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Ética periodística y cuidado del idioma

Academia Chilena de la Lengua

22 de abril de 2013.

Disertación en el día del idioma

Es posible que a más de alguno de ustedes les resulte difícil entender la asociación que estoy planteando entre ética periodística y cuidado del idioma. Esta tarde pretendo dejar en claro que no es necesario recurrir a argumentos rebuscados para justificar esta afirmación. Nace, simplemente de una convicción muy profunda: el buen trabajo periodístico debe serlo en todas sus dimensiones, desde el reporteo a la redacción final.

Para empezar, aunque no me cabe duda de que todos ya lo tenemos suficientemente claro, debo recordar que el 23 de abril –es decir, mañana- se conmemora un nuevo aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes en 1616. Menos de dos siglos antes, hacia 1450, en Maguncia, el artesano Juan Gutenberg había inventado un método práctico para imprimir múltiples copias a partir de un solo original. Pronto, siguiendo el ejemplo anterior de los informativos copiadas a mano, aparecieron hojas impresas con noticias de interés destinadas especialmente a los comerciantes. Incluían alzas y bajas de precios de los productos importados, problemas en los puertos, epidemias que afectaban a las personas, los animales o los vegetales en el lejano oriente y eventos políticos o de cualquier orden que afectaran el comercio.

En breve tiempo, en toda Europa, se generaron parecidas publicaciones. En España, el inicio del periodismo se suele colocar en 1661, año de aparición de la Gaceta de Madrid. Había pasado casi medio siglo desde la muerte de Cervantes.

En este punto, creo necesario introducir en esta ecuación el factor que falta: la ética periodística.

La ética es inherente al ejercicio responsable del periodismo. Sus dos grandes pilares son la verdad y el respeto a la dignidad de las personas.

Pero hay un tercero, como apuntaron hace algunos años los académicos Marcela Oyanedel y José Luis Samaniego.

Según ellos, “el verdadero problema del uso que los medios hacen de la lengua es… un problema que se sitúa en el nivel de la ética profesional(1).


Libertad y responsabilidad

Después que Gutenberg (re)inventó la imprenta en Occidente, era inevitable el descubrimiento de que esta herramienta se podía usar para difundir noticias y comentarios.

Lograrlo no era fácil: no todo el mundo sabía leer; no todo el mundo estaba interesado en informarse por esta vía o cualquier otra y, lo más complejo, las autoridades (gobiernos, grandes señores, responsables eclesiásticos) miraban todo esto con profunda desconfianza.

La superación de las reticencias de los poderosos (manifestadas generalmente en forma de vetos y prohibiciones) fue el primer desafío ético que enfrentaron editores y periodistas. Pagaron un alto precio en esta lucha por la libertad de expresión pero así fueron incrementando su capital más valioso: la credibilidad.

Pasarían siglos, sin embargo, antes que algunos principios éticos se concretaran en normas voluntariamente compartidas y no impuestas.

Su formulación se empezó a producir siglos más tarde, en los primeros años del siglo XX. Solamente después de la Segunda Guerra Mundial se generalizó el interés por sistematizar las normas para el ejercicio responsable de la comunicación.

Es probable que fuera el efecto de dos líneas confluyentes:

  • La consagración universal de los derechos humanos (en 1948) como reacción a las violaciones sistemáticas producidas durante el conflicto y
  • La creciente conciencia de que el periodismo debía estar a la altura de las expectativas democráticas levantadas como bandera durante la guerra.

En Estados Unidos la Comisión Hutchins hizo un análisis a fondo de lo que cabía esperar de los medios informativos. Como lo refleja la frase de partida de su informe final la conclusión del grupo era rotundamente negativa:

“La Comisión se estableció para responder la pregunta de si ‘la libertad de prensa está en peligro’. Nuestra respuesta es: ‘Si’”.

La Comisión había concluido que la prensa no estaba entregando “un servicio adecuado a las necesidades de la sociedad”. Peor aún, agregaba, la prensa se ha involucrado en prácticas que la sociedad condena.

Este duro diagnóstico, pese al tiempo transcurrido y a los profundos cambios comunicacionales producidos, sigue siendo esencialmente correcto.

La amplia gama de prácticas “que la sociedad condena” incluye acciones reprochables, a veces con el pretexto de investigar la verdad; engaños y distorsiones deliberadas de parte de los periodistas y los medios a fin de esconder su defensa de fines políticos o empresariales inconfesables. Ello ha ocurrido y sigue ocurriendo en todo el mundo.

