DOCUMENTO

Premio de la Academia al periodista Juan Pablo Cárdenas.

El 24 de septiembre, la Academia Chilena de la Lengua entregó, como es tradicional, su reconocimiento en cuatro especialidades.

El Premio Alejandro Silva de la Funte, por el buen uso del castellano, recayó en esta oportunidad en el periodista Juan Pablo Cárdenas.

El académico de número Abraham Santibáñez hizo el ofrecimiento en el discurso que se reproduce más abajo.

Igualmente se incluyen las palabras de agradecimiento del galardonado,


Palabras de Abraham Santibáñez:

Hay una generación de periodistas en nuestro país que no solo ha desempeñado de manera brillante su profesión. También asumió la responsabilidad de defender la libertad de expresión como instrumento para la recuperación de la democracia en los años de la dictadura.

No fue una época fácil. Como nunca antes se quiso tender sobre nuestro país un manto de silencio obligado: se clausuraron medios, se encarcelaron, relegaron o expatriaron periodistas. Algunos fueron asesinados en Chile. Otros murieron aquí, como el insigne Luis Hernández Párker, que no fue capaz de sobrevivir a la proscripción de la política, su pasión profesional de toda la vida; otros murieron en el exilio o, a su regreso, fueron víctimas de la enfermedad, la pena o el silencio obligado.

Pero hubo, también, una pléyade de comunicadores que hicieron frente a tan difíciles circunstancias. La mayoría recién se iniciaba en la profesión en la década de 1970. La suya fue una batalla difícil para la cual no estaban preparados. Eran las primeras generaciones egresadas de las escuelas universitarias de periodismo.

Habíamos crecido al impulso de lo que se ha llamado la década prodigiosa, la de los años 60, en que imaginábamos que todo era posible... menos el brutal aplastamiento de nuestras esperanzas. No hay cómo mencionarlos a todos, lo que puede ser muy injusto. Pero en esta tarde me parece necesario recordar a Raquel Correa Prats, digna sucesora de nuestros maestros, en especial de Lenka Franulic.

De esta meritoria generación, la Academia Chilena de la Lengua ha decidido distinguir a un periodista excepcional: Juan Pablo Cárdenas, titulado en la Universidad Católica de Chile y graduado en el combate por la libertad de expresión.

Se trata del galardón Alejandro Silva de la Fuente, que se estableció en 1953. La lista de quienes lo han recibido incluye todas las especialidades del ejercicio profesional, empezando por Ernesto Montenegro, primer director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. En el recuento aparecen directores de importantes medios de comunicación, comentaristas políticos, deportivos, analistas internacionales, especialistas en temas culturales, en cine, teatro y espectáculos y entrevistadores de primer nivel, hombres y mujeres, comunicadores santiaguinos y de regiones.

Es un permanente reconocimiento al pluralismo y la diversidad del periodismo chileno.

Valiosos reconocimientos

El curriculum de Juan Pablo Cárdenas tiene una característica singular: es probablemente, junto con Mónica González y Patricia Verdugo, el periodista que ha recibido más distinciones internacionales en nuestro país.

Son diez premios de América latina y Europa los que ha recibido Juan Pablo. Creo que de ellos el más prestigioso es su inclusión entre los “Héroes de la Libertad de Prensa”, otorgado por la Federación Internacional de Periodistas (FIP) con sede en Viena), la mayor organización mundial de periodistas. Fundada en 1926, recibió un nuevo impulso en 1946 y adquirió su forma actual en 1952. Hoy representa a unos 600.000 periodistas de más de un centenar de países.

Algunos de los restantes premios incluyen:

El Premio “Golden Pen of Feedom” otorgado por la Federación Mundial de la Prensa (FIEJ, París); el Premio “Latinoamericano de Periodismo”, mención periodismo de opinión, otorgado por la Federación Latinoamericana de Periodismo (Felap, México), y el Premio “Vladimir Herzog”, otorgado por la Asociación de Abogados Democráticos de Brasil y los sindicatos de periodistas de Río de Janeiro y San Pablo.

Entre las distinciones chilenas, la principal es sin duda el Premio Nacional de Periodismo que Juan Pablo Cárdenas recibió en 2005.

En 2006 recibió el Premio al Mejor libro del Año (Un Peligro para la Sociedad), otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

A esta lista se agrega hoy el premio que se estableció en memoria de D. Alejandro Silva de la Fuente al periodista que se haya destacado por su buen uso de la lengua en su labor.

Es decir, más allá del coraje desplegado en su labor profesional por Juan Pablo Cárdenas, esta tarde queremos agregar un reconocimiento a la calidad de su pluma: buena redacción, buen estilo y claridad.

Se integra de este modo a un grupo privilegiado de periodistas que han recibido este premio a lo largo de más de medio siglo y que nos enorgullecen porque no son simples “cazanoticias” o buscadores de escándalos, sino periodistas-periodistas, que han tomado en serio su responsabilidad frente a la sociedad.

