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Al rescate del periodismo-periodismo

Invitación a una reflexión

Tras las recientes situaciones catastróficas (dos terremotos en Iquique y un gran incendio en el puerto de Valparaíso), el periodismo chileno ha sido duramente criticado.

Se ha hecho ver que la pronta respuesta periodística no fue acompañada de una cobertura inteligente y positiva: se insiste en que hubo exceso de morbo, algunos periodistas en terreno emitieron frases muy desafortunadas y en varios casos se olvidaron principios éticos básicos. En esta materia, se ha criticado duramente la falta de cuidado, en especial de las personas más vulnerables: hombres y mujeres en estado de shock, niños y ancianos.

Ello habla mal de la responsabilidad ética de periodistas y medios. Pero, además, tiene que ver con el ejercicio del periodismo en general y su papel en la vida en sociedad.

¿Esperanzas frustradas?

Mi convicción personal es que hemos llegado a este estado de crisis porque las esperanzas que se tenían hace más de medio siglo, cuando se creó el Colegio de Periodistas y se fundaron las primeras escuelas universitarias de periodismo, parecen haberse hecho inalcanzables.

En breve, la historia incluye un período muy positivo: las primeras generaciones de periodistas universitarios (entre los cuales me cuento), fuimos capaces de cumplir con lo que se esperaba de nosotros: hicimos periodismo de alto nivel, lo hicimos convencidos de que lo nuestro exigía un gran sentido de servicio, mejoramos el reporteo, fuimos capaces de contextualizar la información y demostramos que era posible hacer un mejor uso del idioma.

Por desgracia, a partir del golpe de estado de 1973, las duras restricciones impuestas por la dictadura se tradujeron en un periodismo mayoritariamente mediocre. Parte de la responsabilidad recae en la decisión de encargar de las decisiones fundamentales a ingenieros comerciales a los que se pidió que salvaran el negocio sin mayor consideración del sentido del servicio profesional de los periodistas.

Hubo por cierto notables excepciones y hay que dar cuenta de ellas, pero en su mayoría el público solo percibió lo peor del periodismo y consecuentemente dejó de confiar en su trabajo.

La situación no mejoró tras el final de la dictadura: la revolución tecnológica ya estaba instalada entre nosotros y la industria (el término de moda en ese momento) optó por privilegiar el rating y la circulación. Hay nuevas generaciones de periodistas que han olvidado (si es que las conocieron) las grandes esperanzas de los viejos y creen que lo único que debe importar es el sensacionalismo, el espectáculo y la farándula. Eso explica, a mi juicio, lo que ha ocurrido con la pérdida del sentido ético, en especial en las tragedias.

Redes complejas

En este punto, hay algo más que considerar: la alianza entre las redes sociales y el periodismo todavía no se consolida positivamente.

Hace unos años, la facilidad con que las personas se podían comunicar entre sí y hacer llegar sus mensajes al resto de la humanidad –vía twitter, Factebook, youtube, teléfonos celulares, whatsapp y otros- surgió como un gran aporte a la necesidad de informar e informarse.

Hoy, dada la cantidad de usuarios, si Twitter fuera un país sería el número 12 más grande del mundo.

En 2009, Time advirtió acerca de los cambios que se estaban produciendo: gracias “a estos breves y rápidos informes de parte de los miembros de su extensa red social, usted obtiene una satisfactoria ojeada de sus rutinas diarias. No nos parece inadecuado iniciar una conversación telefónica con un amigo preguntándole cómo está. En Twitter usted recibe la misma información sin tener siquiera que pedirla”.

De ahí vino la multiplicación de mensajes al estilo de: “Estoy tomando mi desayuno”, “Saliendo del supermercado con las compras de la semana”, “Abriendo la puerta del garaje” y otras mil informaciones igualmente desabridas, salvo para pololos frenéticos deseosos de comunicarse todo, absolutamente todo.

Esta etapa produjo una primera reacción negativa: “Nunca hemos estado más separados los unos de los otros… o más solos”, apuntó el escritor norteamericano Stephen Marche. Como respondiéndole, Rodrigo Daire, gerente en Chile de com-Store, dijo en 2011: “Lo que vemos es el paso de la comunicación personal a la comunicación participativa”.

La siguiente etapa la estamos viviendo ahora. Es lo que se refleja en las críticas a la deficiente cobertura de catástrofes.

Usuarios responsables

En los últimos meses, en nuestro país, supimos de un feroz ataque tele-cibernético contra la sicóloga Pilar Sordo y vimos, en detalle, el intento del “Tarro”, un niño de las cercanías de Talca, por batir sus propios récords en bicicleta hasta que quedó tendido en el suelo (después de lo cual, sintomáticamente, una agencia de publicidad lo consagró en un fugaz aviso comercial) . Lo peor sin embargo, fue el suicidio de una persona desde lo alto de la torre del Costanera Center, visto, registrado, publicado y comentado en Internet por “reporteros ciudadanos”.

¿Para esto queremos toda la parafernalia digital que tenemos a nuestra disposición?

Estos excesos no son nuevos. El periodismo siempre estuvo expuesto a ellos, pero, empezando por la prensa escrita, terminó por aprender que el prójimo siempre merece respeto.

Hoy es impensable –salvo en regímenes totalitarios- impedir el acceso a Internet. Pero deberían ser los propios usuarios quienes midieran responsablemente su uso. Estamos cada vez más convencidos de que, en definitiva, la autorregulación ética es siempre la mejor opción.

Y, por eso mismo, los medios tradicionales no pueden dejarse arrastrar por las malas prácticas de algunos usuarios.

Creo que podemos reaccionar positivamente, podemos rescatar el valor de la información, su importancia en la vida en sociedad y en un sistema democrático, tal vez resignándonos a que hay cosas que no podemos cambiar como la primacía del espectáculo sobre todo en lo audiovisual.

Pero, como subsiste la necesidad de tener una ciudadanía informada, debemos levantar nuestras viejas banderas. En este sentido, estoy convencido de que los medios impresos pueden hacerlo mejor que nadie.

Lo que necesitamos es crear conciencia y asumir los cambios para salvar lo esencial.

Para ello necesitamos una instancia en la cual iniciemos esta reflexión.

A. S.
Junio de 2014