Ya fuera como consecuencia del informe Hutchins y otros documentos parecidos o por una creciente conciencia de que el mejor camino era la autorregulación, hoy día existen numerosos códigos de ética periodística.

En Chile, el primer paso en esa dirección fue la Carta de Ética, aprobada en el Congreso de Periodistas, en Arica, en diciembre de 1968. Más tarde, la carta se convirtió en el Código del Colegio de Periodistas.

A comienzos de los años 90, la Asociación Nacional de la Prensa creó el Consejo de Ética, iniciativa a la que adhirieron la radio y la TV. A estos dos mecanismos de autorregulación se sumó, en los últimos años, la institución del ombudsman (bautizado como el Representante del Lector del diario La Tercera).

Todo lo anterior resume un esfuerzo permanente por el ejercicio ético del periodismo. Se agrega a ello la implementación en todas las Escuelas de Periodismo de la cátedra de Ética Periodística.


Larga lista de casos

¿Por qué, entonces, todo el tiempo, en todos los medios, se cometen faltas éticas, algunas muy graves?

Algunos temas se reiteran.

Denuncias de personas que se sienten afectadas en su honor, honra y fama; que se preocupan de la protección de la vida íntima, vida privada y vida pública; o que están alarmados por la falta de cuidado en las informaciones, en especial de delitos contra menores o las agresiones sexuales..

Ha habido tratamientos periodísticos controvertidos, como ocurrió con el llamado Caso Spiniak, en que se involucró a connotados políticos, y también, en el otro extremo, situaciones claramente de menor envergadura, como cuando hace años un canal de TV no quiso publicar una aclaración muy simple respecto del nombre completo de una persona (2).

La mayoría de las situaciones de tipo ético que enfrentan los periodistas y los medios, se refiere a temas menos dramáticos, que afectan generalmente a personas individuales o grupos determinados pero difícilmente a una nación entera como ocurrió en Estados Unidos con la investigación del Caso Watergate..

Son casos que tienen que ver con concepciones morales, actitudes ante la vida, capacidad para cumplir bien las tareas encomendadas, preparación adecuada para reaccionar con rapidez ante desafíos inéditos y, en áreas especializadas, la independencia necesaria para actuar al margen de intereses creados.

Como dice el Código de Ética del Colegio de Periodistas de Chile, “los periodistas están al servicio de la verdad, los principios democráticos y los Derechos Humanos. En su quehacer profesional, el periodista se regirá por la veracidad como principio, entendida como una información responsable de los hechos. El ejercicio del periodismo no propiciará ni dará cabida a discriminaciones ideológicas, religiosas, de clase, raza, género, discapacidad en todas sus formas, ni de ningún otro tipo, que lleven a la ofensa o menoscabo de personas naturales o jurídicas”.

Agreguemos que en los últimos años, la incorporación de las tecnologías digitales ha tenido un efecto adicional profundo en la tarea periodística: las viejas linotipias ya no se usan (hay generaciones, no de estudiantes, sino de profesionales jóvenes, que nunca las conocieron) y las rotativas son controladas por computador, lo que garantiza –por ejemplo- que la tensión del papel sea uniforme, que los colores calcen perfectamente y no se produzca la más mínima distorsión. Lo mismo ocurre con las emisiones de radio y televisión y, desde luego, con las páginas electrónicas, que se multiplican en Internet, asociadas o no a los medios tradicionales.

La tecnología no sólo facilita la tarea de los periodistas. También les plantea desafíos nuevos y modos nuevos de trabajar.

Un solo ejemplo: si tenemos cada vez más periódicos en línea, en tiempo real, el periodista que antes, después de una conferencia de prensa se podía quedar conversando con los colegas, tomar un café o hacer un encargo familiar, ahora debe despachar instantáneamente, igual que sus colegas de antaño que trabajaban para una radio.

Debido a la multiplicación de medios, muchos instantáneos, el periodista tiene menos tiempo que en el pasado para hacer su trabajo, pero debe cuidar, como nunca antes, la exactitud de sus datos. En el caso de los medios impresos, ni siquiera tiene la tranquilidad de contar con intermediarios que le sirvan de amortiguadores: la computación eliminó las linotipias, operadas por conocedores prácticos del idioma, y permitió que los administradores consideren innecesario el trámite de la corrección de pruebas.

No siempre fue así. Por múltiples razones, en el caso de los medios impresos, se fueron creando salvaguardias para contener eventuales errores de ortografía o redacción.


La “ortografía chilena”

Cuando, en 1713, se fundó la Real Academia Española, se pretendía “fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza”. El primer resultado fue el Diccionario de Autoridades (1726-1739). Pero hasta mediados del siglo siguiente se reconocía que era “confuso” el panorama ortográfico del español.

Consideremos lo que ha ocurrido en nuestro país.

En 1823 Andrés Bello propuso un nuevo modelo ortográfico (uso de “j” para los sonidos representados con “j” y “g”, y el reemplazo de la “y” por la “i” al final de las palabras como lei, rei, buei y como conjunción copulativa: Juan i Pedro. En 1835, adicionalmente, Francisco Puente promovió el uso de la “s” en vez de la “x” en palabras como estremo.

Era, en buenas cuentas, el nacimiento de la “ortografía chilena”. Ello explica por qué, a mediados del siglo XIX, en nuestro país los impresores se debatían entre propuestas encontradas, a las que hay que agregar un uso, que hoy nos podrías parecer arbitrario, de las tildes.

En la década de 1840, sin embargo, la situación experimentó un cambio decisivo. Como sus responsables destacan nítidamente dos españoles llegados en forma separada pero que coincidieron en torno a El Mercurio, en Valparaíso: Santos Tornero, desembarcado en el puerto en 1834 y Manuel Rivadeneira, quien llegó a Santiago en 1839.

Ambos contribuyeron decisivamente a profesionalizar el trabajo de impresores y periodistas. Pero Tornero hizo, además, un notable aporte: la idea de que la labor periodística comprende tanto la presentación (calidad tipográfica y de impresión) como la responsabilidad de los contenidos. Con el tiempo, llegó a ser director de El Mercurio de Valparaíso, puesto desde el cual protagonizó frente a las autoridades un histórico caso referido a la “reserva de la fuente”, es decir, “el secreto profesional”.

Este episodio cierra un círculo: salvo Camilo Henríquez, quien no tenía conocimientos especializados, el periodismo en Chile (como en otras partes del mundo) surgió generalmente gracias al espíritu emprendedor de tipógrafos e impresores que comprendieron la oportunidad que había en la difusión sistemática de noticias y opiniones. Pero, todavía no estaban resueltas todas las deficiencias y debilidades del trabajo de los impresores.

Bastante tiempo después de la aparición de La Aurora, señala Jorge Soto Veragua (3), pese a que se habían multiplicado los talleres “todas estas imprentas contaban con escasos elementos y con un personal, en general, poco idóneo; por lo tanto eran incapaces de emprender obras de cierta magnitud”. Ello explicaría que, a mediados de la década de 1870, el fundador de la imprenta Cervantes, Rafael Jover, ante “la verdadera anarquía que existía en materia de corrección, se tomó el trabajo de reunir en un volumen todo lo que sobre la materia habían escrito distinguidos tipógrafos europeos; trabajo que fue utilísimo, no solo a los tipógrafos chilenos, que se veían obligados a obedecer sin réplica la anárquica corrección de los escritores, sino a muchos de los (propios) escritores que desconocían en general los signos empleados en la corrección”.

De este modo, entre el escritor, el tipógrafo y el impresor, aparece un nuevo profesional: el corrector de pruebas. Por más de un siglo le correspondería asumir la responsabilidad de la presentación final de los textos impresos.

Pero era solo una labor de suplencia: en definitiva, esa era una tarea que debían asumir los propios periodistas y, sobre todo, los editores de los medios, como profesionales ahora con estudios universitarios. Más tarde ello se hizo ineludible cuando se implantara en todos los niveles el uso de computadores.

Como ya hemos dicho, la abundancia de recursos obliga mayor cuidado. Ello no siempre se percibe con claridad. Y asoman nuevas polémicas.

A mediados del siglo pasado, en Chile se planteó con apasionada crudeza el tema de la formación de periodista y si era procedente crear escuelas universitarias. Se debatía si el periodista nace o se hace, debate que concluyó –salomónicamente- con el acuerdo de que el periodista nace (por vocación) y se hace (por formación).

La facilidad con que han surgido “periodistas ciudadanos”, noteros y opinólogos, pone a prueba algunas certezas del pasado. El último detonador es la expansión del Twitter que marcaría, según algunos creyentes fervorosos, el surgimiento de un nuevo periodismo.

A comienzos de este año el periodista Michael Wolff criticó en su columna en USA Today que el nuevo decano de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, Steve Coll, nunca hubiese tuiteado. Por lo tanto, planteaba Wolff, su contratación era “una audaz declaración acerca de los valores de las noticias y la comunicación”.

Sin embargo, el periodista Hamish McKenzie sostuvo que el argumento era equivocado por que:

  1. “Solo se necesitan 40 segundos para enseñarle a alguien a usar Twitter, pero las habilidades periodísticas se adquieren y se pulen a lo largo de toda una vida. Ser experto en Twitter no te hace un buen periodista, así como ser un buen periodista no te hace un experto en Twitter.
  2. “Las personas que trabajan en medios y tienen una cuenta en Twitter, una página en about.me (una red informativa) y 500 amigos en Facebook a menudo parecen pensar que hay algo mágico acerca de su habilidad para navegar por las redes sociales. No lo hay. Las redes sociales son fáciles de usar, la barrera para entrar es casi cero y no es para nada impresionante en el ámbito más amplio de lo que constituye el “nuevo periodismo”.
  3. “Las habilidades en el periodismo no son triviales. Los periodistas no solo tienen que ser capaces de escribir, sino de procesar y sintetizar ideas complicadas en un corto tiempo, estructurar narrativas, dominar el arte de la entrevista, tomar notas rápidamente, editarse, investigar en lugares donde otros no piensan buscar, construir argumentos, desbaratar argumentos de otros, ver a través de la basura, etc. Puedes aprender esas cosas por ti mismo a través del trabajo duro y la experiencia, pero tardará más de 40 segundos”.

Seguro que surgirán más argumentos en esta discusión que recién empieza.

Aunque me parece evidente que muchos de estos nuevos recursos han contribuido a empobrecer el idioma, es necesario reconocer que ello no es inevitable y que existen esfuerzos por optimizar su utilización.

En los últimos días, por ejemplo, se dio a conocer el sitio “elesteylaesta.cl”, auspiciada por la Universidad Diego Portales, la Municipalidad de Santiago y la Cámara Chilena del Libro. En declaraciones al diario Las Últimas Noticias, el responsable de la iniciativa, Simón Subercaseaux, explicó:

“A través del sitio y después de colocar los datos asociados a la red social (se refiere al nombre y la contraseña del usuario de Twitter) la página da a conocer datos como el número de palabras que usa el usuario y las palabras más frecuentes”.

Como complemento de esta recopilación de datos se crearon siete categorías conforme el número de palabras que se usan. Van desde “Cervantes” (más de 551 palabras) a “Amateur” (menos de cien) (4).

La medición es útil, aunque habría que preguntarse qué pensaría Miguel de Cervantes si supiera que su nombre realza a quien ha sido capaz de emplear más de 551 palabras en sus últimos 200 tuiteos. Coincidiría, eso sí, con el lema de la página: “Cuanto más lees, más vocabulario tienes”.

No es culpa de Twitter porque ya la tendencia venía de antes, pero es indispensable profundizas en este empobrecimiento de nuestro lenguaje en la convivencia diaria, no sólo de jóvenes (con y sin formación superior) sino de parlamentarios, ministros y otras autoridades como hemos visto reiteradamente en los últimos días.


Las cartas de Martín Rivas

Al releer, hace poco, Martín Rivas, nuestra novela fundacional, descubrí algo bastante obvio, pero que ahora adquiere más relieve en estos tiempos de Twitter y facebook: la obra descansa no solo en las magistrales descripciones de Blest Gana, sino también en las cartas que escriben y reciben sus protagonistas.

Son textos a veces largos que desbordan sentimientos que de otra manera no se sabría como explicar. Martín va contando a su amigo Rafael el desarrollo de su ardiente amor por Leonor. Más tarde, en vísperas del golpe frustrado de abril de 1851, Martín se juega el todo por el todo y le escribe a Leonor una apasionada confesión. Teme morir en la intentona y cree necesario que ella conozca su profundo enamoramiento.

Hay más cartas, incluyendo una dulce e ingenua misiva de Edelmira, su enamorada de medio pelo

La pregunta es: ¿Cómo podría un mensaje de texto, un twitt o una anotación en Facebook expresar lo mismo?

En esta línea de pensamiento, me preocupa también el uso majadero del término “huevón” y todas sus variables en la cotidianeidad, porque es la mejor demostración de nuestra incapacidad para aprovechar toda la riqueza del castellano.

Hace un tiempo me propuse un ejercicio para el cual espero comprensión. Mi punto de partida es preguntarse qué pasaría con algunos versos célebres, si se tradujeran a lo que se llama eufemísticamente “lenguaje coloquial” o chilenismos que se amparan en que “son términos que figuran en el diccionario de la RAE”. Se olvida, por cierto, que hay allí hay muchos términos más.

No logré pasar de algunos ejemplos grotescos, exagerados naturalmente como toda caricatura:

Neruda escribió: “Me gustas cuando callas”. ¿Qué se diría en el neo-habla en uso? ¿“Cierra el hocico, huevona”?.

¿Cómo sonaría “él pasó con otra” de Gabriela Mitral? ¿“El huevón anda paseando con otra huevona”?

Se podría pensar que el irreverente antipoeta Nicanor Parra podría soportar mejor este juego. Francamente, no: “Estoy viejo, no sé que me pasa” no es lo mismo que “soy un viejo huevón que no tengo idea de qué chuchas me pasa”.

Dejaré aquí el ejercicio. Me produce un gusto amargo. Excúsenme, pero espero haber demostrado el punto.

Volviendo al tema central, la idea es que la responsabilidad ética en el periodismo también pasa por el buen uso del idioma. La precisión de los términos, el buen estilo, la redacción atractiva y original, deben ser parte integral del castellano usado en todos los medios: impresos o audiovisuales… incluso digitales.

No es idea mía solamente.

Camilo Taufic, un buen amigo ya fallecido, anotó en su Manual de Ética comparada (5) que “la corrección del lenguaje utilizado, su claridad y propiedad, son consustanciales al estilo periodístico que debe ser –a la vez-funcional a los fines informativos a los que sirve y, por lo tanto, ágil, preciso y sintético”.

A mayor abundamiento, añadió una cita del Manual de Estilo del diario ABC. Es más larga, pero es suficiente con una frase:

La información se presentará con máxima objetividad, corrección, impersonalidad y amenidad”.

Agrego yo que la confusión en una nota periodística por desconocimiento del significado de los términos o por ausencia de una buena explicación acerca del sentido de una expresión especializada, presta un mal servicio a la misión informativa. Son errores que desgraciadamente se producen con indeseable frecuencia por el apuro de la hora de cierre o por la falta de cuidado en la recopilación de los datos: nombres, lugares, situaciones específicas, etc.

En primer lugar, entonces, cuidado con las imprecisiones. Pero no es lo único: el periodismo siempre debe ser atractivo, debe ser interesante, debe fascinar.

Obviamente lo anterior se logra con buenos temas, buen reporteo y una equilibrada y exhaustiva recopilación de antecedentes.

Pero también requiere de buen estilo. Ello implica:

  • Claridad
  • Precisión
  • Naturalidad
  • Fluidez.

El periodista, además, debe evitar las jergas especializadas, propias de las distintas profesiones u oficios. Al redactar, debe hacer, como Alone, un juego de malabarismo entre párrafos largos y frases cortas. El periodista no es un simple repetidor de declaraciones: las necesita en un reportaje, pero debe seleccionar, buscar lo más pertinente y representativo del pensamiento de su entrevistado, debe evitar repeticiones y aportar, como profesional, una redacción atractiva.

Y debe recuperar el arte de la descripción, que se perdió en algún momento debido al surgimiento del culto de las imágenes, especialmente en televisión. Se debe recuperar lo que sostenía Eduardo Solar Correa, que la descripción “reproduce por medio del lenguaje los objetos visibles, de manera que la imagen de ellos quede impresa en la imaginación, aun más claramente que las palabras empleadas en significarlos”.


Para concluir.

En esta batalla entre riqueza y pobreza del castellano, los viejos periodistas se esforzaron siempre por ir más allá de la vulgaridad, los conceptos manidos, las repeticiones injustificadas. “Nada más antiperiodístico que la prosa pesada y lenta que agobia la paciencia del lector”, escribió Ramón Cortez en su Introducción al Periodismo.

Como muchos colegas de su generación, probablemente no lo veía como un tema ético, pero tenía conciencia de que ese cuidado constante es la mejor manera de hacer buen periodismo, periodismo de calidad.

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Abraham Santibáñez

1:
Lenguaje en medios de comunicación. José Luis Samaniego y Marcela Oyanedel. Una primera versión de este texto se publicó en 1999 en la Revista Universitaria. Está incluido en la obra José Luis Samaniego, Educador e intelectual. Una vida en las palabras, editado este año por la Universidad Católica de Chile en homenaje al ex decano de la Facultad de Letras...
2:
Ver Sentencia N° 57, del 16 de julio de 1997. Denunciante: Patricio Nasser Chaud
3:
Op. cit.
4:
Las siete categorías son: Cervantes (más de 551 palabras), Letrado (401 a 550), Lector (301 a 400), Aficionado (201 a 300), Ocasional (151 a 200), Novato (101 a 150), Amateur (menos de cien palabras).
5:
Camilo Taufic. Manual de Ética comparada. Editado por Observatorio de Medios., Fucatel. Santiago, 2004.