DOCUMENTO

Periodistas en la Academia Chilena de la Lengua

Texto del académico de número Abraham Santibáñez

No es raro, a pesar de lo que crean los escépticos, que haya periodistas en la Academia de la Lengua. Los hay en la Academia Española (la RAE), la cual le sirvió de magnífico escenario a Arturo Pérez Reverte (académico de número) para recrear la aventura de hace más de dos siglos, de dos académicos enviados a París a comprar la famosa Enciclopedia Francesa.

Fue toda una aventura: la obra era mirada con sospecha, estaba semi-prohibida y para algunos ultraconservadores representaba un peligro potencial al ampliar el conocimiento entre todos los componentes de la sociedad. Temor que resultó fundado cuando, poco después, estalló la Revolución francesa.

La Academia Chilena de la Lengua tiene menos aventuras que contar al cumplir –apenas- 130 años. Pero no ha estado exenta de peripecias: un retrato de su fundador, José Victorino Lastarria, fue perforado por un balazo durante la Guerra Civil de 1891. No hace mucho, su familia obsequió el cuadro (reparado, por cierto), el que se luce orgulloso en la sede de la Academia.

Lastarria era periodista. Y como él, decenas de profesionales de la comunicación han formado parte de la Academia.

Establecer cuántos no es tarea fácil como trataré de explicar.

En 2016 el Colegio de Periodistas de Chile cumplirá 60 años. La ley N° 12.045, que lo creó, fue promulgada el 11 de julio de 1956. Tres años antes, de manera casi simultánea, abrieron sus puertas las primeras escuelas universitarias de periodismo en Santiago y en Concepción.

Ambos proyectos –el Colegio y las Escuelas- apuntaban en la misma dirección: “dignificar la profesión”.

Desde la aparición del primer periódico en nuestro país, “La Aurora de Chile”, dirigida por fray Camilo Henríquez, el periodismo chileno se fue desarrollando en un alto nivel. Ello no impidió que a veces se confundieran los papeles. Era una época en que los linógrafos, los impresores y los redactores trabajaban codo a codo sin cuidar las distancias.

Fray Camilo contó con la colaboración de un grupo de tipógrafos norteamericanos que viajaron a Chile junto con la imprenta artesanal que sirvió para publicar La Aurora. Pero también tuvo un importante número de intelectuales que alimentaban las prensas con su pensamiento. Era el respaldo que requería el sacerdote para cumplir la responsabilidad que le asignó el gobierno. Debía ser “...un redactor que, adornado de principios políticos, de religión, talento y demás virtudes naturales y civiles, (que) disponga la ilustración popular de un modo seguro, transmitiendo con el mayor escrúpulo la verdad que sola decide la suerte y crédito de los gobiernos...”.

Áreas y responsabilidades compartidas

A lo largo del siglo XIX el trabajo periodístico se fue profesionalizando, pero persistía muchas veces cierta confusión entre el trabajo de los impresores, devenidos a menudo en periodistas y editores, y el de los intelectuales que contribuían con su pensamiento a las páginas de opinión. Entre estas categorías, de manera imperceptible al comienzo, aparecen otros personajes: los reporteros que actúan como testigos y entrevistadores y dan forma a las notas informativas. Aunque tienen distintos niveles de formación, ante el público son todos periodistas.

Al final de la primera mitad del siglo pasado en su obra titulada “El Periodista”, Horacio Hernández Anderson planteó esta situación, distinguiendo entre quienes informan del día a día y quienes, “en la paz de su gabinete, cercado de libros”, puede escribir bellas páginas “para enriquecer el acervo cultural de la humanidad”.

No se trata de ensalzar a uno en desmedro del otro” escribió en su obra publicada en 1949. “Cada uno cumple su misión y ambos aspectos se complementan”.

Para el presente trabajo, es evidente que en el mundo intelectual y social, incluida nuestra academia, los interlocutores válidos eran aquellos que ejercían un, periodismo, a veces apasionado, pero sin gastar las suelas de los zapatos en búsqueda de lo que Ramón Cortez llamaría “la mariposa azul de la noticia”.

El propio Hernández Anderson anticipaba lo que vendría en los años 50: la llegada a Chile de las Escuelas de Periodismo, las primeras de las cuales surgieron en Estados Unidos a fines del siglo XIX, y la creación del Colegio de Periodistas, cuyo “objeto, escribe, es velar por el correcto ejercicio del periodismo”.

