DOCUMENTO

DOCUMENTO: El testimonio de “Machuca

Columnista invitado: Amante Eledín Parraguez
Profesor, Magíster en Educación

1. La pobreza no es miseria

Me conocen por Machuca. Mi verdadero nombre es Amante Eledín Parraguez y soy el niño de cuna humilde que el cineasta Andrés Wood hizo famoso en su película. Tengo 55 años, llevo treinta como profesor y vivo con una de mis hermanas en La Florida. Tengo dos hijos, Camilo, el mayor, de 26, es músico. Mi hija Danae tiene 22 años, es gastrónoma y estudió en Francia. Soy el mismo que, nacido de padres campesinos que tuvieron once hijos y con años pasados en la pobreza, pudo hacer su enseñanza media en un colegio inglés privilegiado, el Saint George’s. El mismo que cambió su vida por el cariño de los fathers -a los sacerdotes les decíamos así- y el programa de Integración Escolar, que, un día, terminó abruptamente. Un programa generoso, que se convirtió en mi ventana al futuro. Gracias a él, pude estudiar Pedagogía en la Universidad de Chile y, a fines de los 70, hacer un magíster en Educación en la Universidad de Portland, Oregon. Me convertí en el primero de mi familia en ir a la universidad.

En los años 80, trabajé como profesor en proyectos de educación popular de la Vicaría Oeste -muchos años estuve ligado a la iglesia- y en un colegio del barrio Mapocho. También pasé dos años en una escuela rural del sur. Y, lo más importante: en 1986, hice, por primera vez, clases en el Saint George’s. Volví como profesor después de haber sido alumno. Me quedé sólo dos años, pero más tarde regresé y estuve otros quince.

A mi colegio, que llevo en mi corazón, le debo haber nacido de nuevo, a los catorce años. En él aprendí a vivir, contra toda mi timidez, mi inseguridad y mi silencio.

Silencio, porque con mis compañeros ricos, yo casi no hablaba. Me fui hacia adentro y vencí la batalla, apoyado en el amor ancestral por la tierra y la naturaleza que me enseñaron mis padres de Colchagua. Ese amor desbocado, que todavía sentimos mis hermanos y yo, por la montaña, las siembras, las piedras, el agua y los árboles. Mi relación telúrica con la tierra me sacó adelante en esos años tan fascinantes, pero duros. Y es que yo, en verdad, no debería haber vivido lo que viví. Fue un milagro.

Mis papás eran temporeros de arroz y porotos y nacieron en Larraín Alcalde, a unas horas de Pichilemu, una tierra de secano, pobre y nostálgica, que en los 80 perdió a su ferrocarril, el tren de mi infancia. Mi padre era un cantor a lo poeta. La poesía en décimas y la música van de la mano con el campo, y esa era su vocación natural. Es un canto que se hace con guitarra traspuesta y que se aprende con la leche, con el viento y los sauces. Un canto que recoge la vida y la muerte: en esas campiñas de trigales, la fe mueve montañas. Hoy voy mucho para allá, aunque fui el único de los once que nació en Santiago. En esas tierras costinas hay mucha poesía y mucho canto enterrado, y me interesa rescatarlos. Estoy comprando un terrenito para hacerme una casa, que quiero que sirva como centro cultural a investigadores y profesores que se interesen en estudiar nuestras tradiciones centenarias. Esas huellas son la raíz de Chile.

En mi familia éramos pobres, pero todos apreciábamos la cultura. Mi mamá fue analfabeta, pero cuidó mi biblioteca cuando viajé.

En 1955 mis padres emigraron a Santiago y, desde entonces, fueron temporeros y jardineros en chacras de San Damián en Las Condes. De ahí, en 1971, salí yo al colegio Saint George’s. Mis valores los aprendí ahí. Por ejemplo, el derecho inalienable a la educación, aunque se haya nacido sin dinero.

Aprendí que la pobreza es luminosa, va dejando una estela de luz a su paso. La pobreza para mí no es miseria. Y lo digo con conocimiento de causa: muchas veces vi a mi mamá quemar con una brasa encendida un poco de azúcar en la taza y echarle agua. Era nuestro té, con gusto a ceniza. Tomábamos agua caliente con hierbas y salíamos a recoger frutos silvestres, pero no siempre era suficiente. Cinco hermanos míos murieron en la primera infancia, algunos de tos convulsiva. No teníamos zapatos. A veces, el Estado nos regalaba unos plásticos.

El Saint George’s fue un cambio brusco. Un tremendo aprendizaje, porque no quería que me rechazaran. Aprendí a arremangarme la camisa y a peinarme igual a los niños del nuevo colegio, la única diferencia era el color del pelo: yo era tan moreno que mi mamá a veces me llamaba “mi curiche”; los demás eran rubios o trigueños de ojos claros. En clases y en los recreos me mimetizaba. Un día, en una ronda en el patio, me salió natural decir que yo también veraneaba en Zapallar, aunque el único balneario que conocía era el río Mapocho, a la altura del Puente Nuevo, donde vivíamos en un campamento. De estas cosas me acuerdo sin dolor, porque para mí esta ha sido la experiencia más importante de mi vida. He intentado vivir con coherencia. Con mi ex mujer y nuestros hijos hacemos vida de familia y nos ayudamos mutuamente. Es una existencia saludable, con ayuda y solidaridad.


2. Yo habría fracasado en el Simce

Hice mucho tiempo clases en escuelas pobres, con alumnos que llegaban con gran deficiencia a las aulas. El contraste con mis años de maestro en el Saint George’s me dan hoy una visión panorámica del proceso educativo. Por eso, aunque hay diferencias -sobre todo culturales- creo que la imaginación es un potencial común y universal a todos los niños, en todos los medios socioeconómicos. Lo he constatado en escuelas rurales, en zonas urbanas de pobreza y también en Vitacura. Es un potencial de creatividad y fantasía que todo profesor debe explotar.

Pero hay diferencias importantes. Los alumnos de colegios privilegiados son más seguros de sí mismos, consultan y debaten más: lo han visto en su casa. Su nivel de autoestima es mayor, con familias contenedoras y estimulantes. Esos padres entienden que deben involucrarse y no fallan: traspasan su grado de compromiso a los niños. Llevan la delantera en lo cultural.

Eso no existe en otras realidades educativas. He visto en escuelitas pobres de Santiago y de regiones un mundo de inseguridades y expectativas restringidas. Con reuniones a las que sólo asiste la mamá, jamás el padre. Esos alumnos escuchan el discurso desde su nacimiento: las barreras económicas y sociales son insalvables. La falta de compromiso familiar los condiciona mental y culturalmente y se refleja en sus aprendizajes y resultados.

Es una de las grandes dificultades con que la educación en Chile debe lidiar.

Yo mismo fui así. Cuando llegué al Saint George’s, era un niño que venía con mucha carencia natural. Es probable que hubiera fracasado en el Simce de cuarto básico: mi contexto sociocultural era muy deficiente, en mi casa no había libros, no se leía. Y si no fuera por mis profesores y los fathers, por esos hombres y mujeres que me acogieron y me enseñaron con paciencia, nunca habría cruzado la barrera. Jamás hubiera llegado a la universidad ni tendría este intelecto inquieto que me ha hecho superarme. Un intelecto que me empuja a una permanente autocapacitación.

Por eso, yo sé que se puede. Como profesor he constatado que todos los niños nacen con un potencial para aprender. La diferencia la dan las oportunidades. No creo y nunca he creído que los estudiantes humildes sean menos inteligentes o menos capaces. Todo es cuestión de oportunidades y de condicionamiento cultural. Si no creyera así, nunca me hubiera ido del Saint George’s que dejé hace unos meses, para emprender nuevas tareas.


3. He escrito mis experiencias

El método que he probado por muchos años da resultados. Es entender que la esencia del aprendizaje está en las personas involucradas en el proceso: alumno-profesor; profesor-alumno. Hay tanto valor en la experiencia del alumno como del profesor. Para mí, es fundamental partir del saber instalado y sobre esa base construir. Todos los niños llegan a la escuela con un acervo de saberes, preguntas, intereses y aptitudes que yo siempre he tomado en cuenta y todo profesor debiera. Por ejemplo, la curiosidad natural por descubrir misterios, la capacidad de asombro. Estos elementos me han servido para motivar a la lectura y la escritura. Uso otras herramientas pedagógicas: canciones populares al estilo de Violeta Parra, Serrat, el folclor, la poesía, la leyenda, el cuento popular. Me ha servido mucho tocar guitarra, es un recurso de comunicación directa. Y recurro al humor, a la fantasía, al juego y al error. Porque el profesor también puede equivocarse. Y si el alumno le corrige, es una buena señal: quiere decir que aprendió. He escrito, durante años, mis experiencias de distinta manera, en forma de relatos, poemas, cuentos, novelas. Estos registros me sirven de evaluaciones.

4. Un profesor siempre es la clave

Un día, aún siendo alumno del Saint George’s, sentí la necesidad de contar mi historia. Escribí “Tres años para nacer”, que ha sido mi catarsis, durante mis días en el colegio, pero la publiqué recién en el 2002, poco antes de que Andrés Wood hiciera Machuca. Mi novela se llama así porque en esos tres años yo nací de nuevo. Mi suerte fue un milagro. Tuve maestros que me tomaron de la mano y me mostraron la senda. Maravillado, conocí la literatura y la poesía que han sido los puntales de mi enseñanza y de mi creación, a García Márquez y a Cortázar. Y a Octavio Paz, quien me mostró con su verbo que la poesía es el lenguaje natural de los niños. Hoy casi todo mi tiempo libre se lo dedico a la lectura. Leo sobre educación, filosofía, ciencias, poesía y literatura en permanencia. De un niño con muchas deficiencias formativas me convertí en pedagogo y creador. Tres años cambiaron mi vida para siempre.

Hay una regla fundamental en educación: un profesor siempre es la clave. Soy de la escuela pedagógica del brasileño Paulo Freire, quien ve a la educación como un proceso de diálogo, en que profesor y alumno comparten una experiencia y los dos crecen juntos. Ese flujo de comunicación es lo que le ha dado sentido a mi trabajo de treinta años. Hace nueve meses dejé mis clases en el Saint George’s, porque creo que el país ha cambiado y me mueve hacer algo profundo por lograr una transformación.

Por eso acepté la invitación de la Unidad de Desarrollo Profesional Docente de la Universidad Diego Portales para capacitar a 35 profesores de la Escuela Carlos Condell de San Bernardo. Un plantel inserto en una cruda realidad socioeconómica y cultural, que estaba en dificultades por sus bajos índices en el Simce. Se dice que estaba con semáforo rojo, pero no me gusta esa denominación y no la uso, es una etiqueta que discrimina negativamente.

Las dificultades en la educación chilena se deben a factores que se han asumido con fatalidad por generaciones. En esta realidad trabajan estos profesores, quienes realizan un esfuerzo muy grande diariamente, que no es valorado por la sociedad ni por el sistema. Ellos tienen todo mi respeto. Ayudarlos es, para mí, una tarea que recién comienza, pero ya tengo lineamientos.

Mi aporte ha sido promover una reflexión y un diálogo para una acción práctica en sus escuelas. Mostrarles un mundo distinto. Hay muchos recursos naturales inagotables para un profesor, como la creatividad y la imaginación. Los instrumentos, escasos o no, se pueden reunir: libros, poemas, lápiz, papel. Para aprender a leer bien, hay que enfatizar el relato oral, la poesía popular, la leyenda, los cuentos de hadas, el dibujo, el canto, el teatro. Siempre en colaboración con la familia, para que el trabajo común rinda frutos. A estos profesores de San Bernardo -y a otros interesados en mejorar- yo les repito: es necesario leer mucha poesía en clases, por lo melodioso de su lenguaje, de su ritmo y por la calidad de sus palabras. Cualquier niño que escucha poesía se enriquecerá. Hay que organizar concursos y talleres literarios. Y de teatro, dibujo, pintura, montar exposiciones. Esto otorga dinamismo y sentido al aprendizaje.

En la Universidad Ciencias de la Informática trabajo con alumnos de pregrado en Pedagogía -futuros profesores- para que, algún día, logren estrechar la brecha de calidad de la educación entre las escuelas pobres y las pudientes. A esos futuros maestros les enseño estrategias sencillas para motivar a los niños a leer e incentivar el gusto y la pasión por los libros. Parto desde la poesía, porque en Chile hay mucha poesía, no sólo escrita, también de tradición oral. En una escuela precaria, como hay miles, la motivación es tarea cotidiana y desafiante. Esos niños -que serán sus alumnos- no tienen en su imaginario la necesidad de estudiar, de leer, de comprender lo que leen. ¿Cómo motivas a un alumno así, quien jamás vio a su padre rozar las tapas de un libro? La educación es un derecho para todos y es una herramienta para el cambio. Yo era un niño sin horizonte, pero tuve a grandes maestros que me mostraron el camino. Yo sé que se puede. Por eso es que cambié mi rumbo, para que Chile también cambie algún día.