Discurso

Cinco consejos de un viejo periodista.

Un día, hace años…

A fines de los años 60, hice clases en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica. Allí conocí a Carmen Puelma como estudiante. Apasionada, impulsiva, acelerada, pude apreciar de cerca su auténtico entusiasmo por el periodismo.

Una mañana, cuando recién me había incorporado a la revista Ercilla, tuve que ir a reportear a la Penitenciaría un amotinamiento de reclusos.

Cuando llegué a la avenida Pedro Montt, me encontré con un grupo de reporteros, algunos especializados, otros no, que estaban a la espera de alguna noticia. Me sumé a ellos porque no parecía haber nada más que hacer, confiando en que en algún momento se nos entregarían informaciones.

Pasaba el tiempo.

Por lo menos no se oían disparos, pero seguíamos sin saber nada.

Hasta que, casi al medio día, se abrió el portón… y salió un auto pequeño, creo que un Fiat 600.

Pasó junto a los periodistas y se detuvo. Desde dentro me saludó la voz característica de mi alumna: “Hola, profe. Ya tengo todo reporteado”.

Carmen Puelma se nos había adelantado a todos. Y no fue la única vez.

Era una gran reportera y reporteó siempre aunque se fue haciendo cada vez más conocida por sus comentarios y análisis políticos.

 

En esta ocasión en que la recordamos, quiero inspirarme en esa actitud inquisitiva que siempre tuvo, para plantearles a ustedes, a quienes la conocieron y a quienes no, algunas conclusiones, o más bien, si me lo permiten, cinco consejos basados de mi ya larga experiencia profesional.

 

I.- La fuerza de la vocación.

El periodismo no consiste solo en dar noticias sino en el ejercicio de la verdad sin concesiones, tal como asegura el maestro colombiano Javier Darío Restrepo.

Lo dice con todas sus letras: Periodismo es “proporcionar información pública sobre hechos que conciernen a todos e indirectamente convocar a participar en las tareas de bien común. Además, previene sobre amenazas y peligros, señala el ejemplo de los buenos ciudadanos, pone en común los problemas y proyectos de la sociedad, difunde sus acciones y denuncia lo que está mal”.

Guillermo Blanco lo planteó sumariamente:

Ser periodista es ser testigo activo de la vida”.

Carmen –alumna de Guillermo en la U, Católica- compartía esta visión.

Esa era su vocación, ese impulso que lo convence a uno de que lo que hace es lo mejor que puede hacer, que no se compara con ningún otro trabajo. “La profesión más hermosa del mundo”, la llamó Gabriel García Márquez.

Incluye por cierto y no hay que engañarse, horarios irregulares, viajes imprevistos, dificultades familiares. El choque constante de intereses y preocupaciones marca permanentemente la vida de un periodista.

 

II.- Identidad profesional

Javier Darío Restrepo cree que con el paso del tiempo la identidad profesional del periodista se fue oscureciendo por muchas razones, principalmente por bien pagadas tentaciones como la publicidad, las relaciones públicas, la construcción de imágenes de candidatos, dirigentes empresariales, corporaciones, etc.

“Fue necesario, dice, que apareciera Internet, y que se lo percibiera como una competencia para los medios tradicionales, para que el tema de la identidad se planteara con la misma crudeza de un asunto de vida o muerte. Si cualquiera puede relatar en su blog lo que está sucediendo, si un celular con cámara puede registrar imágenes de todo lo que ocurre, cualquiera puede ser periodista.

“Ante este drástico planteamiento fue evidente que, o el periodista es una especie en vías de extinción porque cualquiera puede hacer lo que él venía haciendo, o es un profesional irreemplazable porque cumple unas tareas específicas que requieren una preparación y una identidad que lo definen”.

Precisemos: la alternativa en este tiempo es entre los periodistas improvisados, a veces con aciertos noticiosos pero muchas veces con informaciones y opiniones sin respaldo, y los periodistas-periodistas que creemos en el ejercicio responsable del deber informativo.

Deber que obliga a ser incansables en el reporteo, ya se trate de una nota de vida social pedida por el editor o de un gran reportaje de investigación.

Todo debe ser investigado con la misma pasión, el mismo detalle, los mismos cuidados. Con la paciencia de Woodward y Bernstein, los míticos reporteros del Caso Watergate: Hay que tener paciencia, ser perseverantes, seguir todas las pistas…

III.- El valor de la libertad de expresión.

El periodista-periodista es alguien que cree en la libertad de expresión. Sabe que no le pertenece en exclusividad porque es un derecho humano básico. Pero entiende que, por vocación y formación, está en una posición privilegiada cuando se trata de ayudar al resto de las personas a saber lo que ocurre, a ayudarles a entender el contexto del panorama informativo y a contribuir a su toma de decisiones.

Según la Corte Interamericana de Derechos Humanos,

“la libertad de expresión es una piedra angular en la existencia misma de una sociedad democrática. Es indispensable para la formación de la opinión pública. Es también conditio sine qua non para que los partidos políticos, los sindicatos, las sociedades científicas y culturales, y en general, quienes deseen influir sobre la colectividad puedan desarrollarse plenamente.

“Es, en fin, condición para que la comunidad, a la hora de ejercer sus opciones, esté suficientemente informada. Por ende, es posible afirmar que una sociedad que no está bien informada no es plenamente libre”.

Aunque este principio se remonta largamente en el tiempo, en la actualidad está consagrado internacionalmente en el Artículo 19 de la "Declaración Universal de los Derechos Humanos":

"Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y de recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión."

Tan poderoso y compartido es este concepto que hoy figura en la mayoría de las constituciones del mundo, en nuestra Carta Fundamental y en la Ley de Prensa.

 

IV.- Ética

Por esta ruta se llega inevitablemente al tema de la ética profesional.

La ética es inherente al ejercicio responsable del periodismo. Si yo entiendo de qué se trata mi profesión y estoy orgulloso de ella, entenderé que no basta con ser un simple “caza noticias” o, como se ha dado en llamar ahora, un notero o un opinólogo.

El periodista-periodista se empeña en encontrar la verdad informativa para entregarla a sus lectores, radioescuchas, televidentes o seguidores en Internet. No cree, como decían algunos cínicos hace no mucho tiempo, que esa es una tarea imposible.

Por el contrario, como dice el Código de Ética del Colegio de Periodistas

en su quehacer profesional… se regirá por la veracidad como principio, entendida como una información responsable de los hechos”.

Lo reitera el Consejo de Ética de los Medios de comunicación en un resumen de sus resoluciones:

“Dentro de las limitaciones de la función informativa, el medio deberá buscar la verdad y practicar la veracidad”.

El periodista-periodista sabe que es posible hacer un esfuerzo permanente por aproximarse a la verdad, por escuchar los dos lados de una polémica. No es fácil. No siempre se tiene éxito, pero es un imperativo profesional.

Este periodista respeta la dignidad de las personas, de todas las personas. Tanto de aquellos que son poderosos y famosos como de quienes no tienen recursos o, peor, han sido marginados de la vida en sociedad.

Lamentablemente, como nos consta a todos, hay algunas deficiencias que se reiteran.

Los mecanismos de autorregulación reciben todo el tiempo denuncias de personas que se sienten afectadas en su honor, honra y fama; que se alarman ante la desprotección de la vida íntima, la vida privada y la vida pública; o que están preocupadas por la falta de cuidado en la información, en especial de delitos contra menores o las agresiones sexuales.

Esta realidad nos exige mayores cuidados. Un profesional responsable está consciente de los peligros y trata de evitarlos y –siempre- de rectificar oportunamente cualquier error.

 

V.- Estética

El periodismo bien hecho rechaza la fealdad.

Por muy sórdidos que sean los temas que trata, el periodista debe tener el cuidado de no contaminarse. Muchas veces no hay espacio para la belleza y debemos aceptarlo. Pero cuando sea posible ¿por qué no salirse de los ripios, los lugares comunes, la redacción sin alma?

El periodista Camilo Taufic, un buen amigo ya fallecido, anotó en su Manual de Ética comparada que “la corrección del lenguaje utilizado, su claridad y propiedad, son consustanciales al estilo periodístico que debe ser –a la vez- funcional a los fines informativos a los que sirve y, por lo tanto, ágil, preciso y sintético”.

A mayor abundamiento, añadió una cita del Manual de Estilo del diario ABC. Es más larga, pero es suficiente con una frase:

“La información se presentará con máxima objetividad, corrección, impersonalidad y amenidad”.

Agrego yo que la confusión en una nota periodística por desconocimiento del significado de los términos o por ausencia de una buena explicación acerca del sentido de una expresión especializada, presta un mal servicio a la misión informativa.

Son errores que desgraciadamente se producen con indeseable frecuencia por el apuro de la hora de cierre o por la falta de cuidado en la recopilación de los datos: nombres, lugares, situaciones específicas, etc.

Cuidado, pues, con las imprecisiones.

Pero no es lo único: además, el periodismo siempre debe ser atractivo, debe ser interesante, debe fascinar.

 

Obviamente ello se logra con buenos temas, buen reporteo y una equilibrada y exhaustiva recopilación de antecedentes.

 

Pero también requiere de buen estilo. Ello implica:

  • Claridad
  • Precisión
  • Naturalidad
  • Fluidez.

El periodista, además, debe evitar las jergas especializadas, propias de las distintas profesiones u oficios. Al redactar, debe hacer, como Alone, un juego de malabarismo entre párrafos largos y frases cortas.

El periodista no es un simple repetidor de declaraciones: las necesita en un reportaje, pero debe seleccionar, buscar lo más pertinente y representativo del pensamiento de su entrevistado, debe evitar repeticiones y aportar, como profesional, una redacción atractiva.

Y debe recuperar el arte de la descripción, que se perdió en algún momento debido al surgimiento del culto de las imágenes, especialmente en televisión.

No debe olvidar lo que sostenía Eduardo Solar Correa, que la descripción

“reproduce por medio del lenguaje los objetos visibles, de manera que la imagen de ellos quede impresa en la imaginación, aun más claramente que las palabras empleadas en significarlos”.

 

En resumen, para concluir -sin arrogancia, con mucho respeto- cinco consejos:

  1. El periodista tiene vocación. Ama lo que hace y trata de hacerlo bien.
  2. El periodista está orgulloso de serlo. No es un sociólogo frustrado, ni un predicador desilusionado ni un médico incapaz de sanar cuerpos y almas. Es una persona que, con su trabajo, quiere contribuir a la salud de la comunidad.
  3. El periodista valora la libertad de expresión como una exigencia vital para la vida en sociedad.
  4. El periodista tiene conciencia de su responsabilidad ética como la mejor defensa de la libertad de expresión.
  5. El periodista cree que, aunque a veces deba informar sobre sórdidos problemas y lamentables flaquezas humanas y sociales, puede hacerlo sin contaminarse, con permanente sentido estético.

Aunque no es un educador, entiende que su tarea lo obliga al mejor uso posible del idioma, a ser siempre preciso y a aprovechar plenamente toda su riqueza.

  

Una última reflexión, antes de terminar.

 

No me cabe duda de que Carmen Puelma habría ganado fácil y merecidamente este honroso premio.

Esta convicción lo hace para mi todavía mucho más valioso.

Muchas gracias.

Santiago, 5 de noviembre de 2013.