Ya en 1937, en el Primer Congreso Hispano Americano de Prensa, celebrado en Valparaíso se había aprobado un acuerdo en que se solicitaba el despacho de una ley en este sentido. El Colegio de Periodistas, señalaba el acuerdo, debía tender “al enaltecimiento de la labor profesional y al reconocimiento de la noble tarea social que realiza el gremio”.

Faltaban años todavía. Casi 20, pero finalmente, como ya se señaló, se crearon las Escuelas de Periodismo y el Colegio de Periodistas.

Este recuento explica, creo yo, cómo la Academia Chilena de la Lengua y el Instituto de Chile, creado en 1964, han ido abriendo sus puertas a los profesionales de la Comunicación.

Hay numerosos nombres que mencionar.

Directores de medios, premios nacionales de Periodismo.

Pero hay también algunas omisiones significativas.

La más importante, sin duda, es que en la Academia no ha habido lugar para las mujeres periodistas.

Entre quienes me habría gustado compartir este privilegiado espacio figura Raquel Correa, quien integró la generación de periodistas universitarios, de la cual formamos parte Ascanio Cavallo y yo mismo.

Antes que ella, pienso en otros nombres memorables. Lenka Franulic, sin duda. Lenka se convirtió en figura nacional, ya que además de dirigir una revista femenina (Eva) que podría considerarse lo “correcto” en el siglo pasado, se internó en el mundo de la cultura (son memorables sus “Cien autores contemporáneos”) y terminó haciendo una notable carrera que la hizo merecedora del Premio Nacional de Periodismo. Son notables sus reportajes políticos en su mayoría, sus entrevistas y los retratos que hizo de chilenos y extranjeros.

No me corresponde a mi hacer el reproche de porqué una periodista-periodista como Lenka, no llegó a nuestra Academia. Estoy solamente constatando un hecho.

Es comprensible que en su generación, cuando todavía había numerosos periodistas sin educación superior completa, se haya dejado de lado a otro profesionales como Ramón Cortez, de hecho el fundador de la Escuela de Periodismo de la U. de Chile. O Santiago del Campo, fecundo escritor, dramaturgo y periodista. Y varios más.

Actualmente, entre los miembros correspondientes hay dos periodistas de Valparaíso: Patricia Stambuk y Marco Antonio Pinto. Podrían ser más.

Devoción común por la libertad

Igualmente, vale la pena consignar que entre los galardonados con el Premio Alejandro Silva de la Fuente, hay un contingente significativo de periodistas lo cual es muy positivo.

El último fue Ricardo Hepp, actualmente presidente de la Federación de Medios de Comunicación. Y, en años anteriores, recibieron esta distinción que premia el buen uso del idioma, periodistas como Julio Martínez, la ya mencionada Raquel Correa, Jaime Martínez, Antonio Martínez, Alex Varela, Ascanio Cavallo y Juan Pablo Cárdenas.

Todo esto, en último término, nos habla de una relación cordial entre académicos y periodistas.

Como señaló no hace mucho el actual director, Alfredo Matus, “la Academia Chilena de la Lengua siempre se ha preocupado por abrir espacios para el periodismo, principal vehículo de difusión, preservación y transformación del español en la modernidad”.

En la presentación del libro Periodismo y Democracia, el profesor Matus fue más allá. Destacó que en los discursos incluidos en dicha obra (de Juan Luis Cebrián, Ascanio Cavallo, Ricardo Hepp y yo mismo), se planteaba un profundo respeto por la libertad. Citando a Andrés Bello, igual que Camilo Henríquez, un precursor de nuestro periodismo, recordó unja histórica proclama suya:

La libertad, como contrapuesta por una parte, a la docilidad servil que lo recibe todo sin examen, y por otra a la desarreglada licencia que se rebela contra la autoridad de la razón y contra los más nobles y puros instintos del corazón humano, será sin duda el tema de la universidad…

Para terminar, subrayemos que en esta historia que comparten periodistas y académicos, aparte del cariño por el idioma, hay algo más que nos une: la devoción por la libertad de expresión.

A. S.
Lunes 20 de Julio de 2015
Presentación en Academia Chilena de la Lengua