Así lo planteó incansablemente a lo largo de su carrera como periodista don Alejandro Silva de la Fuente. El siguiente es un párrafo premonitorio de un comentario suyo sobre la prensa que no ha perdido actualidad pese a que se publicó hace más de un siglo:

“Si desea la prensa conservar su papel preponderante; si además se interesa patrióticamente por los habitantes del suelo en que vive, si quiere dignificar su misión, si desea contribuir al progreso general y nacional, debe corresponder a las necesidades sociales, debe contribuir al estudio de los problemas principales... debe ser lazo de unión entre los habitantes de un país...debe ser estudiosa, moral, patriótica s inspiradora en ideas nobles y útiles”.

Juan Pablo Cárdenas no es el único periodista chileno que ha transitado por esta senda. Pero es muy grato tenerlo hoy entre nosotros y decirle que lo ha hecho bien, en realidad: muy bien.


Palabras de Juan Pablo Cárdenas

Mi padre tenía lo que se conoce como “el don la palabra” y mi madre fue una voraz lectora de cuanto libro y revista caía en sus manos. Me crié, también, con una tía abuela a quien con mis hermanos sometíamos a pruebas de dictado, para deslumbrarnos una y otra vez su prodigiosa ortografía. Ella no fallaba jamás, ni siquiera cuando la desafiábamos a escribir términos dificilísimos y desconocidos que obteníamos directamente del propio Diccionario. Por alguna razón especial, nuestra tía Berta no confundía las eses con la “c” o las zetas, a pesar de que en aquella época no era de buen gusto que las mujeres concurrieran más de tres o cuatro años al colegio.

En otros miembros de mi extensa familia descubrí el talento musical. Disfruté de la armonía, el ritmo o la “gracia” (como se solía decir) de quienes nos tocaban el piano, en la certeza que no conocían para nada la caligrafía de los pentagramas. En otros parientes y amigos pude comprobar su magnífica memoria, la capacidad de retener cuanto leían y escuchaban. Capaces de distinguir estilos y autores, con lo cual lograban deslumbrarnos en nuestras conversaciones juveniles. Grandes declamadores de versos e, incluso, de esas estremecedoras piezas políticas cuando el llamado “servicio público” nos prodigaba pensadores y oradores capaces de modelar a fuego nuestros primeros compromisos.

Entre tanto “don natural”, comprendí que yo, más bien, estaría destinado a ser un hijo del rigor. Que para prosperar tendría que abrumarme para siempre por los rígidos horarios, vivir apremiado por la brevedad de nuestra existencia y por el caudal inmenso de conocimientos que no alcanzamos a aprehender. Existencialmente acongojados, también, por la distancia que siempre nos oponen las utopías. Ávidos por el cambio, pero crónicamente frustrados por los ideales que el pragmatismo y la condición humana nos dejan a maltraer.

Desde muy joven quise ser periodista a la vez que concertista. Propósito que mantuve hasta que un confidente, que entonces me parecía sensato, práctico y maduro, me sentenció que “no se podía ser artista y periodista a la vez…”. Y así es que hice una elección que me pesa hasta hoy, por más que me conforme el hecho de que, en uno u otro caso, estaba destinado a labrarme el porvenir con mis propios dedos y uñas. Reconozco que por muchos años viví tironeado por la duda, a la que sume a lo largo de mi vida profesional nuevas tentaciones, tardías vocaciones y, porqué no decirlo, temores que amenazaron distraerme del periodismo.

Me recomendaron que abordara yo mismo por qué podría sentirme merecedor de este Premio. Distinción que, desde luego, me honra, me conmueve y agradezco muy profundamente, aunque confiado –y sin pudor- en el mérito que me confiero por un ejercicio profesional siempre atento a las normas y las colosales posibilidades de nuestra lengua castellana. Buscando, con mucho esfuerzo, estar en consonancia con las adecuadas reglas de la sintaxis, lo estatuido por el Diccionario, las buenas costumbres, como la alta misión intelectual y moral que tenemos asignados los periodistas. Esto es, contribuir a la tarea humana de comprender y transformar el mundo en que vivimos. Valorando, por supuesto, lo que nos fue legado, pero dispuesto a sembrar el futuro con la cimiente del progreso.

Sabemos que los periodistas tenemos adicción por la actualidad y los acontecimientos. Asumimos que la literatura marca preferencia por la creación y la ficción. Pero todos los que aquí estamos reconocemos que los límites de esta dicotomía muchas veces se hacen imperceptibles en la obra de creadores y reporteros. Simplemente porque los márgenes de lo que sucede y lo que imaginamos suelen desdibujarse con la inteligencia y las diferentes percepciones que tenemos, según nuestra particular condición etaria, social o educacional. Al mismo tiempo, somos voluntad y voluntarismo; dispersos e integristas; justos y pecadores y un sinnúmero de otras contradicciones inscritas hasta en nuestro código genético.

No soy, por esto, de los que acepta que el periodismo es uno de los géneros de la literatura. Más bien pienso que con ésta constituimos oficios distintos. Como los son los bellos afanes de herreros y carpinteros; labradores y albañiles. Pero así como la novela y la música suelen ser el bálsamo de quienes vivimos martillados por las noticias, realmente me da mucha satisfacción que hasta en los poetas la influencia del periodismo marque ahora conceptos, palabras y estilos narrativos. Pero con todo esto, lo que quiero decir es que unos y otros debemos estar siempre abrazados por el uso común de un idioma que se debe cuidar y conservar, a fin hacer propicio nuestro vínculo con las jóvenes generaciones, los chilenos del norte y el sur, los ricos y pobres… En un país que nunca estuvo tan señalado como otros pueblos por una sólida identidad nacional, acaso justamente por los disímiles inmigrantes que han venido a poblar nuestro territorio. Un espacio geográfico, por lo demás, que no siempre fue tan largo y angosto. Con parámetros cartográficos arbitrariamente demarcados por accidentes naturales y conquistas que se enseñorearon sobre nuestras culturas y espacios ancestrales.

En toda la Tierra hay pueblos que viven bajo circunscripciones muchas veces absurdas y voluntaristas. Naciones en que se habla y escribe hasta en cuatro o cinco idiomas distintos y que nunca alcanzaron el sincretismo que se les auguró. Pero siempre asumimos que una de las características más consistentes de nuestra nación es el uso de una misma lengua. Con todo, sin embargo, el buen trato de nuestra lengua debe ser un imperativo nacional y estratégico, cuando nos damos cuenta que los chilenos seguimos hablando con un léxico muy reducido, a la vez que abusado por el uso de términos que degeneran su significado y pronunciación.

Recorrer nuestro Continente es comprobar que estamos a la zaga en este sentido: especialmente cuando escuchamos hablar a peruanos, colombianos y mexicanos, por ejemplo, en que no sólo se expresan adecuadamente en el castellano, sino muchas veces, además, en sus lenguas originarias. En el obsesivo afán de ser reconocidos como parte del Primer Mundo, repugna el empeño de algunas autoridades porque las nuevas generaciones dominen el idioma imperial y poco o nada hagan para que hablemos correctamente, primero, la lengua de Cervantes.

Hace unos 15 años asistí a una concurrida conferencia en Zacatecas con delegados que llegaron de todos los países hispanoparlantes. Estando allí, algunos prominentes escritores lamentaron la irrupción del internet y analizaron con temor que éste medio pudiera inhibir la lectura de libros y periódicos; tal como la televisión había hecho lo propio para afectar el cultivo del cine, el teatro y la música en vivo. Pero los periodistas presentes, en realidad, valoramos el aporte que prometía hacer el ciberespacio en favor del intercambio masivo de información y la posibilidad de que los seres humanos pudiéramos tocarnos el hombro a miles de quilómetros de distancia.

Al respecto, debemos celebrar el aporte de este revolucionario invento a la lectura y la comunicación de tantos millones de seres humanos que permanecían marginados y hasta conculcados en sus derecho esenciales, entre ellos el de la libertad de expresión. Lo lamentable, sin duda, es que con internet también ha proliferado el pésimo uso del idioma, así como se ha restringido severamente la comunicación cara a cara, la expresión verbal fluida y el nivel del debate público.

Conforme a lo expuesto, soy de los que admiran el trabajo de la Academia Chilena de la Lengua y sigue siempre atento a sus debates y resoluciones. Celebro especialmente que exista una entidad como ésta destinada a conservar el idioma al mismo tiempo que enriquecerlo en el aporte de los ricos e inevitables neologismos. Pero creo que el país necesita urgentemente una política educacional que incentive el correcto uso de nuestra lengua. Pienso que uno de los imperativos de la reforma educacional que se reclama es que se formen adecuadamente los seres comunes y corrientes; que no quedemos confiados a los iluminados, los talentos naturales o los que tienen dinero para acceder a los mejores establecimientos escolares.

Naturalmente, soy contrario a las censuras e imposiciones en el ejercicio del periodismo y todas las manifestaciones del espíritu, pero creo que es imprescindible que, al menos, los periodistas y profesores nos formemos en centros idóneos donde hablar y escribir bien sea tan imperativo como la formación ética y el conocimiento en las distintas disciplinas del saber. Oriento mi actividad profesional y académica a cultivar y promover siempre un valor estético en nuestros escritos y comentarios y, por lo mismo, es que me repugna el daño que nuestro periodismo le hace al país cuando abandona las formas pulcras de expresión. Seguro como estoy, de que la adecuada consideración por las formas, junto al rigor sostenido, son condiciones del buen análisis y el entendimiento de los hechos y fenómenos que debemos por misión transmitir.