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Concilio Vaticano II: Una mirada comprensiva al mundo

Presentación sobre Concilio Vaticano II en Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez, Octubre de 2012

EL COMIENZO

El 25 de enero de 1959, tres meses después de haber sido elegido, el Papa Juan XXIII, convocó a un Concilio. Definió su idea "como una flor espontánea de una primavera inesperada”, "un rayo de luz celestial".

En la oración para preparar el Concilio, no vaciló en calificarlo como "un Nuevo Pentecostés".

En 2010, el Papa Benedicto XVI, en conversación con un periodista alemán1, valoró los resultados: “El Concilio cumplió sobre todo el gran cometido pendiente de definir de nuevo, tanto la vocación de la Iglesia como su relación con la modernidad, así como también la relación de la fe con este tiempo y sus valores”.

Eso fue lo que inspiró a Juan XXIII, quien además lo impregnó de un sentido de urgencia. El Papa lo reiteró en los meses siguientes, hasta la inauguración del encuentro, en octubre de 1962. En ese tiempo, hizo notar muchas veces su edad y el deseo de avanzar con rapidez2para invertir lo mejor posible la vida que el Señor me ha regalado”.

Para preparar la reunión misma, el 16 de mayo de 1959 se constituyó la Comisión Ante-Preparatoria. El 1 de febrero del año siguiente, se habían recogido miles de respuestas de todo el mundo al pedido de sugerencias y observaciones.

El llamado de Juan XXIII, pese a algunos temores, avanzaba de manera firme y sólida. En total, en la preparación funcionaron doce comisiones y tres secretariados.

Parecía difícil, pero fue un hecho que, por primera vez en la historia, un acontecimiento esencialmente religioso despertó enorme interés en todo el mundo. Ello se reflejó en la presencia de centenares de periodistas en Roma. En los años siguientes se repetiría, cada vez más numerosa, esta peregrinación informativa.

 

EL AGGIORNAMENTO

El Vaticano II fue presentado como un Concilio de “diálogo, de apertura, de reconciliación y de unidad”. Para una gran mayoría de católicos (y también de fieles de otras confesiones) significó en definitiva una gran esperanza. Era el momento del aggiornamento de una Iglesia desafiada por múltiples acontecimientos.

Era el momento de hacer un balance de los profundos cambios que había sufrido el mundo y fijar rumbos para el futuro.

En menos de medio siglo, habían estallado dos guerras mundiales y varias locales, todos episodios trágicos, con millones de muertos, desplazamientos masivos de seres humanos y enormes pérdidas materiales. El siglo XX ya registraba varias revoluciones de gran alcance como Rusia, China, México.

Pero también había nuevas esperanzas, como las que consignó en su diario Ana Frank, la niña judía que creía, en la noche oscura de su encierro en Amsterdam, que vendrían días mejores:

-Oigo cada vez más fuerte, el fragor del trueno que se acerca y que anuncia tal vez nuestra muerte; me compadezco del dolor de millones de personas; y sin embargo, cuando miro al cielo, pienso que todo eso cambiará y que todo volverá a ser bueno, que hasta estos días despiadados tendrán fin, y que el mundo conocerá de nuevo el orden, el reposo y la paz.3

 

LAS ESPERANZAS

Como sabemos, Ana no sobrevivió. Pero al final de la guerra, rebrotaron –con más fuerza- esperanzas nuevas. Los vencedores habían esgrimido la bandera de la libertad y eso significaba que era el momento para que revivieran las democracias sojuzgadas por el totalitarismo y que nacieran otras, especialmente en los nuevos países liberados tras el final del colonialismo en África, Medio Oriente y Asia.

Para millones de ciudadanos de segunda clase en lo que se denominó el Tercer Mundo, había llegado el momento de exigir el cumplimiento de las promesas de independencia y autodeterminación.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, el 10 de diciembre de 1948, consagró de manera inapelable esta aspiración:

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros

Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

Este era, apenas, el comienzo.

 

CHILE Y AMERICA LATINA

En vísperas del Concilio, la Revolución Cubana despertó grandes expectativas, sobre todo entre los jóvenes de nuestro continente y dio nuevo ímpetu a antiguos movimientos de liberación. Al mismo tiempo, sin embargo, generó el rechazo en poderosos sectores conservadores y significativamente, en el gobierno norteamericano.

En los años siguientes, mientras en La Habana se consolidaba porfiadamente el régimen de Fidel Castro, el continente se despedazó en conflictos sangrientos y terminó enfrentado a dos vías: Track I y Track II como las bautizó sin eufemismos Richard Nixon. En el fondo, eran una sola: frenar lo que, en la perspectiva norteamericana se consideraba un peligro

La exasperación por las condiciones de pobreza y las desigualdades sociales; la tensión en torno a Cuba; la rebeldía universitaria y juvenil; el creciente descontento campesino; la toma de conciencia de los derechos de las minorías, especialmente étnicas, fueron dejando una huella profunda en nuestro continente y la Iglesia Católica sintió su impacto.

Una nueva generación de creyentes sintió que su obligación era participar activamente en este nuevo escenario.

En Chile, como escribió Eduardo Frei Montalva, “algo trepidaba en lo profundo” desde mucho antes. En los años 60, un gran estallido parecía inevitable. El propio Frei había planteado que “la verdad tiene su hora”.

Un grupo importante de laicos y sacerdotes había tomado desde los años 30 las banderas de la interpelación ciudadana. A pesar de su inevitable connotación partidista, se proyectaría políticamente como una “revolución en libertad” no solo en Chile sino en todo el continente.

En la revista Mensaje, fundada en los 50 por el padre Hurtado, hoy san Alberto Hurtado, se recogió esta preocupación. En diciembre de 1962 desplegó en portada un título desafiante: “Revolución en América Latina”. Antes, ese mismo año, el semanario La Voz, del Arzobispado de Santiago había herido no pocas susceptibilidades con denuncias que iban desde el gasto excesivo en jardines del Barrio Alto a los peligros del “anticomunismo negativo”. La misma publicación realizó en ese período una serie de reportajes sobre problemas sociales como la falta de viviendas, la marginalidad y, en forma destacada, la Reforma Agraria iniciada en Talca por el obispo Manuel Larraín, y en Santiago por el cardenal Raúl Silva Henríquez.

 

REPERCUSIONES EN CHILE

Cuando el recién nombrado arzobispo de Santiago, Raúl Silva Henríquez, fue designado Cardenal, la presencia chilena en el Concilio adquirió rasgos más definidos. A mediados de 1962 se sumó a la Comisión Central, presidida por Juan XXIII. La integraban 65 cardenales, cinco patriarcas y 37 arzobispos y obispos, conjunto impresionante, incluso para los romanos acostumbrados a ver parecidos despliegues.

El trabajo del Cardenal Silva Henríquez, a partir de esa instancia, adquiriría gran relieve en las labores conciliares.

En esa época, hace medio siglo, los laicos figurábamos apenas marginalmente:

No somos nosotros, los fieles, los que vamos a hablar en esta reunión universal por medio de representantes escogidos en votación popular”, escribió el periodista Darío Rojas en un reportaje de La Voz. “Tenemos quienes nos representen pero porque el Espíritu Santo los ha escogido para guiar a la Iglesia. Pero todos los fieles cristianos forman parte de ella y todos han sido también invitados por sus obispos a hacerles llegar sus sugerencias…”.

 

UN LARGO CAMINO

Más allá de la superficie del inédito espectáculo medial, latía la inquietud de quienes buscaban una respuesta profunda a las grandes penurias del mundo. Así lo habría de consignar, en 1965, la Constitución Conciliar Gaudium et Spes en su primer párrafo:

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón….”

El 8 de diciembre de 1962, al final de la primera de las cuatro sesiones anuales del Concilio, Juan XXIII, “pálido” según los testigos, habló ante una audiencia silenciosa, conmovida por su deterioro físico4:

"Un largo camino queda por recorrer, pero ustedes saben que el pastor supremo los seguirá con afecto en la acción pastoral que desarrollarán en cada una de sus diócesis. Nos esperan, ciertamente, grandes responsabilidades, pero Dios mismo nos sostendrá en el camino."

Entre 1962 y 1965, se llevaron a cabo los debates en cuatro grandes “sesiones” (una por año), con la participación de más de tres mil obispos católicos, peritos, teólogos y observadores invitados, incluyendo varios no católicos.

Un hito fueron los cambios en la liturgia, lográndose significativas modificaciones: se permitió el uso exclusivo de las lenguas vernáculas, se estimuló la participación de los laicos, se recomendó la sobriedad y la pobreza, se amplió y mejoró el concepto de concelebración y se simplificaron los ritos.

El Concilio Vaticano II promulgó 16 documentos, en los cuales quedó reflejado el resultado de los debates y reflexiones. Son las cuatro “Constituciones” las más importantes: Dei Verbum sobre la revelación; Lumen Gentium sobre la Iglesia; Sacrosanctum Concilium sobre la liturgia, y Gaudium et Spes referida a la Iglesia en el mundo de hoy. A estas constituciones se agregaron decretos y declaraciones que completaron la más importante reforma de la Iglesia Católica en el siglo XX.

 

EL MENSAJE DEL CONCILIO

Una característica sobresaliente de los documentos finales del Concilio es su poderoso y muy claro lenguaje, como se advierte en Gaudium et spes.

Los siguientes son algunos –muy pocos- párrafos marcados de su poderoso texto introductorio:

  • Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir.
  • Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica.
  • Nacen también grandes discrepancias raciales y sociales de todo género. Discrepancias entre los países ricos, los menos ricos y los pobres. Discrepancias, por último, entre las instituciones internacionales, nacidas de la aspiración de los pueblos a la paz, y las ambiciones puestas al servicio de la expansión de la propia ideología o los egoísmos colectivos existentes en las naciones y en otras entidades sociales.
  • Todo ello alimenta la mutua desconfianza y la hostilidad, los conflictos y las desgracias, de los que el hombre es, a la vez, causa y víctima.

 

LECCIONES PARA CHILE

En 1965, al término de la magna reunión, Monseñor Manuel Larraín hizo un resumen de lo que veía venir para Chile. Este necesario “aterrizaje” era una respuesta realista ante las muchas expectativas que se habían forjado en nuestro país. El Concilio había hecho enormes clarificaciones, pero había mucho que hacer ante nuestra realidad:

  • El primer hecho que aparece son los graves y profundos cambios que Chile enfrenta en el presente y deberá afrontar en un futuro muy próximo. Hay un cambio político, que no consiste sólo en un cambio de partidos en el poder, como antes ha acontecido.
  • Sin pretender juzgar al actual gobierno, hay que ver su línea fundamental que consiste en una voluntad de cambios rápidos y estructurales, que el partido de gobierno califica de "revolución en libertad”.
  • Esos cambios políticos están íntimamente unidos a cambios sociales estructurales: reforma agraria, reforma tributaria, reforma urbana, reforma constitucional, etc.
  • La mentalidad general del país... es revolucionaria. Que ella se llame revolución marxista, o en libertad, o como se quiera, hay dentro de la diversidad un denominador común: mentalidad de revolución.

Desde entonces, en casi medio siglo, pese a las grandes convulsiones políticas y sociales de los años 70 y 80, Chile avanzó mucho. También se experimentaron profundos cambios en la Iglesia Católica, a la luz de los documentos conciliares.

Pero es, sin duda, una tarea que no ha terminado. En su recuerdo, me parece, tampoco podemos olvidar dos figuras señeras, entre muchas: el Papa Juan XXIII y su intuición profética al convocar al Concilio, y el Cardenal Raúl Silva Henríquez al integrarse de manera ejemplar a uno de los más grandes debates de nuestro tiempo.

 

Notas:

  1. Luz del Mundo, “una conversación con Peter Seewald”, Herder, Barcelona, 2010. Pág 78.
  2. Concilio Vaticano II: Primer paso a la unidad”. Crónica del periodista Darío Rojas. Semanario La Voz, 19 de agosto de 1962.
  3. El Diario de Ana Frank. 15 de julio de 1944.
  4. Su muerte se produjo pocos meses después.

A. S.
23 de octubre de 2012.