No es un océano de un centímetro de profundidad

Discurso de recepción de Ascanio Cavallo
Ya he planteado otras veces, aquí y en otros escenarios, mi frustración porque no se ven hoy día periodistas brillantes que combinen su capacidad de comunicar con su cultura y sentido social, como los que conocí personalmente cuando me inicié en el periodismo, o como aquellos que, antes, dejaron una huella profunda en la historia de nuestra profesión en Chile.

He hablado y espero seguir hablando de la profunda impresión que me produjo, al ingresar a la universidad de Chile, el conocimiento personal de algunos nombres míticos como Lenka Franulic, Luis Hernández Parker, Santiago del Campo, Ramón Cortez, Mario Planet, Manuel Bianchi y tantos otros.

Igualmente tengo una imagen perdurable de personajes del pasado, desde que Camilo Henríquez mojó por primera vez su pluma en la tinta del periodismo. Son numerosos los nombres que nos hablan de espléndidos momentos del siglo XIX en adelante. No pocos de ellos fueron miembros de nuestra academia. Me refiero a directores de medios, como Manuel Blanco Cuartín, Agustín Edwards Mac-Clure, Eliodoro Yáñez, Carlos Silva Vildósola, René Silva Espejo; escritores y comentaristas como el propio Guillermo Blanco, Joaquín Edwards, Arturo Aldunate Phillips, Luis Sánchez Latorre, Enrique Campos Menéndez y muchos más que dedicaron parte importante de su tiempo a los medios de comunicación.

Aparte de ellos, cabe mencionar a contemporáneos como Emilio Filippi, Arturo Fontaine, Hernán Millas y otros que, además de hacer buen periodismo, defendieron con tenacidad la libertad de expresión incluso en tiempos muy difíciles..

En esta solemne ocasión, en que nuestra academia recibe oficialmente a Ascanio Cavallo como miembro de número, me alegra profundamente proclamar mi convencimiento de que tiene méritos más que suficientes para figurar en la misma destacada categoría que los ya nombrados.

Ascanio Cavallo contribuye actualmente con columnas regulares al diario La Tercera, además de ser crítico de cine para la revista El Sábado de El Mercurio y panelista del programa Terapia Chilensis en radio Duna. Decano de la Escuela de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez, ha sido miembro consultor del Consejo Superior de la Educación. Es presidente de Tironi Asociados.

Como periodista ha demostrado su capacidad de investigar, organizar y redactar textos perdurables. A sus miles de notas, reportajes y comentarios publicados principal aunque no exclusivamente en revistas y diarios, hay que agregar numerosos libros.

Si uno mira el vasto catálogo de sus obras, llega inevitablemente a la conclusión de que nuestro nuevo académico no cumple con esa definición poco feliz de que el periodista tiene “un océano de conocimientos de un centímetro de profundidad”.

Dos libros insoslayables

Su obra es múltiple y profunda. Va desde la política contingente, su veta más conocida, al cine y la comunicación corporativa hasta culminar con algunas producciones muy notables como su aporte a las Memorias del Cardenal Silva Henríquez, o el más íntimo de sus trabajos: Historia de mi madre muerta.

En materia de historia política, tiene por lo menos dos obras insoslayables:

•La historia oculta del régimen militar, escrita en colaboración con los periodistas Manuel Salazar y Óscar Sepúlveda, y

•La historia oculta de la transición. Memoria de una época 1990 - 1998.

En ellas, Cavallo muestra en forma sobresaliente las características que mejor lo han distinguido: su capacidad para investigar momentos críticos de la vida chilena que hasta ahora se resisten a ser analizados, ni siquiera descritos en público. Al mismo tiempo, hace gala de una fluida y bien cuidada redacción. Por ello se ha hecho merecedor de numerosas distinciones, entre ellas el premio Alejandro Silva de la Fuente, de nuestra propia Academia, aparte de numerosos otros galardones como el Premio de la Embotelladora Andina-Coca Cola y, este año, el Premio Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado.

Los libros recién mencionados comprenden casi medio siglo de nuestra vida republicana, período todavía muy cercano para tener un juicio propiamente histórico, pero que requiere y requería de un primer acercamiento con las herramientas del mejor periodismo, desbordante de datos, presentado en forma amena y bien respaldada, única manera de entender un tiempo cuyas heridas todavía no cicatrizan del todo.

Al examinar con su ojo periodístico esta época tan dolorosamente cercana, Ascanio Cavallo nos ha entregado información a veces desconocida y nos ha revelado las profundidades del bien y del mal del alma de los protagonistas de los años de dolor y tensiones. En suma, nos ha permitido valorar la trascendencia del periodismo hecho con honestidad y sin temor.

Esta preocupación ha sido un signo distintivo de su trabajo en diversos medios pero sobre todo en la revista Hoy y en el diario La Época, medios en los que se desempeñó de manera sobresaliente, llegando a ser director de ambas publicaciones.

En estas tareas compartí por años con Ascanio Cavallo y por eso me siento como un testigo privilegiado del desarrollo de una carrera periodística que, como dije al comienzo, se puede comparar, sin exageración, con las de aquellos brillantes periodistas que nos antecedieron y que, desde Fray Camilo han prestado generosamente sus servicios de información y de opinión a la comunidad nacional.

La utopía de Filippi

En esta ocasión, que es solemne y festiva a la vez, me parece adecuado citar a un periodista con el cual ambos, Ascanio y yo, compartimos esfuerzos, a veces juntos, otras separados. Me refiero a Emilio Filippi. Fue él quien, en un momento lleno de significado, cuando renunciamos a la revista Ercilla y nos lanzamos a lo que parecía un salto al vacío, nos invitó a seguir unidos en la nueva revista Hoy. Dijo Filippi en enero de 1977:

Somos un grupo de periodistas que amamos a Chile y, como tales, creemos que nuestro aporte a la grandeza de este país está en entregarle un periodismo sano, veraz, objetivo, independiente….

Este tipo de periodismo se ha hecho carne en nosotros. Forma parte de nuestros ideales. Es la utopía en la cual creímos cuando nos iniciamos en la profesión y que, en forma apasionada, enseñamos en la universidad. ¿Cómo podríamos hacer otra cosa cuando, con la responsabilidad de conducir y la posibilidad de ejecutar, teníamos que convertir en realidad lo que soñábamos ambiciosamente? Esa consecuencia que se deriva de hacer lo que se piensa, de servir solo las grandes causas –es decir, la verdad, la justicia, la libertad- y negarse a ser instrumento de las bajas pasiones, de la mediocridad, o de esa forma de narcoadicción que es el aplauso fácil, el halago ramplón o la consigna barata.

Nosotros, concluía Filippi, estamos en el periodismo hace cerca de 30 años. Es una vida. Y no la hemos derrochado, creo yo”.

Esta tarde, casi 40 años después de esta declaración de principios periodísticos, al recibir a Ascanio en la Academia Chilena de la Lengua, compañero de esa aventura que fue la revista Hoy, siento que podríamos decir lo mismo: este nuevo integrante de nuestra corporación ha dedicado su vida profesional a esa misma utopía. Es parte de una cadena de ideales intransables. Y lo ha hecho de manera brillante.

Bien venido, querido amigo, a esta casa, tu casa.

A. S.
23 de Junio de 2014