la vida exige con suma urgencia que no haya nadie que, por despreocupación frente a la realidad, por pura inercia se conforme con una ética meramente individualista”.

La afirmación corresponde a Gaudium et Spes, uno de los documentos finales del Concilio Vaticano II.

Ahora que se están recordando los 50 años desde el comienzo de esa gran asamblea católica, la frase tiene resonancias proféticas. Anticipa uno de los grandes desafíos de la modernidad: cómo conciliar el cuidado del individuo con la vida en sociedad. No basta con ser ético en la vida personal o familiar. Ni siquiera es suficiente serlo en ámbitos como la política o la vida empresarial.

La ética empresarial, por ejemplo, se ha definido como “el conjunto de valores, normas y principios reflejados en la cultura de la empresa para alcanzar una mayor sintonía con la sociedad y permitir una mejor adaptación a todos los entornos en condiciones que supone respetar los derechos reconocidos por la sociedad y los valores que ésta comparte”.

A partir de este planteamiento, en los códigos de ética de muchas empresas se rechazan la corrupción; el hostigamiento laboral; la difamación y la publicidad engañosa. Otras recomendaciones van desde el respeto a las necesidades y derechos de los empleados al cuidado del medio ambiente.

Queda, sin embargo, un amplio espacio más allá de la empresa o su entorno: la interacción con el complejo mundo financiero.

El punto es que el desarrollo tecnológico ha multiplicado las posibilidades de engaños y delitos. Obviamente un robo como el que se registró recién en la Araucanía es un delito y como tal debe ser investigado y castigado. Pero esa conducta empezó por una ausencia de códigos morales y fue posible por las facilidades que proporciona el desarrollo tecnológico.

La comunicación al instante vía Internet o teléfonos inteligentes, las tele-transacciones han puesto a prueba los códigos tradicionales. El progreso tecnológico permite clonar tarjetas, hacer transferencias millonarias dentro y fuera del país y del continente. El delito no es nuevo, pero la manera de realizarlo sí.

Lo anticipaba en los años 90 Rushworth Kidder, fundador del Instituto para la ética Global: "No sobreviviremos en el siglo XXI con la ética del siglo XX".

Lo estamos viviendo.

 

A. S.
3 de agosto de 2012
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas