La guerra de Assange.

 

Desde que, el 19 de junio, Julian Assange pidió asilo en la embajada de Ecuador en Londres, se anticipaban serias dificultades. Buscado por Suecia por una denuncia de dos mujeres por abuso sexual, su verdadero “delito” es la publicación en Wikileaks de miles de documentos secretos de Estados Unidos, sus aliados europeos y otros países.

Lo que no estaba claro era cuál sería la reacción británica. La semana pasada se supo: fue un brutal rechazo a la concesión de asilo.

Aquí el gran tema es la libertad de expresión y sus eventuales límites.

Todo comenzó hace un par de años con la irrupción no autorizada en archivos confidenciales de países grandes y pequeños (incluyendo a Chile). Se supo porque prestigiosos diarios: Expresso, El País, The Guardian, The New York Times, Le Monde, Politiken, Aftenposten, y Der Spiegel, publicaron parte del voluminoso material filtrado por la organización fundada por Assange. El revuelo fue mundial.

La acción fue recibida por la mayoría de los medios periodísticos y las organizaciones gremiales como un aporte a la libertad de expresión. La Sociedad Interamericana de Prensa exhortó al gobierno estadounidense “a cesar cualquier estrategia política, legal o en el ciberespacio que limite la libertad de expresión en Internet” y “deploró” los ataques a Wikileaks y a Assange.

En Chile, el comentarista Carlos Peña justificó las filtraciones como una forma de romper el secretismo: “La democracia no puede consistir en el puro imperio de la regla de la mayoría. Si así fuera, quien triunfa en las elecciones podría hacer cualquier cosa, entre ellas modificar el procedimiento en su propio favor, mentir impunemente o violar los derechos de las personas. Algo así es inadmisible. De ahí entonces que todas las democracias deban contar con mecanismos independientes para controlar el poder, incluso el obtenido por medios legítimos. Y el papel de la prensa es justamente ese”.

La abogada especializada Ángela Vivanco, en cambio, expresó sus reservas: “El público debe y quiere conocer cuáles son los efectos de las guerras y de las invasiones, sobre todo cuando se invocan en ellas principios como la defensa de la libertad o el resguardo del modelo democrático, pero ello no incluye acceso indiscriminado ni menos crear para tales efectos redes dedicadas a la extracción ilícita de bases de datos o de documentos resguardados”.

Ahí quedó planteado el debate sobre la difusión de infidencias grandes (y también algunas pequeñas) de los dirigentes de nuestro mundo. Sin duda, como se vio desde el comienzo, fue Estados Unidos el que más afectado. Y ello explica el temor de Assange a que, más allá del juicio en Suecia, pueda ser enviado a Estados Unidos con peligro de su vida.

Lo que nadie anticipó fue la dura reacción británica. Ha amenazado con llevarse por delante, sin miramientos, el derecho de asilo... una de las más ricas, apreciadas y respetadas tradiciones de muchos países, especialmente de América Latina.

 

A. S.
17 de agosto de 2012
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas