Expectativas sin destino

 

Desde la cita de Charaña (8 de febrero de 1975) cuando se abrazaron Hugo Banzer y Augusto Pinochet, las relaciones entre nuestros dos países han estado en una permanente montaña rusa. Desde entonces, sucesivos gobiernos chilenos han debido tratar con muy distintos dueños de casa del Palacio Quemado, los cuales han desplegado estrategias muy variadas en su intento por lograr una salida al mar.

En este tiempo, sobre todo en el período inusualmente largo de la Presidencia de Evo Morales, crecieron las expectativas. Finalmente, convertidas en una nueva forma de derecho, fueron llevadas al tribunal internacional de La Haya. Se acuñó, incluso, una expresión novedosa: los “derechos expectaticios”.

Se trataría de derechos generados por Chile en todos los años de negociaciones fracasadas, empezando incluso mucho antes de Charaña. (La RAE no registra “expectaticio” en el Diccionario, pero remite a “expectativa”, cuya primera acepción es “esperanza de realizar o conseguir algo”, lo que ciertamente no corresponde a un derecho, por muy grande que sea la aspiración).

La unánime reacción de rechazo de la opinión pública chilena parece haber sorprendido al régimen boliviano. Es probable que se haya malinterpretado algunas muestras de simpatía que se generan en Chile de tiempo en tiempo. Son muchos los chilenos que quisieran un acuerdo en esta materia y así lo manifiestan con frecuencia. Pero esa actitud positiva no es un cheque en blanco: es una invitación al diálogo, con respeto, sin imposiciones unilaterales.

Este tipo de conversaciones nunca es fácil. Bolivia no va a abandonar su reclamo. Por nuestra parte, generaciones de chilenos hemos aprendido que la Guerra del Pacífico concluyó con un tratado legítimo, que debe respetarse.

Esta arraigada convicción explica nuestro unánime rechazo ante la demanda. En todos los sectores hay acuerdo en que no tiene bases jurídicas sólidas. Se la puede leer, más bien, como una estrategia de victimización que posiblemente despierte gestos de solidaridad. Sin embargo, en un mundo cuyo equilibro depende del respeto de los tratados, no cabe esperar avances significativos. Al contrario, si antes hubo demoras y traspiés, ahora vendrá inevitablemente una etapa de parálisis.

El camino elegido por el gobierno boliviano es un error que no tiene futuro. No se advierte cómo podría ser acogido en el tribunal de La Haya. Existe, además, un plazo de hasta tres meses para que nuestro país plantee objeciones de incompetencia. No parece posible, en definitiva, que el litigio pueda concluir positivamente a favor de la tesis boliviana.

Desaparecido del escenario Hugo Chávez, quien murió sin haber podido bañarse en “playas del Pacífico boliviano”, sus aliados más fieles se limitarán a expresar su simpatía… sin hacer mucho más.

Quienes perderán, serán desde luego los responsables de esta demanda (el gobierno de Evo Morales), pero también perderá el pueblo boliviano. Y no solo ellos: haber llevado las cosas a este extremo, nos dañará a todos en Bolivia y en Chile, generando en unos nuevas expectativas insatisfechas y en otros nuevos motivos de fricción.

Abraham Santibáñez

 

A. S.
Abril de 2013
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas