El terrible 1914.

Hace un siglo, cuando comenzó 1914, nadie anticipó que sería un año con tan larga huella. Menos en Chile.

Algunas profecías de los Testigos de Jehová anunciaron que sería el año de la segunda venida de Jesucristo. Como se sabe, ello no ocurrió. Hasta ahora se debate al respecto.

Pero el año si fue muy cercano a lo que podría denominarse como “apocalíptico”. Desde luego quedó marcado por el comienzo de la “Gran Guerra” (la que solo más tarde fue rebautizada como la Primera Guerra Mundial). Intervinieron en ella unos 68 millones de soldados, de los cuales murieron ocho millones y seis millones quedaron inválidos. Cada día, durante más de cuatro años, murieron más de seis mil hombres.

El costo financiero del conflicto nunca ha sido calculado con exactitud (en Internet las cifras van de 186 mil millones a 350 mil millones de dólares). Implicó enormes cambios: cayeron cuatro imperios -el alemán, el austrohúngaro, el ruso y el otomano- y tres grandes dinastías, los Hohenzollern, los Habsburgo y los Romanov.

Fue el término de las grandes certezas del siglo XIX, cuando se extendió el convencimiento de que los avances científicos garantizarían la paz entre las naciones y asegurarían la felicidad para todos. Sin embargo, algo trepidaba en lo profundo: las grandes potencias se habían construido sobre la base de la explotación de los seres humanos, especialmente en las colonias lejanas de Europa. Sería necesaria una nueva guerra para que, finalmente, a millones de seres humanos en Asia y África se les reconociera el derecho a ser libres e independientes.

Pero ¿quién podía sospechar todo esto al amanecer del 28 de junio de 1914, día en que el archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa fueron asesinados en Sarajevo por un nacionalista serbiobosnio?

En la perspectiva actual, parece que nada más hubiera pasado en ese año. Pero hay más. Y ello afectó profundamente a nuestro país.

El 15 de agosto se inauguró oficialmente el Canal de Panamá. El paso a través del istmo, trajo serias consecuencias para el transporte marítimo, incluyendo la pérdida de estatus del Estrecho de Magallanes.

No fue lo único: el salitre chileno fue desplazado de los mercados, lo que dejaría a la economía chilena en muy mal pie al momento de la gran crisis, quince años más tarde.

Curiosamente, lo que se mantuvo casi sin alteración fue la presencia de becados nacionales en Europa.

Conforme un estudio de los historiadores Juan Ricardo Couyoumdjian y María Angélica Muñoz, en 1913 había en Europa o Estados Unidos 52 becarios: “Entre ellos se encuentran el pianista Claudio Arrau, en Alemania; los pintores Eucarpio Espinosa, Julio Fossa Calderón y Manuel de Zárate, en París; Amanda Labarca estaba en la Sorbonne; el profesor, más tarde historiador, Ricardo Donoso, en España; los profesores Bernardo Salinas y Raúl Ramírez estudiaban inglés en Gran Bretaña, y los médicos Ernesto Prado Tagle y Armando Larraguibel se encontraban también en Europa”.

Lo bueno fue que Chile no perdió su talento.

 

A. S.
Enero de 2014
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas