El nuevo papel de China

Después de la elección de Donald Trump, muchos pensaron que era inevitable una catástrofe a corto plazo. Tras asumir el poder se confirmaron los peores pronósticos y las señales eran como si un genio loco estuviera al mando. En abril la situación se agudizó: la Casa Blanca ordenó bombardear la base aérea de Shairat, en Siria, y EE.UU. lanzó su más grande bomba no nuclear contra territorio talibán. Más tarde, el Presidente Trump anunció el envío de un portaviones (“very powerful”) a la zona. El apocalipsis parecía inminente.

Sorprendentemente, la situación no se agravó, pese a la abrupta reaparición en escena del líder norcoreano, Kim Jong-un. El portaviones y su “muy poderosa escolta” apareció lejos del crítico escenario. No está muy claro lo que ocurrió; si fue un alarde innecesario de Trump o efectivamente se produjo un cambio de instrucciones.

En este incierto panorama, la única explicación posible es que China y particularmente su Presidente Xi Jinping, se estén jugado por imponer la racionalidad. Es prematuro asegurar un resultado positivo, pero no cabe duda de que la noche en que Trump recibió a Xi en su mansión en Miami y ordenó el bombardeo de Siria, se vivió un momento crítico. Dio la impresión de que estaba empezando la etapa más desbocada de Trump, pero más tarde surgieron signos positivos.

Un diario oficialista chino -Global Times- insinuó un drástico cambio en el apoyo a Pyonyang: “China no puede seguir soportando en su propia puerta la continua escalada de la amenaza nuclear de Corea del Norte”, sentenció.

Podría ser solamente parte de una antigua estrategia de insinuar una opinión oficial sin mayor compromiso si no resulta. Pero también se podría concluir que Xi está empeñado en la titánica tarea de impedir un irreparable conflicto mayor. No es una idea antojadiza. Al revés, se explica precisamente por su historia personal.

Su familia era cercana a los fundadores del régimen comunista. De niño, Xi figuraba en la categoría de los “príncipes” del sistema. Pero sus perspectivas cambiaron brutalmente durante la Revolución Cultural. Su familia cayó en desgracia y Xi debió suspender sus estudios y fue enviado a trabajar en una remota aldea rural.

No todo fue negativo. Según un biógrafo, “salió fortalecido mental y físicamente de esos duros años… Tras el fracaso de la Revolución Cultural se le reconoció su sentido de realismo y su pragmatismo”.

En 1974 ingresó al Partido Comunista. Un año después inició sus estudios de Ingeniería Química en la U. de Tsinhua. Luego de titularse, en 1979, empezó a escalar posiciones en la jerarquía china. Como autoridad de la provincia de Hebei, viajó a Iowa, en Estados Unidos. Allí perfeccionó sus conocimientos agrícolas y estudió turismo. En 2012, después de ser designado vicepresidente de China, en una “jornada nostálgica”, viajó nuevamente a Estados Unidos, se entrevistó con el Presidente Obama y regresó a Iowa.

Esta historia de vida, en que se mezclan el rigor de su experiencia como militante y el conocimiento de Occidente, incluido Estados Unidos, explica el vuelco que podría estar dando China en su relación con el resto del mundo. Paradojalmente, la oportunidad de mostrarse como un convencido y sereno apaciguador se la da su polo opuesto: el errático Donald Trump.

A. S.
Abril de 2017
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas